L’Inferno.

Ya con más de cien años a cuestas, existen consideraciones históricas que hacen a L’Inferno (1911) una obra notable en la historia del cine. Sorprenden, por ejemplo, la cantidad de actores puestos en escena, o la caracterización de los demonios, diez años años antes de los terroríficos que se pueden ver en Häxan (1922) de Benjamin Christensen. Así también, tal parece, en esta película por vez primera se muestra el torso desnudo de una mujer. Pero más allá de esto, la cinta codirigida por Francesco Bertolini, Adolfo Padovan y Giuseppe de Liguoro se mantiene fresca en dos sentidos: por un lado, aún parece terrorífico el Infierno que nos muestra; y por otro, al ser un monumento a Dante, se inscribe dentro de todos los estudios, análisis, encomios y textos que ha provocado la obra del poeta florentino.

Los directores no ocultan su admiración ante la obra de Dante, pues ya desde el comienzo mismo quedan expuestos sus sentimientos hacia él, al nombrar su Divina Comedia, y más precisamente el Infierno, como una de las más grandes obras hechas por el genio humano. Y tal hecho se remarca, todavía más, con el último plano de la cinta, en el que se muestra un monumento dedicado al poeta florentino en Trento, Italia. En este sentido, los directores buscan fidelidad hacia la obra construyendo su cinta, en los intertítulos, a base de textos propios y citas textuales.

L’Inferno, como lo adelanta su título, es una adaptación del recorrido que hace Dante, acompañado y guiado por Virgilio, a través de los círculos del Infierno. La cinta tiene el espíritu del mismo: en él no se oculta nada; todo es explícito y brutal. Si bien los efectos y demás recursos técnicos, ahora, pueden parecer simples, no obstante, lo extraordinario es que pese a ello la fuerza de sus representaciones se mantiene. El Infierno que muestran Bertolini, Padovan y Liguoro es capaz de dejarnos impresionados todavía: basta considerar el rostro de Lucifer ─en primer plano─ hacia el final de la cinta, mientras se come a un hombre; o al tipo que encara a Dante y Virgilio llevando su cabeza en una de sus manos.

Pero, como se sabe, hay lugares a los que no se puede ir sin padecer algunos cambios; así, no se puede ir al Infierno sin correr riegos y sin padecer, en cierto modo, aquello que se ve. Todo lo que hay ahí provoca que cambien los estados de ánimo de Dante, ya sea desmayándose al ver algunos castigos, o bien encolerizándose, hacia el final de la cinta, cuando se encuentra con Bocca degli Abati, el traidor que hizo posible el derramamiento de sangre florentina en la batalla de Montaperti. Sobre este pasaje, escribió Ángel Crespo, notable poeta y traductor del florentino, que “nunca se pinta Dante tan cruel como en esta escena.” (Dante y su obra. p. 20) Si bien es de dudar que Dante se haya comportado con tal crueldad en su vida, como lo hace con Abati al arrancarle no pocos de sus cabellos, sin embargo tales disposiciones formaban parte de su personalidad.

En contrapunto a él, Virgilio se revela no solo como el guía sino también como una suerte de modulador espiritual. Virgilio calma, reprende y aconseja, además de proteger a Dante. Cobra sentido de este modo el vestuario y la actuación: Virgilio (Arturo Pirovano) viste de blanco, incapaz de mancharse con aquello que ve y se desprende del Infierno, y en este mismo tenor su caminar y comportamiento es augusto, siempre con la mirada en alto; Dante (Salvatore Papa), por su parte, viste de color oscuro y se mueve de manera insegura, a veces flaqueando por cansancio y cayendo en aquellas actitudes que, precisamente, son castigadas en el Infierno.

De este modo, con la ayuda de Virgilio, Dante puede sobrellevar el recorrido, en el que se expone su ser mismo. No solo se enfrenta a posibles amenazas contra su vida, sino sobre todo a las actitudes que se encuentran en él mismo. Al final, hay cierto ennoblecimiento y descubrimiento de sí, cuando los poetas salen del Infierno y quedan rodeados por una intensa luz blanca; contraria a la oscuridad y al hecho de estar perdido al inicio de la cinta, rasgos con los que Dante hace su aparición en un bosque. Así, L’Inferno está planteado como un viaje de mejoramiento, en el que Dante, al salir avante del Infierno gracias a la ayuda de Virgilio, se merece en tanto hombre y poeta, cuando menos, el monumento que vemos al final de la cinta.

Por lo demás, si caben unas palabras de la edición que circula de la cinta, musicalizada por Tangerine Dream, es preciso decir que, al menos a mi parecer, el efectismo es lo que marca su trabajo. Se busca impresionar de manera fácil, como si las imágenes no fueran suficientes.

26769244Título: L’Inferno.
Director: Francesco Bertolini, Adolfo Padovan y Giuseppe de Liguoro.
Guión: Basado en el Infierno de Dante Alighieri.
Producción: Sandro Properzi, Francesco Bertolini.
Fotografía: Emilio Roncarolo.
Música: Raffaele Caravaglios.
País: Italia.
Año: 1911.
Elenco: Salvatore Papa (Dante), Arturo Pirovano (Virgilio).

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Crespo, Ángel. Dante y su obra. 1ª edición, Barcelona: El Acantilado. 1999.

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