La escritura espontánea.

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“Once I got a love letter”: fotografía vía Flickr por Pimthida. Licencia CC: http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/

Rubén Marín cuenta una bonita anécdota con Mariano Azuela:

El pobre me hacía la caridad de leerse mis primeros engendros literarios, y rebuscando, rebuscando, encontraba siempre alguna palabra de estímulo para mí. ¿Y cómo he de escribir, maestro? Como quieras, o como puedas, pero espontáneamente, para que lo que escribas sea sincero y digas a tu modo tu verdad, la tuya propia. (Rubén Marín. “Añoranza para don Mariano”. p. 35.)

Conozco a alguien que, como yo, también escribe sobre películas, y varias veces me ha dicho que de repente, tras acabar de ver una, algo lo mueve a escribir. Yo leo siempre sus textos, y me parece que en cierto modo siempre ha seguido el consejo de Mariano Azuela: escribir espontáneamente. Cuando pienso sobre ellos, suelo verme metido en el problema de qué pensar: si los observo desde una postura severa, tengo que decir que sus textos son simples y genéricos, es decir, son como aquellos que es relativamente fácil encontrar, incluso en las plataformas que tienen “críticos cinematográficos” reconocidos. Pero esta perspectiva nunca me convence del todo, porque sin importar los fallos sus textos siempre dan a ver, aunque sea un poco, su mirada. Son textos honestos; escritos que muestran su verdad. Y eso es lo que recomendaba Mariano Azuela.

Escribir espontáneamente, me parece, siempre dota a los textos de cierta dulzura y calidez. Y creo que trabajar en ellos por mucho tiempo les va quitando esto. Mientras más tiempo se retrase el final de un escrito, aparecen más consideraciones, atenuantes, remilgos, anexos, y así se le quitan las aseveraciones más atrevidas, muchas cosas se quedan en el tintero y nunca se queda satisfecho.

Escribir espontáneamente es mostrar tu verdad, porque un texto que va creciendo al tiempo que va apareciendo en la mente es el reflejo de lo que se es o se piensa justo ahora, en este instante, casi como en una charla, donde se cometen errores, se dicen tonterías y nunca se escogen las palabras adecuadas. En cambio, darle tiempo a la escritura es escribir tratando de escuchar todas las voces que pueden ayudarnos. Si escribo algo y pauso la escritura, suele pasar que nos acordamos de que ya habíamos leído o visto eso en alguna otra parte, y entonces buscamos la fuente; o bien, nos arrepentimos de poner lo que habíamos escrito, porque a la luz de esa consideración ya no nos parece lo correcto.

Algunos de los textos más bellos (aunque tristes por lo que dicen) que me han dado fueron escritos espontáneamente. Éstos se pueden reconocer, por su tono, por su ritmo y calidez. Yo no puedo escribir así, y siempre me da un poco de envidia leer esos textos. ¿Cómo alguien puede ser tan honesto y tan dulce?

Recientemente conocí a una fantástica persona; creo que arruiné la relación que pudo haber entre nosotros, pero una de las mejores cosas que salió de eso fue un texto que me envió. Para mí, es un escrito indescriptible. Y a decir verdad, me da miedo. Pero con él comprendí de mejor manera que un texto espontáneo no puede ser juzgado con severidad. Debo admitir que lo intenté: busqué errores, faltas, contradicciones, y me peleé con él. Traté de desbaratarlo, pero fue en vano: un texto honesto no pierde nada de su fuerza con ello; él sigue hablando y su sentido permanece. Y hasta la fecha, pese a lo que significó, me parece que es uno de los textos más bellos que he recibido.

Imagino que esto es parecido, quizá, a la impresión que alguien tiene cuando le dan una carta de amor plagada de errores. La fuerza emocional del texto hace que los juicios severos no importen.

Se suele estar contra la escritura espontanea, más aún con las formas en que ahora nos podemos comunicar, donde están privilegiadas las reacciones rápidas, pero quizá ella sea una de las más honestas, y por eso una de las mejores formas de conocer al otro. ¿Acaso no conocemos a los autores, no tanto por su obra publicada, sino por sus cartas privadas?

Bibliografía.

Marín, Rubén. “Añoranza para don Mariano” en Mariano Azuela. Correspondencia y otros documentos. 1ª edición, México: Universidad Nacional Autónoma de México – Fondo de Cultura Económica. 2000. Colección: Letras Mexicanas. pp. 34-46.

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