Los padres de las novias: la inseguridad del hombre.

Cambian los tiempos y, con ellos, las películas. Tal afirmación describe un hecho, pero también expresa la convicción de algunos, según la cual ciertas obras, geniales en esencia, pierden algo de su brillo con el pasar de los años. A dichas obras tendría que hacérseles justicia, y como a un vestido hermoso y viejo, que es retocado para que se adapte a la época, así ellas deben tener una nueva versión, donde los aspectos problemáticos reciban una nueva aproximación.

Esta fue la convicción de Charles Shyer cuando realizó su versión, en 1991, del clásico de Vincente Minnelli, El padre de la novia (1950). En el fondo, la historia es la misma. Un padre recibe de manera harto inesperada la noticia de que su única hija planea casarse con un hombre que no conoce. Tras algunas quejas, acepta a su futuro yerno, pero descubre que la boda costará mucho dinero. Quizá exagera al decir que lo llevarán a la bancarrota, pero hay un gasto fuerte, y trata de ahorrar hasta donde se lo permitan su hija y su mujer. Al final, acepta todo, y se preocupa por que la boda se realice con éxito, con tal de que su hija sea feliz.

Los cambios no se encuentran en la historia en general. Y en los aspectos particulares tampoco hay muchos. En ocasiones, la versión de 1991 recrea, con exactitud, escenas y diálogos del filme de Minnelli. ¿Se puede recriminar algo? En lo absoluto. Los guionistas de la versión original encontraron la frase adecuada, puede decirse, y solo quedaba la posibilidad de repetirla. Lo cual se debe a una de las divergencias entre los filmes: el guion de 1950 equilibra lo cómico con su predilección por la sentencia, o el monólogo que detrás de sí tiene cierta reflexión. La versión de Shyer se preocupa más por introducir nuevas escenas cómicas, y cuando quiere decir algo que perdure más que una carcajada, siempre recurre a su antecesora. Posiblemente, tener a Steve Martin en el reparto provoca un deseo incontrolable de ponerlo en aprietos, olvidando otros caminos.

Esto se enlaza con otra divergencia: la idea que se tiene de lo cómico. Para Minnelli, esto nace poco a poco, de las situaciones más corrientes, y termina, nunca aparatosamente, sino con el personaje, despistado o perdido, en otra situación igual de corriente. Cuando Stanley Banks deviene en preparador de bebidas por toda la noche, llega a la sala tocando su campana, pero no puede dar su discurso porque todos se han ido. En el ensayo de la boda, o cuando el traje se desgarra. Por el contrario, Shyer pertenece a la escuela de la extravagancia, la cual tiene mucha fortuna desde hace tiempo, y que prefiere poner al personaje en una situación cada vez más comprometida, hasta que termine completamente ridiculizado. George Banks primero despega un espejo de la pared, después se esconde de la sirvienta, es perseguido por un perro y termina cayendo en la piscina de la casa.

Pero todo esto es un poco superficial. La diferencia importante se encuentra en la novia. Desde las primeras escenas, Shyer pretende tomar distancia de su antecesor. La novia que interpreta Elizabeth Taylor, Kay, presenta a su novio con los ojos de la mujer embelesada y un tanto sometida. Buckley es el sol que ilumina sus días (el primer plano del rostro de Taylor es notable), y si está convencida de casarse se debe a todo lo que le ha dicho. «Buckley dice que uno debería casarse joven», Buckley dice, Buckley dice, Buckley está convencido de que… Uno puede apostar que el tal Buckley nunca había sido tan citado. En el filme de Minnelli, la mujer carece de independencia. El personaje de Taylor es tan encantador, que es fácil perder de vista que no tiene más futuro que ser la esposa de un hombre con dinero. Por eso, lo único que puede enfadarla es que sus caprichos no sean cumplidos: Buckley planea llevarla a pescar como luna de miel, y ella amenaza con cancelar la boda. Ir a un lugar barato le resulta más ofensivo que una infidelidad, por ejemplo.

Shyer busca que las mujeres sean mas complejas. Para empezar, Diane Keaton, como la madre, es la representación de la sensatez en su filme; mientras Joan Bennett, con Minnelli, desempeña, sobre todo, el papel de una organizadora de bodas muy despilfarradora. En cuanto a la novia, el remake le brinda a Annie estudios universitarios, y una convicción pasada de que el matrimonio es una forma de dependencia. Entonces, cuando decide casarse con Bryan, no lo hace encaminada por el hombre; caminan juntos hacia el altar porque se aman, e incluso él está dispuesto a seguirla a donde sea que pueda trabajar.

La convicción de Shyer es clara: la institución del matrimonio tiene por objetivo que uno crezca al lado del otro, en igualdad. Y la expone en las escenas donde la pareja discute. Annie decide cancelar la boda porque Bryan parece desear una esposa sometida y complaciente, o eso indica el que le regalara una licuadora. Ya no importa lo avaro que sea la pareja, como se quejaba Kay, sino la idea que tiene de la mujer. ¡Y Annie no se casará con semejante patán!

La concepción de la mujer es la diferencia entre los filmes. De aquí también las escenas de Annie jugando baloncesto con su padre. La mujer ya desempeña otras actividades, además de realizar compras sin control. Pero tal diferencia no es tan profunda, sin importar cuánto intente separase Shyer de Minnelli. En ambos, la hija no es un hijo más. Ella vive bajo la sombra de la sobreprotección, porque los dos padres piensan que está más expuesta (¿o es más ingenua?) que los varones. En ninguna versión, los niños resaltan; pueden ir y salir de casa sin problema, porque los dos directores asumen que, sin importar cuán jóvenes sean, pueden enfrentar solos el mundo. O más claramente, el pequeño de la versión de 1991, afirma que sin importar qué tan descuidado esté por sus padres, no tiene ningún problema.

Para los papás, el hombre está dotado de una cualidad misteriosa que lo vuelve independiente y seguro. En cambio, la mujer requiere cuidados especiales. Y se puede medir su cariño conociendo el grado de su proteccionismo. ¿El origen de todo esto? Su inseguridad, que los dos descubren en la iglesia. Es gracias a sus hijas, a su debilidad que los hace sentirse más confiados, que hasta ese día han podido hacer todo. Incluso, se volvieron capaces de luchar contra su avaricia, al ver la debilidad que tienen por una boda vestidas de blanco. Pero cuando descubren que ya no son necesarios, tiemblan, y no pueden dar ni unos pasos. ¿Cómo enfrentarán los días si en las mañanas ya no podrán ver a ese ser indefenso que los requiere para vivir —como llega a insinuar George—? Su mundo se destruye, y su dignidad se mancilla, como muestra Minnelli con genialidad (la escena de la pesadilla).

Lo del costo de la boda no es otra cosa sino una metáfora. Al final, los papás descubren que la riqueza que no querían perder no era el dinero, sino su hija. Ese es su mayor tesoro, porque al ver su indefensión, ellos han confiando en sí mismos. Todo esto ya lo ha dicho Virginia Woolf. Y por más que Shyer les de conocimientos, trabajo y un futuro, aún mira a las mujeres como ese ser inferior que refleja a los hombres dos veces agrandados. Lo peor es que cree que no lo está haciendo. Minnelli, al menos, sabía que detrás del proteccionismo se esconde la desconfianza del hombre. Por eso la pesadilla de Stanley; y por ello, también, salva está confianza al final: «mi hijo es mi hijo hasta que forme su propia familia, una hija es para siempre». El espejo dónde verse agrandado siempre estará ahí, y la secuela de El padre de la novia lo confirmará.

Título original: Father of the Bride.
Título: El padre de la novia.
Director: Vincente Minnelli.
Guion: Frances Goodrich, Albert Hackett
Producción: Pandro S. Berman.
Fotografía: John Alton.
Edición: Ferris Webster.
Música: Adolph Deutsch.
País: Estados Unidos.
Año: 1950.
Elenco: Spencer Tracy (Stanley Banks), Elizabeth Taylor (Kay Banks), Joan Bennett (Ellie Banks), Don Taylor (Buckley Dunstan).

Título original: Father of the Bride.
Título: El padre de la novia.
Director: Charles Shyer.
Guion: Frances Goodrich, Albert Hackett, Nancy Meyers, Charles Shyer.
Producción: Carol Baum, Howard Rosenman.
Fotografía: John Lindley.
Edición: Richard Marks.
Música: Alan Silvestri.
País: Estados Unidos.
Año: 1991.
Elenco: Steve Martin (George Banks), Kimberly Williams-Paisley (Annie Banks), Diane Keaton (Nina Banks), Matty Banks (Bryan MacKenzie), Kieran Culkin (Matty Banks).

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