Amélie.

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1.

Aquel que ama corre siempre el peligro de no poder dar conocer a otros, cuando así lo desea, su amor. Ello no necesariamente por carecer de medios y/o habilidad para usarlos, sino por necesitar inevitablemente de ellos. Dos maneras hay, radicalmente distintas, de conocer una cosa. “La primera –escribe Henri Bergson- implica que se dan vueltas alrededor de esa cosa, la segunda, que se entra en ella. La primera depende del punto de vista donde uno se coloque y de los símbolos que la expresan. La segunda no se toma de ningún punto de vista y no se apoya sobre ningún símbolo.” (Henri Bergson. Introducción a la metafísica.  p. 9.) Uno de los ejemplos dados por Bergson dice que “todas las fotografías de una ciudad, tomadas desde todos los puntos de vista posibles, podrán muy bien completarse indefinidamente las unas con las otras, pero nunca equivaldrán a ese ejemplar con relieves que es la ciudad donde uno se pasea.” (Ibídem. p. 10.)

Leyendo ligeramente, si se quiere, pues no hemos dicho mucho de lo que dice Bergson, ésta es la razón por la cual aquel que ama no puede dar a conocer a otros su amor. Lo único que hace es darles puntos de vista, por necesitar inevitablemente de medios para expresarlo: amo porque es así, porque es asá, porque hace esto, porque no hace esto, pero me hace sentir así…  La única forma en que podría serles dado el amor que uno siente es estando, ellos mismos, enamorados; es decir: sintiendo el amor en ellos, y no conociéndolo desde mí.

Esto aplica perfectamente a películas como Amélie: no se puede dar a conocer a otros lo que uno siente al verla. Éstos, no hay otra forma, deben verla para, quizá, sólo quizá, así sentir algo parecido a lo que uno siente al verla.

2.

¿A que obedecen las sensaciones de placer y displacer, a las cosas externas o a la sensibilidad de cada uno? Dice Kant, en sus Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, que “las diferentes sensaciones de placer o displacer no obedecen tanto a la condición de las cosas externas que las suscitan sino a la sensibilidad propia de cada ser humano para ser agradable o desagradablemente impresionado por ellas. De ahí que algunos sientan placer con lo que a otros produce repugnancia; de ahí la enamorada pasión que a menudo es un enigma para todos los demás, o la viva aversión que siente una persona hacia algo que para otra es por completo indiferente.” (Immanuel Kant. Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime. 1; 207.)

Kant, también en sus Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, examina un delicado sentimiento que, nos dice, “es principalmente de dos clases: el sentimiento de lo sublime y el de lo bello.” (Ibídem. 4; 208.) La emoción es agradable en ambos, aunque de manera muy diferente. En el sentimiento de lo sublime, el agrado va unido al terror, al temor, a la angustia, a un estremecimiento, como sucede al contemplar una gran altura o una gran profundidad; mientras que en el sentimiento de lo bello, hay igualmente una “sensación agradable, pero alegre y sonriente” (Ídem.), como sucede en “la contemplación de prados floridos, valles con arroyos ondulantes, cubiertos de rebaños pastando.” (Ídem.)

Dicho esto, al parecer, puedo decir que poseo el sentimiento de lo bello, pues la contemplación de Amélie suscita en mí una sensación agradable que es alegre y sonriente. Y así también, aunque de esto no hablamos, puedo decir que Amélie, según yo, es una película bellísima porque encanta, atrae e inspira amor.

3.

“¿Por qué te interesa ella? Ni siquiera la conoces,” le dijeron a Nino. “Exactamente: ése es el misterio”, respondió él. Por lo demás, no es algo totalmente desconocido el que un consejo común para que una persona se interese por otra es que ésta se haga misteriosa. Y las caricaturas, muchas veces, han representado esto con disfraces y lentes oscuros.

Vale la pena recordar, al ver esto, lo que Oscar Wilde dijo, por boca de Basil Hallward: “Con el tiempo he llegado a amar el secreto. Parece ser lo único capaz de hacer misteriosa o maravillosa la vida moderna. Basta esconder la cosa más corriente para hacerla deliciosa.” (Oscar Wilde. El retrato de Dorian Gray. p. 13.) Podemos ver esto perfectamente en Amélie: Amélie escondió cuidadosamente lo más corriente que tenemos. Nuestra apariencia física, ¿hay algo nuestro que sea más visto, más conocido? Mantuvo en secreto su apariencia física, y así, toda ella, se volvió misteriosa. Y, de este modo, atractiva.

Quizá, pensándolo un poco, no haya mejor palabra para describir a Amélie: atractiva. Ésta contiene la atracción que provoca por sus palabras y movimientos, así como el agrado que despierta por su físico. Pues utilizar palabras para describirla tales como hermosa, bonita o linda, termina inevitablemente en discusión, como la que se tuvo en la fotografía; o tratar de describirla de otro modo es terriblemente difícil, como lo demostró Eva.

4.

Cuando Dominique Bretodeau abrió la cajita que había escondido cuarenta años atrás, lo recuerda todo en un instante: Bahamontes ganando el Tour de France, la ropa interior de la tía Josette, y más que nada el día trágico.

Ya habíamos visto esto, aquí, en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos: la idea de Platón, en el Menón, que dice que basta recordar una sola cosa para que a partir de ella podamos recordarlo todo, por estar todo emparentado. (Cfr. Platón. “Menón” en Diálogos II.  81a.) Aunque en Amélie es mucho más claro: el ciclista es aquel con el que Dominique jugaba al tiempo que Bahamontes ganaba el Tour de France, la fotografía cubría el agujero a través del cual espiaba a la tía Josette, y algunas eran las canicas del día trágico.

5.

Hay un recurso que utiliza Jean-Pierre Jeunet que es interesante sobremanera: cuando hace fulgurar un elemento en el encuadre. Éste es utilizado tres veces: después de que Amélie camina con el hombre ciego, describiéndole rápidamente lo que hay a un lado y al otro de ellos, aquél, a quién Amélie dejó en el quiosco del metro, fulgura; la segunda es el corazón de Amélie latiendo rápidamente, después de ver por segunda vez a Nino; y la tercera es la copia que mandó hacer de la llave del departamento de Collignon.

Suponiendo que podamos atribuirle algo al recurso que utiliza Jean-Pierre Jeunet, quizá esto sea el que, al hacer fulgurar un elemento en el encuadre, destaca aquello que no puede verse a simple vista y que, sin embargo, ahí está. En efecto, el corazón de Amélie latiendo rápidamente quizá nos muestra que no ve a Nino como a cualquiera, sino que siente algo por él, aunque no sepamos muy bien qué; la copia de la llave fulgurando, tal vez nos anuncia que Amélie hará algo importante en parte gracias a ella; el caso del hombre ciego, por su parte, es más complejo, aunque quizá fulgura mostrando, así, la dicha que causó Amélie con sus descripciones.

6.

Amélie Poulain no tenía novio; lo había intentado algunas veces, pero los resultados la desanimaron. En su lugar cultivó un gusto peculiar por los pequeños placeres: meter la mano en un saco de granos, romper la corteza de un crème brûlée con la punta de una cuchara, y lanzar piedras en el Canal Saint-Martin. Podemos pensar, entonces, que la experiencia sexual no es un pequeño placer, como lo parecen indicar también todas las personas que aparecieron al preguntarse Amélie cuántas están teniendo un orgasmo en este momento. Un gran placer, quizá podría llamarse así. Hay, seguramente, otros como éste: saltar desde un avión, escalar una gran montaña, hacer un largo viaje. Mas, al parecer, el peligro de los grandes placeres es que pueden ser tan decepcionantes como placenteros. Así, el placer sexual puede ser sumo, pero la decepción también, como le pasó a Amélie. Les tout petits plaisirs, a su vez, no corren la misma suerte, pues ellos son de baja intensidad. De este modo, los pequeños placeres, cuando dan placer, dan uno de baja intensidad, pero que, sin embargo, al estar comprimido en un instante, trae consigo tanta satisfacción que durante ese instante nos sentimos dichosos. Mas no pasa lo mismo cuando son decepcionantes, porque la intensidad de la decepción no se comprime en un instante, sino que se diluye en la duración de un suspiro.

Título original: Le Fabuleux Destin d’Amélie Poulain.
Título: Amélie.
Director: Jean-Pierre Jeunet.
Guión: Guillaume Laurant y Jean-Pierre Jeunet.
Productores: Jean-Marc Deschamps, Claudie Ossard y Arne Meerkamp van Embden.
Fotografía: Bruno Delbonnel.
Edición: Hervé Schneid.
Música: Yann Tiersen.
País: Francia.
Año: 2001.
Elenco: Audrey Tautou (Amélie Poulain), Mathieu Kassovitz (Nino Quincampoix), Serge Merlin (Raymond Dufayel), Clotilde Mollet (Gina), Claire Maurier (Madame Suzanne), Isabelle Nanty (Georgette), Dominique Pinon (Joseph), Artus de Penguern (Hipolito), Urbain Cancelier (Collignon)

Bibliografía.

Bergson, Henri. Introducción a la metafísica. Traducción: Rafael Moreno. 1ª edición, México: Universidad Nacional Autónoma de México – Centro de Estudios Filosóficos. 1960. Colección: Cuadernos/8.

Kant, Immanuel. Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime. Traducción, estudio introductorio, notas e índice analítico: Dulce María Granja Castro. 1ª edición, México: Universidad Nacional Autónoma de México – Universidad Autónoma Metropolitana – Fondo de Cultura Económica. 2004. Colección: Biblioteca Immanuel Kant.

Platón. “Menón” en Diálogos II. Gorgias, Menéxeno, Eutidemo, Menón, Crátilo. Traducción, introducción y notas: J. Calonge Ruiz, E. Acosta Méndez, F. J. Olivieri y J. L. Calvo. 1ª edición, Madrid: Editorial Gredos. 1983. Colección: Biblioteca Clásica Gredos/61. pp. 273-338. *

Wilde, Oscar. El retrato de Dorian Gray. Traducción: José Luis López Muños. 1ª edición, Madrid: Alianza Editorial. 1999. Colección: Literatura-Clásicos/5526.

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