Plinio el Joven: aléjate de la ciudad.

Comentario a las cartas I, 3 y I, 9.

 

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“Buenos Aires, la ciudad contada. / The city to be told.”: fotografía vía Flickr por Hernán Piñera (Hernan Piñera)

 

¿Qué poder ejerce la ciudad sobre nosotros?

Varios se han alejado de ella, con la intención de apartarse de las presiones que ejerce: Tchaikovsky para componer la Sinfonía no. 3, y Dvořák para escribir la número 8. O también Thoreau. Pero él iba más lejos, porque sabía que aún alejado de la ciudad sus asuntos podían permanecer con nosotros:

En la caminata vespertina me deleito olvidando todas mis ocupaciones y obligaciones matinales con la sociedad. Pero a veces sucede que no puedo desprenderme con facilidad de la villa. El pensamiento de algún trabajo me ronda en la cabeza y no estoy donde está mi cuerpo: estoy fuera de mis sentidos. ¿De qué me sirve hallarme en el bosque si pienso en algo que no es de los bosques?

Henry David Thoreau. “Caminando”. p. 156.

La ciudad no solo es el espacio en el que nos movemos; llega un momento en que se vuelve constitutiva de nosotros. Yo he visto una palabra para esto, no recogida por la RAE: citadino. Las personas que viven el campo o en una granja ven manifestada la ciudad en la llegada de las personas que de ahí proceden. Ellos son un trozo de ciudad, con sus ropas, sus aparatos, sus preocupaciones, su forma de hablar y las cosas que no saben hacer. De aquí la preocupación de Thoreau: no es la obsesión por las tareas que impone la vida en la ciudad; más bien, es el hecho de transportar un pedazo de ella a los bosques, cuando lo que busca con la caminata es una especie de transmutación: devenir bosque él mismo. Thoreau se ponía en juego a sí mismo; no salía a despejarse, a tomar aire o recobrar fueza para, al día siguiente, emprender con más brío sus “obligaciones matinales con la sociedad”. La caminata de Thoreau era un ejercicio de liberación.

Pero alejarse de la ciudad es complicado, porque las obligaciones que ahí tenemos aparecen como necesarias. Plinio el Joven lo escribió así:

… si preguntas a alguien: «¿Hoy qué has hecho?», te responderá: «He estado presente en una ceremonia de mayoría de edad, he asistido a una fiesta de compromiso matrimonial o a una boda, uno me invitó a actuar como testigo de su testamento, otro para asistirle en una defensa judicial, un tercero para actuar como asesor». El día en el que has hecho todas esas cosas, parecen necesarias, pero esos mismos actos, si piensas que los has hecho a diario, resultan inútiles, sobre todo cuando reflexionas lejos de la ciudad.

Plinio el Joven. Cartas. I, 9.

A veces, la costumbre es nuestro mayor enemigo. Pero en esta carta, si leemos con atención, Plinio el Joven le ofrece a Minicio Fundano un ejercicio para liberarse de la ciudad: el distanciamiento no se da de golpe. No se puede, un buen día, abandonar todo en un arranque, porque eso termina siempre en una desubicación: se pierde la ciudad, y al llegar al bosque o al campo este aparece como extraño. Uno entonces se queda en lo inhóspito. Por eso hay que distanciarse poco a poco, por etapas. En la carta, Plinio traza dos grados de separación: primero hay que distanciarse de la vida diaria, y solo después marcharse lejos de la ciudad. Entonces, se debe dejar de pensar por día, y pensar la vida en un contexto más amplio. No te preocupes por las ocupaciones de mañana, nos dice, mejor observa que toda esta semana/mes/año/… has hecho lo mismo. Un día no se distingue de otro: una vida de un solo día.

Así, Plinio se muestra como un gran adversario de ideas tan socorridas en nuestro tiempo: “vive cada día como si fuera el último”, o el tan común “You only live once” (YOLO). La vida no es de un sólo día, de tal modo que debas hacer algo justo ahora porque nunca más podrás hacerlo. Pero Plinio sabía que inmersos en la vorágine de cada día es difícil pensar que una acción no es necesaria, por eso en otra carta le da a Caninio Rufo el motivo que hace inútiles todos estos asuntos: “… el resto de tus bienes, después de que hayas muerto, pasará a manos de un dueño y luego de otro”. (Plinio el Joven. Cartas. I, 3.) Así pues, toda la fuerza que uno le dedica a los asuntos públicos se gasta en cosas efímeras y que no nos pertenecen. El esfuerzo por amasar una fortuna, por alcanzar la fama o para construir una casa en la ciudad es vano: facilmente puedes perder todo esto, y al final lo terminarás perdiendo, con la muerte. Incluso aquellos que amas morirán, o pueden dejarte cualquier día. ¿Acaso no sabemos bien eso? Ahora se habla incluso de que un tuit puede arruinar una vida. Y así todo puede perderse en un instante. Más o menos con estas reflexiones, Plinio le confía a Minicio que llega a su mente este pensamiento: “¡Cuántos días he gastado en cosas tan triviales!” (Cartas. I, 9.)

Tras este primer grado de separación, en el que las obligaciones de la vida en la ciudad son despojadas de su aura de necesidad, Plinio recomienda la marcha lejos de ella a Caninio Rufo:

¿Por qué no encargas a otros que se ocupen de esos asuntos humildes y despreciables (ahora verdaderamente es el momento), y te dedicas al estudio en ese profundo y apacible retiro en que vives? Que éstos sean tus asuntos y tu tiempo libre, tu trabajo y tu descanso; que a estas actividades se dediquen tus vigilias, tus sueños.

Plinio el Joven. Cartas. I, 3.

Y hace también lo mismo con Minicio Fundano:

Por todo ello, tú también abandona, tan pronto como tengas ocasión, ese estrépito, ese ir y venir sin sentido y esos trabajos tan inútiles y entrégate al estudio y al descanso.

Plinio el Joven. Cartas. I, 9.

¡Qué belleza hay en estas recomendaciones! En el estudio que Plinio invoca, se con-funden trabajo y descanso. Así la vida se convierte en un constante estudio. En cambio, en la ciudad, el trabajo y el descanso están perfectamente separados: al primero le corresponden las tareas fatigosas, insufribles, encargadas por o para quedar bien con otros, mientras el segundo es el escaparate o el momento en que uno se bloquea de ellas. Y entonces nunca hay tiempo para ocuparse de uno mismo.

Cuando Plinio habla de estudio se refiere a esto: una actividad en la que uno mismo se pone en juego.

No oigo nada de lo que luego me arrepienta haber oído, no digo nada de lo que luego me arrepienta haber dicho; nadie en mi presencia acosa a nadie en maliciosas conversaciones, yo mismo no reprendo a nadie, sino a mí mismo, cuando escribo algo poco correcto; ningún temor, ninguna esperanza me inquietan, ningún rumor me sobresalta: sólo hablo conmigo mismo y con mis libros.

Plinio el Joven. Cartas. I, 9.

En la ciudad, se escuchan y se dicen cosas de las que luego nos arrepentimos. Por eso los antiguos la plantearon como un gimnasio de virtud, en el que hay que resistir a todo esto. Pero en el retiro, como escribe Plinio el Joven, ya no se oye ni se dice nada de lo que uno se arrepienta. La ausencia de los otros desaparece esto, y uno se queda solo consigo mismo.

¿Qué mejor forma de ocuparse de sí que estando solo con uno mismo? Toda la atención ahora recae sobre sí. Plinio se dedica de este modo a la lectura, la escritura y “el ejercicio del cuerpo, en cuyo apoyo el alma se sostiene”. (Cartas. I, 9.) En tal retiro, pues, habla y se corrige a sí mismo, porque la ausencia de los otros, de sus palabras y acciones, ya no hacen que él mismo se oculte a sus ojos. No teniendo a quién corregir o escuchar, su mirada vuelve sobre sí.

Sin embargo, pese al llamado a alejarse de la ciudad, el retorno a ella es inevitable, porque sus obligaciones son las que permiten obtener los recursos para poder alejarse de ella. Pero lo que cabe esperar es que tras el trabajo sobre sí haya un cambio en uno mismo que en algún modo modificará nuestro estar en la ciudad.

Bibliografía.

Plinio el Joven. Cartas. Introducción, traducción y notas: Julián González Fernández. 1ª edición, Madrid: Editorial Gredos. 2009. Colección: Biblioteca Gredos/128.

Thoreau, Henry David. “Caminando” en Antología de Henry David Thoreau. 1ª edición, México: Ediciones Oasis. 1970. (En ninguna parte del libro se dice quién tradujo el ensayo de Thoreau)

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