Workers: la perdición del obrero.

Tan pronto se estrenó, Workers (2013) obtuvo reconocimiento y premios. Sin duda algunos son merecidos: sus encuadres bien medidos, su narración lenta y que de a poco va revelando la relación existente entre los dos protagonistas (a través del guion y con pistas en las imágenes), el humor que se puede encontrar en ella, haber escapado del tono panfletario, algunos diálogos notables, los juegos de repetición que se pueden encontrar (las escenas donde Rafael se alista para ir al trabajo, por ejemplo), además de los distintos tipos de relaciones que, como ha señalado Fernanda Solórzano, se pueden hallar en todo el filme. Estos aspectos, entre otros más, pueden destacarse en la obra de José Luis Valle, y con la vista puesta en ellos la importancia que se le ha dado a la cinta está justificada.

A decir verdad, Workers es una película admirable en todos estos sentidos. Por ejemplo, la revelación del empleo de Rafael es dilatada con mucho cuidado: cuando la empleada de una zapatería se lo pregunta, la respuesta es dejada en un fuera de campo sonoro; después se revela que el hombre no sabe leer ni escribir, y esto da pistas del tipo de empleo que podría tener; cuando solicita su jubilación no se mencionan las tareas que desempeña. Así entonces, el filme juega con nuestro interés de manera brillante: ¿cuál será el empleo de este hombre taciturno? Ya avanzada la cinta, lo vemos ponerse un traje azul. Podría tratarse de un obrero entonces; pero no. Finalmente, la imagen revela que se trata de un empleado de limpieza. Hay ironía en esta revelación, y es genial: aquella profesión que en el filme nos esforzamos tanto por descubrir, en la vida corriente ni nos pasa por la mente.

Pues bien, este es uno de los trabajadores que le da título a la película, Rafael, un empleado de limpieza de una trasnacional dedicada a la fabricación de focos ─por describirla sucintamente─, a quien tras serle negada su jubilación debido a su situación migratoria en México, cada día durante una década lleva a cabo un sabotaje (deja una llave abierta, tapa un inodoro, rompe un foco, descompone una máquina), y al cumplirse esta consigue provocar pérdidas millonarias para la empresa. La otra trabajadora es Lidia, y su historia se extiende por poco más de un año. Ella es una empleada doméstica en la casa de una mujer rica y muy enferma, quien dispone de todos los cuidados posibles para su perra llamada Princesa. Tras su muerte, la mujer estipula en su testamento que Princesa queda como heredera de su fortuna y los empleados pasen a trabajar para ella. Además establece que tras la muerte de su mascota, aunque solo si es por causas naturales, estos serán acreedores de su dinero, así que Lidia orquesta el asesinato de la perra.

Estos son los trabajadores de Workers, cuyas vidas son filmadas con todos aquellos aspectos admirables antes mencionados. Sin embargo, el problema del filme es que hay un desfase entre su manufactura digna de admiración y lo que sostiene, que se merece todas nuestras sospechas: hay vidas de trabajadores insalvables, de quienes solo se puede esperar traición y vileza para con los otros y, peor, para con ellos mismos.

Esto no puede pasarse por alto, sin importar la calidad técnica de la dirección o lo brillante del guion. En especial porque la película tiene el acierto de no envilecer a los empleadores. El jefe de Rafael puede ser un inepto (dice estar ocupado cuando en realidad juega solitario en su computadora), pero su negativa a darle su jubilación no se debe a que es malo o cruel con sus empleados; lo que se lo impide es una cuestión legal. No intenta hacer algo por él más allá de revisar sus archivos, pero es su ineptitud lo que se lo impide, no un afán de molestar. La patrona de Lidia pudo dejar como heredera a su perra en vez de a sus empleados o a su hijo, pero la decisión no radica en un desprecio hacia ellos, sino en el cariño desmedido a su perra, como lo indican todas las pláticas en las que se hace referencia a la relación que tenía con ella. Sin embargo, cuando se trata de los trabajadores, en Workers desaparece esta mirada ecuánime.

Lidia es protagonista de notables escenas de sumisión. En especial aquella en la que pasea en auto con Princesa. Como si la mirada de su patrona estuviera sobre ella, la cuida más que a sí misma: no le llama la atención a Severino por el volumen de la música, malo para ambas, sino porque la música de banda no le gusta a la perra. El bienestar de Princesa va antes que el suyo, o el de ambas por igual. Pero el sentido que tiene la escena es justo, pues Lidia ha dedicado treinta años de su vida a tareas que, como todas, modifican la idea (y con ello el valor) que uno tiene de sí mismo. A Oscar Wilde ya le parecía imposible que alguien pudiera barrer una plazoleta con dignidad mental, moral y física por ocho horas. Así que vivir treinta años bajo la mirada de una patrona que dedica todo su amor a su perra y exige lo mismo de sus empleados conlleva que Lidia asimile aquella conducta. Por el contrario, Severino, el chofer, y por ende alguien que no tiene cabida en la lógica de la casa, puede tener un espíritu rebelde todavía, aunque sus quejas las diga en voz baja.

En el mismo tenor, Rafael ha adoptado el comportamiento que se asocia a su empleo: es callado, ordenado (lava los trastes después de usarlos y los acomoda, sus zapatos están en fila y su vestir es pulcro) y eficiente (sin chistar, hace todas las tareas que le deja el chico que le enseña a escribir y leer). A los dos su trabajo los ha moldeado ─como ha cualquiera de nosotros─. Y así como Lidia es sumisa aunque su patrona no esté presente, Rafael recomienda los focos de la empresa para la que trabaja e incluso oculta los de otras marcas. Cuida la imagen de su empresa más allá de su deber.

Hasta este punto, el filme es notable. Sin caer en excesos, hace patente la transformación que provocan los empleos, y la pobreza de espíritu que conlleva el ejercicio de algunos. El problema nace cuando la autoridad es cuestionada o desaparece, cuando a Rafael le niegan su jubilación y cuando la patrona de Lidia muere. El caso es que, tras suceder esto, ninguno afirma el valor de su vida. Al contrario, se hacen pequeños y miserables porque su existencia necesita la de un enemigo para afirmarse a través de la venganza. En Workers se decidió mostrar a seres resentidos, y por ello pueden llevar a cabo venganzas y asesinatos dilatados pues, como ya sabia Nietzsche, el resentimiento aguza la inteligencia. Se vuelven capaces de planear a (muy) largo plazo. Que sus empleos los lleven a esto solo empeora la situación, porque se asume que la rebeldía (laboral, social) no tiene ningún fin. Se tratarían solo de actos propios de seres miserables que no tienen más en mente que sus propios intereses o la aniquilación del otro; el futuro les es cancelado. Y es que se puede ser rebelde afirmando nuestra propia existencia; pero Workers esto lo pasa por alto.

Dos planos revelan cuán pequeños y miserables se vuelven los protagonistas. El segundo acto de venganza de Rafael ─después de una escena de autoreconocimiento al verse en el espejo─ tiene lugar en un cuarto de escobas. Haber elegido este lugar fue brillante, pues hace explícita su situación vital y laboral: su lugar como empleado es nimio, oculto a la vista de todos y no valorado por nadie (todos dejan sucio el baño porque ellos no lo limpian); y su espacio vital es tan reducido como ese cuarto: vive casi sin amigos, en silencio, incapaz de leer y escribir. Este es el lugar perfecto para revelarse. Pero el problema es lo que motiva su acto, el resentimiento. En este sentido, Rafael rompe un foco en un plano cenital, y el director eligió esta perspectiva porque denota la existencia del otro contra el que se revela. A este, Rafael lo ve como superior, como más fuerte; y él se empequeñece en el plano porque su existencia se basa en la de ese otro contra el que lucha. Por su parte, Lidia planea la muerte de Princesa en un cuartucho y en la oscuridad, aunque dice quererla. La mujer traiciona sus principios por dinero, y en esa casa donde nadie más vive, donde nadie puede oírla y por ello es un tanto ridícula la escena, lo que sucede es que se encierra en ese lugar oscuro para ocultarse no de otros sino de sí misma.

Lo que pasa con el resentimiento es que, cuando la venganza se consuma o los objetivos son alcanzados, la vida del resentido pierde sentido, pues se basaba en la existencia del enemigo, del otro. Así, Rafael ni siquiera sonríe cuando por fin le dan su jubilación, y Lidia sale con nostalgia de la casa de su patrona, aunque ya tenga su dinero. Es muy revelador que ambos, en la escena inicial y final, sentados en la arena, miren a una pareja y el mar. Están en problemas: una vida amorosa quedó en su pasado, y el futuro no ofrece ningún asidero, como tampoco lo proporciona el océano. El resentimiento se apoderó de ellos y por ende su existencia terminó tan poco fundamentada, al acabar con el otro, como la arena ofrece muy poca firmeza a nuestro pasos. Workers es un filme peligroso: «cuídense de la clase trabajadora», parece decirle a los empleadores; y a los trabajadores los amenaza con su perdición en un doble sentido, porque su trabajo terminará acabando con su espíritu hasta dejarlos sin salida, y si se atreven a revelarse terminarán con una vida sin sentido. Al final quienes perdemos somos los trabajadores, y lo peor es que no hay salida, ni siquiera la rebeldía.

workers posterTítulo original: Workers.
Director: José Luis Valle.
Guion: José Luis Valle.
Producción: José Luis Valle, Elsa Reyes.
Fotografía: César Gutiérrez Miranda.
Edición: Óscar Figueroa.
Música: Warren Ellis.
País: México, Alemania.
Año: 2013.
Elenco: Jesus Padilla (Rafael), Susana Salazar (Lidia), Barbara Perrin Rivemar (Elisa), Sergio Limon (Severino).

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Friedrich Nietzsche. La genealogía de la moral. Un escrito polémico. Traducción, introducción y notas: Andrés Sánchez Pascual. 3ª edición, Madrid: Alianza Editorial. 2011. Colección: Biblioteca del Autor/2.

Oscar Wilde. “El alma del hombre bajo el socialismo” en El alma del hombre bajo el socialismo y notas periodísticas. Traducción: Ricardo Baeza y Julio Gómez de la Serna. Revisión de la traducción: José Manuel Estévez Saá. 1ª edición, Madrid: Diario Público. 2010. pp. 11-65. Colección: Biblioteca Pensamiento Crítico.

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