Frankenstein desde el prefacio de Percy B. Shelley.

9788420653655

En la Introducción para la edición de Standard Novels, Mary Shelley nos habla sobre el nacimiento de Frankenstein: “Al principio pensé escribir unas pocas páginas, un cuento corto; pero Shelley me insistió en que desarrollara más la idea. Ciertamente, no debo a mi esposo la sugerencia de una sola idea, ni siquiera de un sentimiento; sin embargo, de no ser por su estímulo, jamás habría recibido la forma en que ha salido a la luz. De esta declaración debo exceptuar el prefacio. Que yo recuerde, lo escribió enteramente él.” (Mary W. Shelley. Frankenstein o el prometeo moderno. p. 16.)

Entonces, pues, el prefacio fue escrito enteramente por Percy B. Shelley. Uno, vista la declaración de Mary Shelley, podría verse tentado a pasar por alto el prefacio, por no haber sido escrito por ella; sin embargo, quizá se cometa un gran error al hacerlo, pues no se puede obviar que hay algo de él en Frankenstein en tanto que sin su estímulo no habría recibido la forma en que ha salido a la luz. Algo de él que Mary Shelley reconoce y acepta. Mas no le proporcionó, nos dice ella, ni una sola idea, ni siquiera un sentimiento, pero quizá el prefacio pueda leerse como el único momento en que Percy B. Shelley sugiere ideas o sentimientos, pero no a Mary Shelley, sino a nosotros. Ante esto, un poco de nuestra tarea sería reconocer esas ideas sugeridas por él, y, de este modo, con su ayuda, reciba cierta forma nuestra lectura (o una de nuestras lecturas) de Frankenstein.

Pues bien, una de las cosas que podemos leer en el prefacio dice que “el hecho del cual depende el interés de la historia […], aunque imposible como hecho físico, proporciona a la imaginación un punto de vista desde el cual delinear las pasiones humanas de manera más amplia y vigorosa de lo que puede permitir cualquier relación de hechos verídicos.” (Ibídem. p. 17.)

Al parecer, entonces, lo que podemos hallar en Frankenstein es una exageración de las pasiones humanas; exageración que nos permite delinearlas de una manera más amplia y vigorosa de lo que puede permitir cualquier relación de hechos verídicos, pues son llevadas a sus extremos, cosa que, parece sugerírsenos, usualmente no pasa en la vida o es algo que no vemos comúnmente. Es decir, el delinear se hace de manera más amplia y vigorosa cuando uno se coloca en un punto de vista extremo que cuando uno se encuentra en un punto bajo: para descubrir la forma de una isla, ciertamente, se necesita ir al punto más alto, pues ello no puede ser realizado a ras de piso.

Con esta idea en mente, nos gustaría leer un párrafo. Mary Shelley pone en boca de Victor Frankenstein lo siguiente: “Un ser humano perfecto debe conservar siempre una mente tranquila y serena, y no permitir jamás que la pasión, o un deseo transitorio, turben su tranquilidad. No creo que la persecución del saber sea una excepción a esta regla. Si el estudio al que nos dedicamos tiende a debilitar nuestros afectos y a destruir nuestro gusto por los placeres sencillos en los que no puede haber mezcla ninguna, entonces ese estudio es indefectiblemente malo y en modo alguno conveniente para la mente humana. Si se observase siempre esta regla, si ningún hombre consintiera que interfiriesen sus afanes en la tranquilidad de sus afectos domésticos, Grecia no habría sido esclavizada, César habría perdonado a este país, América habría sido descubierta más gradualmente, y los imperios de México y Perú no habrían sido destruidos.” (Ibídem. pp. 76-77.)

Los seres humanos perfectos, entonces, tendrían siempre una mente tranquila y serena. Pero no existen seres humanos perfectos, éste parece ser nuestro común supuesto, o al menos el de Mary Shelley en Frankenstein. Pues al menos Victor Frankenstein, el demonio, según lo llama su creador, y el capitán Robert Walton se abocan a sus deseos con todas sus fuerzas o se dejan guiar por la pasión sin ninguna consideración.

Al primero se aplica lo que dice él mismo sobre la persecución del saber: mientras estuvo trabajando en la creación del demonio, no hizo nada más, excepto eso. No le escribió a nadie de su familia, y pasaron inadvertidos a sus ojos los cambios en su entorno: “Pasé el invierno, la primavera y el verano inmerso en mi trabajo; y no me di cuenta de la aparición de los brotes y de las hojas –espectáculos que antes me habían producido un supremo deleite-; tan profundamente absorto me hallaba en mi trabajo.” (Ibídem. p. 77.)

El capitán, por su parte, dejó atrás su patria y a su familia, con el riesgo de no volver jamás, por la persecución de su sueño: “no me ha importado exteriorizar el inflamado ardor de mi alma, contándole [a Victor Frankenstein], desbordante de entusiasmo, con qué alegría sacrificaría mi fortuna, mi existencia, y todas mis esperanzas al progreso de mi empresa. La vida o la muerte de un hombre no son sino un precio pequeño que pagar por la adquisición de los conocimientos que yo busco, dado el poder que alcanzaría, y transmitiría después, sobre los enemigos elementales de nuestra raza.” (Ibídem. p. 39.)

Y, por último, el demonio, según el nombre usado por su creador, se llegó a odiar a sí mismo por los crímenes que cometió impulsado por el resentimiento, la envidia y la indignación: “Después de la muerte de Clerval, regresé a Suiza, vencido y destrozado. Compadecía a Frankenstein, y mi compasión rayaba en el horror: abominaba de mí mismo. Pero cuando descubrí que él, autor a la vez de mi existencia y de mis indecibles tormentos, se atrevía a esperar la felicidad; que mientras acumulaba sobre mí la desdicha y la desesperación, se disponía a gozar de sentimientos y pasiones que yo tenía vedados para siempre, entonces la vida impotente y la amarga indignación me inspiraron una sed insaciable de venganza; recordé mi amenaza, y decidí que debía cumplirla. Comprendí que esto atraería sobre mí una tortura mortal, pero era esclavo –no dueño- de un impulso que detestaba, aunque no podía desobedecer.” (Ibídem. p. 292.) Odio hacía sí mismo que lo llevo hasta ansiar su propia muerte: “tú odio no puede compararse al que siento yo cuando me miro a mí mismo. Contemplo estas manos que han ejecutado tantos crímenes; pienso en mi imaginación que los concibió, y ansío que llegue el momento en que no vuelva a verme más las manos, y no vuelva a agobiarme más mi imaginación.” (Ibídem. p. 295.)

No obstante, no se debe olvidar que nos encontramos en Frankenstein con una exageración de las pasiones humanas. Así, pueden verse las vidas de Frankenstein y del demonio como el límite máximo: es decir, el máximo conocimiento –encontrar el principio de la vida-, la máxima desdicha, el máximo deseo de venganza, los mayores crímenes, los pesares más hondos que son posibles, etcétera, son vividos por ellos. A esto, siguiendo la anotación de Percy B. Shelley, nos llevaría nuestra imperfección en tanto que no tenemos siempre una mente tranquila y serena, pues permitimos que la pasión, o un deseo transitorio, turben nuestra tranquilidad.

Visto así, parece escribir Mary Shelley, quizá nunca o pocas veces llegaremos a los extremos plasmados en Frankenstein; sin embargo, como somos seres humanos imperfectos, no estamos exentos de vivir un tanto de lo plasmado ahí. Es decir: al no tener siempre una mente tranquila y serena, llegará un momento en que se apodere de nosotros la envidia o la indignación, o que algunos pesares debiliten nuestros afectos o no nos permitan disfrutar los placeres que solíamos disfrutar, o que el enfrascarse en los estudios haga que nos olvidemos o desdeñemos lo que pasa a nuestro alrededor, etcétera.

Ahora bien, es preciso decir que, al parecer, la exageración plasmada en Frankenstein es sólo trágica. Aquí, el dejarse dominar por una pasión o por un deseo no puede tener otro final si éste no es la desolación, la desdicha, la muerte. No obstante, hay una pequeña indicación, quizá la única, que muestra que quizá es posible otra cosa. Ésta es puesta en boca, nuevamente, de Victor Frankenstein, y al principio hace eco de la regla que había dicho antes, que “un ser humano perfecto debe conservar siempre una mente tranquila y serena, y no permitir jamás que la pasión, o un deseo transitorio, turben su tranquilidad.” (Ibídem. p. 76.) Mas, inmediatamente después, parece vislumbrar otra cosa distinta a un final funesto: “¡Adiós, Walton! Busque la felicidad en la paz y evite la ambición, aun cuando parezca inocente el ansía de distinguirse en la ciencia y en los descubrimientos. Pero, ¿por qué digo esto? Si mis esperanzas han fracasado en ese ámbito, otros pueden triunfar.” (Ibídem. p. 289.)

Desde luego, aquí sólo se habla de la persecución del saber, pero ¿por qué el dejarse dominar por otros deseos y pasiones no puede traer consigo, también, un triunfo?

Bibliografía.

Shelley, Mary W. Frankenstein o el moderno Prometeo. Traducción: Francisco Torres Oliver. 12ª edición, Madrid: Alianza Editorial. 2007. Colección: 13/20.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s