¿Cómo era la filosofía en la Antigüedad?

Tercera parte: el ideal de la sabiduría y del sabio.

Después de Platón, todas las escuelas filosóficas de la Antigüedad harán suya la definición de la filosofía como el amor a la sabiduría, en menor o mayor medida, aunque no lo digan explícitamente. El filósofo es aquel que sabe que no es sabio, que reconoce cierta carencia en él, y por ello busca la sabiduría, la cual sin embargo no puede alcanzar porque es proyectada al plano trascendente. Por ejemplo, para Epicteto, asumir la condición de ignorante es la primera tarea para quien busque filosofar: «¿Cuál es la primera tarea de quien filosofa? Expulsar la opinión injustificada. Pues es imposible empezar a aprender lo que uno cree saberse» (Disertaciones por Arriano. II, XVII, 1-2). Haciendo eco de las palabras de Diotima, lo que pide Epicteto es que uno deje de pensar que es lo suficientemente bello, bueno e inteligente. Porque quien cree esto, coinciden, no piensa necesitar ya nada. También es posible apreciar la influencia socrática: debemos deshacernos de la opinión injustificada, y esto es posible a través del autoexamen, como hemos visto. Ahora bien, todas las escuelas elaboraron su propia representación de la sabiduría, que funcionará como una norma que guía el modo de vida de los filósofos. Como dice Hadot: «de una manera general, la sabiduría parecerá ser un ideal que guía y atrae al filósofo, y sobre todo la filosofía será considerada un ejercicio de la sabiduría, luego la práctica de un modo de vida.» (¿Qué es la filosofía antigua? p. 62). En efecto, la aspiración que provoca la sabiduría modela la vida del filósofo, de tal modo que se asemeja a ella. Ahora bien, la caracterización de aquélla varía según las escuelas, pero, a juicio de Hadot, entre ellas hay acuerdos profundos. El sabio se distingue por la coherencia y porque se basta a sí mismo.

El sabio es coherente, lo cual quiere decir que «la sabiduría consiste en siempre desear y en siempre no desear la misma cosa» (Ibídem. p. 241). A diferencia de la mayoría de los hombres, quienes no están seguros de lo que quieren, o se dejan arrastrar con facilidad por sus deseos pasajeros, o cambian de parecer según su conveniencia, el sabio es alguien coherente consigo mismo. Sin importar la situación en la que esté, él mantiene las mismas disposiciones. Así Sócrates sostiene que, mientras esté vivo, no dejará de filosofar y seguirá exhortando a cuidar de su alma a todos los que se encuentre (Cfr. Apología. 29d). Hasta su último día de vida, y a pesar de estar apresado, él lo siguió haciendo. Hadot menciona, también, a Pirrón como ejemplo de esta coherencia, quien «se conservaba siempre en el mismo estado interior, lo que quiere decir que, si llegaban a cambiar las circunstancias exteriores, no modificaba en nada sus resoluciones» (¿Qué es la filosofía antigua? p. 241). En este sentido, es notable que Diógenes Laercio no deje de llamar la atención sobre la coherencia que existía entre lo que pensaba Pirrón y su modo de vida, con frases como «era consecuente» o «siempre mantenía la misma compostura» (Cfr. Vidas y opiniones de los filósofos ilustres. IX, 62-64). Esta coherencia es la que debe mantener el filósofo. Desde luego, no lo logrará siempre: el mismo Pirrón tuvo momentos en que no pudo ser completamente impasible, ya que, dijo, es «difícil despojarse enteramente del elemento humano» (Ibídem. IX, 66). Es decir, el hombre es un filósofo, un amante de la sabiduría, no un sabio. Por ello, aunque algunas veces no logre mantener esta coherencia, sin embargo, debe esforzarse por ser, la mayoría del tiempo, lo más coherente posible. Para Luciano de Samósata, por ejemplo, si no hay coherencia, alguien no puede ser llamado filósofo.

El sabio también se basta a sí mismo, lo que quiere decir que no depende de las circunstancias externas, y, por ende, es un hombre libre. Éste es un rasgo notablemente socrático. Con los sofistas el hombre se volvió dueño de las cosas; en Sócrates, el único dominio buscado es el que se tiene sobre sí mismo. Esto modifica la relación del hombre con las cosas: con los sofistas, el hombre refiere su vida toda a algo exterior a él. Su éxito, su felicidad, todo lo que pueda conseguir depende de qué tanto provecho saque de ellas. Pero cuando el hombre dirige su mirada a sí mismo, cuida de sí, no se deja arrastrar más por sus pasiones y por su afán de dominio, lo que sucede es que las cosas recuperan su independencia. Ahora comprende que no necesita de ellas, y al liberarlas, el hombre se hace libre. Así entonces, el sabio es un hombre libre porque sabe que no depende de las circunstancias externas. Su tranquilidad y felicidad no se basa en ellas; él se basta a sí mismo.

Éstos son los acuerdos que tienen las escuelas filosóficas en la representación de la sabiduría y del sabio. Y éste será el ideal que guíe la vida del filósofo. Hadot señala que Sócrates es el único sabio reconocido por todas las escuelas (Cfr. ¿Qué es la filosofía antigua? p. 244) Ello no es extraño, sobre todo cuando se considera que la definición del filósofo hecha por Platón, de éste como un amante de la sabiduría, está influenciada por él. Y sin duda no es inmerecida está consideración de sabio, pues aunque Sócrates es un filósofo, es decir, reconoce que no es nada respecto a la sabiduría. Sin embargo, si alguien ha estado cerca de ser un sabio, es él, pues ni siquiera tuvo la necesidad de escribir su filosofía, como la mayoría de los filósofos que le siguieron. Su filosofía se encuentra en su vida. Sócrates logró la coherencia y la libertad que muy pocos han conseguido, y si el sabio es el ideal que guía la vida del filósofo, entonces Sócrates lo es merecidamente, en tanto que su vida inspiró a muchos a seguir el camino de la filosofía. Omitiendo el caso de Sócrates, dice Hadot, «según algunas de estas escuelas, jamás ha existido un solo sabio; según otras, sólo ha habido quizá uno o dos, como Epicuro, ese dios entre los hombres; según otras, también, el hombre únicamente puede alcanzar ese estado durante fulgurantes y singulares instantes» («Historia del pensamiento helenístico y romano» en Ejercicios espirituales y filosofía antigua. p. 215).

Sea como fuere, el caso es que, para las escuelas filosóficas, la sabiduría es un «ideal de perfección humana» («Ejercicios espirituales» p. 51), en cuya caracterización destacan la coherencia, el dominio de sí mismo y su consecuente libertad. Ahora bien, el filósofo es aquel que reconoce, como Sócrates, que nos es nada respecto a la sabiduría, pero aspira a ella. Y aunque sabe que no podrá alcanzarla, es decir, nunca podrá ser coherente todo el tiempo, o habrá momentos en que pierda el dominio de sí, no obstante, la aspiración que la sabiduría provoca va modelando la vida del filósofo, esto es, va modificándola de tal manera que en él se pueden observar las características propias del sabio. Así entonces, lo que sucede es que, por la aspiración a la sabiduría, el filósofo ve transformada su forma de vida.

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Primera parte: la aparición de la philosophia.

Segunda parte: Sócrates y la definición platónica de la filosofía.

Cuarta parte: los ejercicios espirituales.

Quinta parte: la relación entre vida filosófica y discurso filosófico.

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Bibliografía.

Diógenes Laercio. Vida y opiniones de los filósofos ilustres. Traducción: Carlos García Gual. 1ª edición, Madrid: Alianza Editorial. 2007. Colección: Clásicos de Grecia y Roma.

Epicteto. Disertaciones por Arriano. Traducción, introducción y notas: Paloma Ortiz García. 1ª edición, Madrid: Editorial Gredos. 1993. Colección: Biblioteca Clásica Gredos/185.

Hadot, Pierre. ¿Qué es la filosofía antigua? Traducción: Eliane Cazenave Tapie Isoard. 1ª edición, México: Fondo de Cultura Económica. 1998. Colección: Filosofía.

__________. «La filosofía como forma de vida» en Ejercicios espirituales y filosofía antigua. Traducción: Javier Palacio. 1ª edición, Madrid: Ediciones Siruela. 2006. Colección: Biblioteca de Ensayo (Serie Mayor)/50. pp. 235-249.

__________. «Ejercicios espirituales» en Ejercicios espirituales y filosofía antigua. Traducción: Javier Palacio. 1ª edición, Madrid: Ediciones Siruela. 2006. Colección: Biblioteca de Ensayo (Serie Mayor)/50. pp. 23-58.

__________. «Historia del pensamiento helenístico y romano» en Ejercicios espirituales y filosofía antigua. Traducción: Javier Palacio. 1ª edición, Madrid: Ediciones Siruela. 2006. Colección: Biblioteca de Ensayo (Serie Mayor)/50. pp. 203-234.

Platón. “Apología” en Diálogos I. Traducción, introducción y notas: J. Calonge Ruiz. 1ª edición, Madrid: Editorial Gredos. 1981. Colección: Biblioteca Clásica Gredos/37. pp. 148-186.

*Imagen: detalle de La escuela de Atenas, de Rafael.

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