Zoolander: comedia política.

En 2013, el derrumbe del Rana Plaza, en Bangladés, trajo consigo que se prestara atención a las precarias condiciones en las que se encuentran los trabajadores textiles de varias naciones, asiáticas, sobre todo. Aquellas a las que las grandes empresas se dirigen porque la mano de obra es muy barata. Varios años antes se estrenó Zoolander (2001), la famosa película de Ben Stiller que tiene como detonante, precisamente, aquellas malas condiciones laborales. El filme inicia con un noticiero, en el que se habla de cómo el primer ministro de Malasia piensa subir los sueldos en aquel país. La nota es vista por los grandes diseñadores de moda, que parecen tener una especie de club secreto, cuyo centro de reunión es una mansión tenebrosa. Tal medida es un peligro para ellos, pues perderían su mano de obra barata. Así que planean el asesinato del primer ministro, y para ello requieren de alguien lo suficientemente idiota para manipularlo a su antojo y, una vez que haya cumplido el trabajo, poder deshacerse de él sin problema. El elegido es Derek Zoolander, el modelo más exitoso de los últimos años y con seguridad, también, el más tonto de todos.

Tras la aparición de los diseñadores en la oscuridad, el filme presenta a Derek, primero en una entrevista y después en una entrega de premios, junto a Hansel, el coprotagonista. Para estos primeros minutos no tengo más que elogios. Stiller como Zoolander es ridículo sin parecer un idiota. El guion tiene momentos brillantes, como la caustica intervención del reportero, al hablar de los horribles manifestantes que molestan a la gente bonita; o bien, esa mención de Paco Rabanne, haciendo uso del fuera de campo. Los cameos no hacen sino poner en ridículo a quienes se prestaron para ello. Tienen un sentido más allá de la clásica aparición de un famoso. Y la llegada de Hansel en su monopatin está filmada muy bien. Los planos cortos y las luces azules le dan tal velocidad a la escena que no resulta para nada tonto cómo dobla aquel y lo guarda en su estuche. Incluso es emocionante verlo llegar. Solo encuentro dos fallas en Zoolander, una está en el inicio. Cuando llega Ballstein a la alfombra roja, se presenta como si nadie lo conociera. Pero, obviamente, todos saben quién es (el mismo entrevistador se lo dice). En este caso el guion presenta de manera torpe a un personaje, dando información que sus interlocutores conocen y que, al decirla, lo hacen quedar a él como un imbecil. Los guionistas no encontraron un mejor modo de ponerlo en escena, y recurrieron a uno de los recursos más burdos.

Que entre el derrumbe del Rana Plaza y Zoolander haya más de diez años, y sin embargo el problema sea el mismo, revela que no mucho ha cambiado en este tiempo. Un documental como The True Cost (Andrew Morgan, 2015) apunta algunas posibles salidas. Zoolander, en cambio, no pretende eso. Stiller es un comediante, y su obra tiene el mismo carácter. Es innegable que mucho del éxito de Zoolander radica en sus bromas, casi todas buenas. No falta la escena relativa al tamaño del pene, chiste que parece gustarle a Stiller. Pero en su defensa, la escena con la computadora es genial, y el duelo en la pasarela es hilarante. Ambas tienen la referencia cinéfila que siempre permite un contraste con el original y provoca una sonrisa al ver la reinterpretación de una escena memorable. Hay también un buen equilibrio entre el papel del cuerpo y de la palabra para hacer reír. Sin mencionar la presencia de Bowie que, pese a solo aparecer breves instantes, tiene el porte que la da credibilidad al duelo.

Pero la película no sería nada sin aquel fondo político mencionado. Alguien tan tonto como Derek o Hansel no puede sostener un filme, a menos que se busque algo parecido a El ataque de los tomates asesinos (John De Bello, 1978), donde no hay nadie que tenga dos dedos de frente. Es decir, un filme que no sea algo más que una sucesión de chistes, casi ninguno gracioso, porque no tienen ningún contexto con un poco de seriedad. Por un momento Zoolander cae en esto, cuando Derek está con sus tres amigos, pero recupera el camino con elegancia. Van de tontería en tontería, hasta bañarse con gasolina y matarse. Esto sirve después para una ironía fantástica: los modelos también pueden morir en los accidentes más cotidianos, dice Derek en el funeral. Las muchas películas de parodia actuales son muestra de que la estupidez al por mayor no crea cintas importantes. Es la sociedad secreta de diseñadores sin escrúpulos; el malvado, extravagante y no tan torpe Mugatu; y la labor detectivesca de Matilda la que le da cuerpo a una cinta que, de otro modo, sería tan vacía como las «diferentes» miradas de Derek.

Los villanos son los que aportan la seriedad, y la crueldad también. Gracias a ellos se habla de temas importantes: explotación y asesinato. Para ellos el mundo no está edulcorado, como para Derek y Hansel. Y su punto de vista es el que nos permite tomarnos en serio el filme. No se puede evitar tener cierta simpatía por Mugatu, sobre todo al final, cuando le dice a todos que las «diferentes» miradas de Derek son solo una ─como todos los modelos siempre tienen la misma cara sobre la pasarela─. ¡Y es que él tiene razón! Pero los demás son tan bobos que no lo ven. Estos villanos son la perfecta contraparte de los héroes tontos. Estos adquieren un marco en el que sus tonterías cobran sentido, y aquellos se hacen más accesibles al verlos desde lo cómico. Lo que consiguió Ben Stiller en Zoolander, junto a Drake Sather en el guion, es un equilibrio entre lo serio y lo ridículo. Zoolander es casi una perfecta comedia con fondo político.

Y en esto debe ponerse especial atención: Zoolander es una comedia. No es una sátira, como algunos han dicho. El comediante y el satírico son muy diferentes. Pueden coincidir en realizar una crítica, pero el modo en que lo hacen es distinto. El satírico es alguien profundamente preocupado por los seres humanos y, cuando critica algo, lo hace porque, precisamente, es un problema para estos. Ve que cierto estado de las cosas trae consigo problemas para la vida de todos, y siente la obligación moral de decirlo. Pero además busca, a través de su crítica, crear un espacio de coincidencia con su auditorio, en el que se acuerde una forma de cambiar aquella situación criticada. Es decir, apunta una salida para cambiar aquel estado de las cosas, plantea una respuesta al problema. El comediante también puede criticar algo, pero en él no encontramos la preocupación por los otros. Su interés es provocar la risa del auditorio, aunque después regresen a una vida miserable y él lo sepa. El satírico, por el contrario, hace reír, pero busca que al terminar de hacerlo haya un cambio en nosotros. El satírico tiene ideales, busca mejorar algo; el comediante solo nos hace pasar un buen rato.

Otra diferencia importante es que el comediante se puede permitir todo con tal de hacer reír. Ningún comediante escapa a ello, incluidos los más grandes. Keaton y Chaplin tienen en la mentira un recurso importante. O Cantinflas, pese a sus intentos de aleccionar moralmente, nunca dejó de lado esa burla punzante contra ciertos personajes, muchas veces basada en prejuicios, y que contradecía sus lecciones morales. Y cuanto más vulgar es un comediante tanto mayor es su campo de acción, porque cree que es capaz de burlarse de todo. Él no encuentra en sí mismo, como el satírico, la obligación moral de solo ridiculizar lo que cree que es un problema. Por esto los autores satíricos aparentan ser repetitivos, siempre burlándose de lo mismo. Y es que, en efecto, lo hacen. Pero no por torpes, sino por responsables.

Así pasa con Zoolander. Es una comedia, y por ello se permite tratar con ligereza temas importantes, como el de la bulimia. La escena en la que Matilda se confiesa es hilarante (¿puedes leer la mente?), y aunque apunta que los modelos también la enfrentan, sin embargo, pierde de vista que no es lo mismo vomitar por urgencia (bajar rápido de peso para un desfile) que hacerlo por tener un problema. Más aún, todo se reduce a la explicación de que las personas bulimicas lo único que necesitan es sexo. La escena de la orgía es divertida, pero hasta ahí. La comedia se permite ser irresponsable éticamente.

De aquí también que el tema de la explotación laboral poco a poco, conforme avanza el filme, vaya quedando a un lado, y Zoolander se convierta en una película que gira sobre un intento de asesinato, que ya para el final ha perdido todo su significado político. Tanto así que Stiller se ve en la necesidad de rasgar la burbuja de la ridiculez —traiciona un poco la torpeza de su personaje—, y habla en malayo con el primer ministro para decirnos que, pese a todo, esto va en serio. Este es el segundo error que veo en el filme: no era necesario hacerlo. Se raya incluso la hipocresía: ¿si sabe que el asunto es importante por qué se lo ha tomado ha broma casi todo el tiempo? Un comediante no tiene que andar dando explicaciones: su negocio es hacer reír, nada más. Y Zoolander había abordado de modo más que acertado el fondo político y social, con los cameos, con Mugatu y con la parodia del mundo de la moda que son Derek y Hansel. No era necesario recalcar que se toma en serio estos temas para que las buenas conciencias no lo perdieran de vista por las bromas. Solo por esto, Zoolander es casi una perfecta comedia con fondo político, porque con ese instante quiso ser más política, menos tonta, rompiendo el buen equilibrio que había logrado.

ZoolanderTítulo original: Zoolander.
Director: Ben Stiller.
Guion: Ben Stiller, Drake Sather.
Producción: Stuart Cornfeld, Scott Rudin, Ben Stiller.
Fotografía: Barry Peterson.
Edición: Greg Hayden.
Música: David Arnold.
País: Estados Unidos, Alemania.
Año: 2001.
Elenco: Ben Stiller (Derek Zoolander), Owen Wilson (Hansel), Christine Taylor (Matilda Jeffries), Will Ferrell (Mugatu).

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