Cuando Platón se equivocó al interpretar a Diógenes.

Platón y Diógenes el cínico son dos hombres que me parecen, a la vez, tan semejantes como diferentes. Semejantes, entre otras cosas, pues no cabe duda de que ambos eran brillantes, y de igual manera los dos pensaban que la filosofía era una forma de vida. Sin embargo, eran también muy diferentes: puede decirse que Platón era más calmo, y sin duda no le gustaba la estridencia. En cambio, Diógenes era un tipo que no se andaba por las ramas, sincero, directo y “terrible para denostar a los demás”, según dice Diógenes Laercio (Vida y opiniones de los filósofos ilustres. IV, 24).

Así pues, aquellas anécdotas que nos ha trasmitido Laercio en las que Platón y Diógenes se encuentran frente a frente me resultan muy atractivas. Como dice John Moles, en casi todas ellas el filósofo cínico sale mejor parado (The Cynics. p. 419). A Diógenes lo veo más rápido de reflejos, y capaz de manejar las palabras y las acciones mejor que Platón, lo cual no deja de ser curioso siendo este un escritor extraordinario. Pero lo común a todas las anécdotas es que, pese a todo, percibo que hay un respeto de uno por el otro. No creo que Platón se haya prestado para discutir con cualquiera, y si bien Diógenes pudo haberlo hecho, con Platón no emplea los bastonazos ni cualquier tipo de palabras. Más bien, siempre busca ser más sutil, más irónico. Sin duda, usaba lo mejor de su inteligencia cuando se encontraba frente al fundador de la Academia.

Pero, en general, tengo la impresión de que Platón nunca fue capaz de comprender lo que significaba el cinismo. Ya desde la caracterización de Diógenes como “un Sócrates enloquecido” (VI, 53) creo estaba equivocado, pues el cínico no es ningún loco que lleva al extremo la forma de vida socrática. Al contrario, me parece que el Perro era bien consciente de sus límites. Creo que en este sentido se debe interpretar la siguiente anécdota que nos trasmite Laercio:

Una vez que [Diógenes] se masturbaba en medio del ágora, comentó: “¡Ojalá fuera posible frotarse también el vientre para no tener hambre!”

Vida y opiniones de los filósofos ilustres. VI, 46

Cuando Diógenes dice eso no está expresando un deseo, como puede creerse en primera instancia; más bien, se dice a sí mismo cuáles son los límites de su autosuficiencia. Sabe que necesita de alimentos para vivir, contrario al deseo sexual, que puede satisfacer solo con su mano. Así pues, se dice a sí mismo que no es completamente autosuficiente.

Ahora bien, en esta ocasión quiero detenerme en otra anécdota, en la que creo que Platón se equivocó al interpretar una de las acciones del filósofo cínico. Según cuenta Laercio, una vez Diógenes «se había quedado de pie bajo el chorro de una fuente; mientras que los circundantes le compadecían, presentose Platón y dijo: ‘Si queréis compadeceros de él, abandonadle’, aludiendo a su afán de notoriedad.» (VI, 41)

En esa anécdota, Platón indica que Diógenes merecería ser compadecido solo cuando fuera ignorado por todos, pues esta sería la peor situación para alguien como él, que no se cansa de buscar nombradía. Pero en este caso Platón se habría equivocado, porque si Diógenes hizo lo que refiere Laercio, ello no habría sido en busca de notoriedad; antes bien, pararse bajo el chorro de una fuente está en consonancia con aquellas otras actividades que nos refiere Laercio en Vida y opiniones de los filósofos ilustres: así, Diógenes “durante el verano se echaba a rodar sobre la arena ardiente, mientras en invierno abrazaba a las estatuas heladas por la nieve, acostumbrándose a todos los rigores.” (VI, 23)

En este sentido no me parece equivocado afirmar que Diógenes, tal como se acostumbraba al rigor del frío y del calor, al pararse bajo el chorro de la fuente se preparaba para enfrentar los rigores de las lluvias, y no como pensó Platón, para llamar la atención de las personas por un afán de notoriedad. Aquí, el fundador de la Academia no puede juzgar bien el cinismo, parece, porque lo percibe muy estridente (el eco del “Sócrates enloquecido” puede notarse en su juicio), de tal manera que solo puede pensar que Diógenes busca llamar la atención. Pero no es así: el filósofo cínico, más bien, estaba preparándose para enfrentar los rigores de la vida y los golpes de la fortuna.

Bibliografía.

Diógenes Laercio. Vida y opiniones de los filósofos ilustres. Traductor: Carlos García Gual. 1ª edición, Madrid: Alianza Editorial. 2007. Colección: Clásicos de Grecia y Roma.

Moles, John. “The Cynics” en Christopher Rowe y Malcolm Schofield (editores). The Cambridge History of Greek and Roman Political Thought. Cambridge: Cambridge University Press. 2000. pp. 415-434.

*Imagen: detalle de La escuela de Atenas, de Rafael.

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