Güeros.

La opera prima de Alonso Ruizpalacios, Güeros (2014), en cierto modo ha funcionado como un espejo; en ella, cada cual ha podido ver lo que quiere, ya sea un retrato de la Ciudad de México, un diálogo o un encuentro entre aquellos de piel blanca y piel morena que habitan este país; o bien, un punto de vista sobre las huelgas estudiantiles en la UNAM, o una diatriba o un cine que se distancia de aquellas películas mexicanas que filman a seres apesadumbrados y sufrientes. El movimiento no es extraño, desde luego, pues cada crítico puede apreciar un filme de manera diferente a los otros, sin embargo en el caso de Güeros tal hecho es sintomático del tipo de cinta que es: lo que hay en ella es ensimismamiento.

Güeros cuenta el viaje que emprenden, por necesidad más que por iniciativa, un grupo de cuatro personas: Santos, Ana, Sombra y su hermano Tomás. Tal viaje es para hallar a Epigmenio Cruz, un músico que “una vez hizo llorar a Bob Dylan”. Así, Güeros es una road movie, en la que se viaja por toda la Ciudad de México para encontrar a ese misterioso músico antes de que la muerte lo alcance. En cierto momento, un personaje afirma que Güeros es una película de correteados.

Esto es cierto. Pero también lo es que, sin importar cuánta distancia recorran, los personajes siempre terminan encerrados, en sus ideas o en algún lugar. Santos y Sombra viven enjaulados en su departamento. Y lo que se revela con la llegada de Tomás es que ambos son totalmente indolentes o, dicho de forma coloquial, huevones: pasan sus días entretenidos por cualquier nimiedad, recortando cosas de periódicos, intentando realizar un truco de magia sin mucha habilidad; o bien, regresando una y otra vez sobre la discusión de qué significa “desayuno continental”. No levantan ni un dedo para hacer más cómodo el lugar en el que viven, y la falta de luz los hace dormir tan pronto oscurece. Frente a esto, Tomás exige movimiento, y les dice que deberían salir a algún lado, pero la postura de ellos es clara: “¿para que nos vamos si al rato vamos a regresar?” Desde el inicio, aparecen los ejes del filme. 

Pero este ensimismamiento no queda circunscrito al departamento ni a aquellos dos. También, en este marco, se inscribe la ya famosa afirmación de Sombra: “estamos en huelga de la huelga”. Ella forma parte de un círculo: frente a los que marchan y van a clases extramuros, Santos y Sombra no hacen nada; y frente a ellos, aquellos hacen lo que hacen. Es decir, cada cual adopta una postura sin comprender la de otros; uno se encierra en sus ideas. Es ilustrativa la conversación entre Sombra y El oso, al tiempo que recorren Ciudad Universitaria: a cada afirmación, se interrumpen. No hay diálogo, solo una pelea entre dos personas que creen tener la razón, y que su interlocutor está equivocado. 

La visión de Ruizpalacios es un poco descorazonadora: no hay salida de uno mismo ni de nuestras circunstancias (no son gratuitas las constantes apariciones del Hermano Mayor/Big Brother). Hay dos escenas brillantes a este respecto: una es aquella en la que, tras salir de la fiesta en el Centro y recorrer las calles del mismo, se quedan sin gasolina y tienen que empujar el auto hasta una gasolinera. A la mañana siguiente, en un plano general, se dan cuenta de que están rodeados por un tianguis que bloquea todas las calles, y Santos afirma: “Y ahora, ¿cómo vamos a salir de aquí?”

Esta imposibilidad de salir de ciertas circunstancias, o de algunas convicciones,  sobrevuela toda la cinta: no es posible un diálogo con el otro, como pasó con Sombra y El oso, o quedan interrumpidos (el doctor que no pudo acabar su historia o la llamada de Ana a su madre); los jóvenes no pueden ponerse de acuerdo en la asamblea en la Facultad de Filosofía y Letras, y en vez de discutir ideas, rápidamente pasan a ataques personales; la violencia queda mostrada en un callejón sin salida, del cual salieron secuestrados Santos, Sombra y Tomás, por alguien que quizá quería un amigo ─ya decía Aristóteles que entre los maleantes no es posible la amistad─; además los tipos de habla quedan retratados, apuntando que se puede reconocer quién es alguien solo con oírlo.

La otra escena es en la que Ana se pregunta si alguien se daría cuenta si ellos mueren, y apaga el auto en plena avenida. El plano muestra el auto detenido, un punto muerto, al tiempo que el ruido de los claxons se vuelve ensordecedor y vemos cómo los demás autos los esquivan. Nadie se detiene a ver lo que pasó en ese auto; cada uno sigue su camino. Lo que a uno le pase a los otros no les importa, y nuestra vida queda perdida en el bullicio.

La fotografía de Güeros va acorde con todo esto: el blanco y negro conlleva una falta de matices, que siempre permiten entablar, cuando son grandes las diferencias, pequeños puntos de contacto. Por ejemplo, la constante mención de la diferencia entre el color de piel de Tomás y Sombra: aquel de tez blanca, y este de piel morena. Con el blanco y negro la diferencia se vuelve casi inexistente para nosotros; y más bien, la mención de ello se revela como importante solo para quien lo dice ─por ejemplo, la obsesión de Santos con ese tema─. Con la fotografía en blanco y negro, pues, la cinta se recubre con un halo de igualdad, deshaciéndose de los matices, pues todos aparecen igual de encerrados en sus circunstancias, opiniones y sentires.

Ya desde el inicio se esbozaba la imposibilidad de salir de uno mismo o de nuestras circunstancias: una mujer golpeada escapa a toda prisa de su casa acompañada por su bebé, pero el globo de agua arrojado por Tomás frustra su intento. Y si acaso hacia el final se plantea una posibilidad de entrar en contacto con el otro, de igual modo queda frustrada: Epigmenio Cruz quedándose dormido es el brutal contrapunto al discurso de Sombra y a la interpretación de “Hasta que te conocí” hecha por Juan Gabriel. 

Con un primer plano a su rostro ─uno de los más iluminados de la cinta─, Sombra afirma, al tiempo que escucha a Epigmenio Cruz, que este pudo salvar al rock mexicano. En toda la cinta la música de Epigmenio está en un fuera de campo sonoro, y esta vez no es la excepción. Lo único que sabemos es que se trata de música extraordinaria. En estos lapsos a nosotros nos pasa lo que a los personajes: no podemos escuchar lo Otro ni entablar ningún tipo de relación. Quizá una pista: estamos igual de encerrados sobre nosotros mismos como todos en la cinta, a veces tan impasibles como el niño que arrojó el tabique desde el puente, que muchas cosas y voces permanecen fuera de campo.

cartel1Título: Güeros.
Director: Alonso Ruizpalacios.
Guión: Alonso Ruizpalacios / Gibrán Portela.
Producción: Ramiro Ruiz Ruiz Funes.
Fotografía: Damian García.
Edición: Yibrán Assuad / Ana García.
Música: Tomas Barreiro.
País: México.
Año: 2014.
Elenco: Tenoch Huerta (Sombra), Sebastián Aguirre (Tomás), Ilse Salas (Ana), Leonardo Ortizgris (Santos).

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