Mustang: el tornadizo apoyo a la libertad de la mujer.

Tras varios pesares, incluida una muerte, al final dos de las cinco hermanas que protagonizan Mustang (2015) llegan a la casa de una maestra en Estambul. En la escena inicial sucede lo contrario: la misma maestra se marcha y la más pequeña, Lale, se despide de ella entre lágrimas. Ambos momentos son desafortunados, porque con el inicio se indica que las hermanas se alejarán de personas con educación, que de ahora en adelante estarán solo en contacto con seres de mentalidad atrasada o cerrada. Al lograr escapar de ellas y llegar a Estambul, directamente a los brazos de la maestra, queda claro que han llegado a un mundo reconfortantemente civilizado, educado. Seguramente estas son las escenas más desafortunadas de todo el filme, porque marcan la lectura que se puede hacer de él: una denuncia sencilla y prejuiciosa, que sostiene que los poblados turcos alejados de la capital viven en un atraso o, cuando menos, con creencias que ninguna persona con un poco de «educación» podría sostener.

Las creencias en cuestión son las relativas al lugar de la mujer en el mundo. Las cinco hermanas viven con su abuela y su tío, debido a la muerte de sus padres, y tras despedir a la maestra en el último día de clases, deciden caminar de regreso a casa porque el día luce hermoso. En el camino se detienen a jugar con sus compañeros de escuela en la playa, y después recolectan manzanas de un lugar casi paradisíaco, pues ninguna reja que impida el paso hacia este ─pese a ser propiedad privada de un hombre bastante violento─ y basta con estirar la mano. Este es uno de los últimos días de libertad que pasan juntas, porque al llegar a casa son recibidas por una abuela encolerizada cuya única concesión es no golpear a una frente a las demás. Su enojo se debe a lo que le contó una vecina: cuando jugaban en la playa, las chicas se subieron a los hombros de varios muchachos. El acto es considerado depravado: se compara a una masturbación pública. A partir de este día, previa comprobación de que las mayores aún son vírgenes, se les prohíbe salir de casa y esta se convierte en una «fabrica de esposas» y una cárcel con rejas incluidas. Aprenden a cocinar, se les enseñan las diferencias entre sopas, se encargan de coser la ropa; y además se les adiestra en el recato y la obediencia que deben mostrar.

En este contexto, las únicas libertades de las hermanas pasarán por fugas, incluida una asistencia a un partido de futbol (filmada de un modo agradablemente festivo), conversaciones sobre temas prohibidos (el goce de la sexualidad), juegos en su habitación. Y sin embargo, su situación es clara: del encierro no pueden salir más que sometiéndose a las creencias de sus tutores, aceptando matrimonios arreglados; fugándose de casa o a través del suicidio. Que sus tutores cambien de opinión es imposible; ni siquiera hay posibilidad de dialogar con ellos (una escena indica que es posible negociar, pero solo en el marco que ellos establezcan). El tío y la abuela exigen sumisión, todo lo demás es inaceptable. La directora toma una postura clara: apoya la libertad de la mujer.

Varios ya han señalado que Mustang es una denuncia sencilla, que recurre a lugares comunes, a protagonistas muy queribles ─en especial la pequeña Lale─ y a la que uno se muestra tanto más favorable cuanto más burdos son los opresores de las hermanas. Se trataría de una película maniqueísta, que no aborda con justicia las ideas que critica sino que las muestra de manera simplona. Y en efecto, el filme tiene una franca apuesta por la libertad de la mujer, y su cámara en mano es una compañera para las hermanas, a las que siempre sigue. Al tío y la abuela suele verlos de reojo, o desde lejos; y el guion tampoco se preocupa mucho por ellos. Tienen la apariencia de personajes planos (el constante estado de ánimo del tío es el enojo, por ejemplo), y su tosco diseño parece deliberado, porque él mostraría lo infundadas y absurdas que —para el filme— serían sus creencias. Aunque esta lectura es acertada, la opera prima de Deniz Gamze Ergüven es tornadiza, es decir, no es completamente la cinta maniqueísta que se ha dicho, porque hay algunos aciertos al retratar las creencias del tío y la abuela. Pero estos no le quitan la mirada prejuiciosa que adopta. En Mustang no es constante la mirada que se arroja sobre el fenomeno que quiere mostrar, es una obra dubitativa.

Por un lado, son acertadas las lecturas que señalan la pobreza en los planteamientos de Mustang, su manipulación poniendo en escena una causa que todos aceptamos, o bien los prejuicios que se pueden entrever en ella; pero estas tiene un supuesto que merece ser considerado: son resultado de la expansión intelectual de los críticos. Y es que cuanto mayor sea nuestra expansión intelectual, tanto más nos alejamos de los extremos y de las exposiciones sin matices. Lo burdo, lo extremo, lo universal se vuelven sospechosos. De aquí que con el pasar de los años, y con ellos el aprendizaje de más cosas, cambiemos de opinión con respecto a ciertas obras que antes consideramos importantes, precisamente, porque después nos parecen extremistas o porque ven el mundo de manera muy simplificada.

Esta expansión intelectual nos permite incluso criticar la manera en que se abordan ideas que podemos tener por incuestionables, como la libertad. Sin negar que es necesaria o importante para toda vida humana, se puede cuestionar el modo de luchar por ella o el modo de representar esta lucha. Por el contrario, cuanto menos se haya profundizado en algo, cuanto más reducidos sean nuestros horizontes, tanto más fácilmente aceptamos cualquier representación de lo que consideramos importante. Así todo filme que apueste por la libertad, todo filme que apoye a una minoría o a un grupo oprimido, será aplaudido y aceptado sin ningún problema, e incluso será llamado «necesario», para hacer consciencia, como se dice.

Pero sucede algo paradójico con la expansión intelectual: nuestra mirada se amplia, podemos ver nuevas cosas y considerar diferentes perspectivas, sin embargo, cuanto más sucede eso tanto menos capaces somos de aceptar la existencia de los extremos. El alejamiento de ellos culmina en la convicción de que no pueden existir. Por ello la sorpresa y la indignación no se hacen esperar cuando las personas educadas descubren la existencia de seres sumamente crueles o encerrados en sus ideas. La indignación nace de la secreta convicción de que lo extremo es inexistente.

En el caso de Mustang, el hecho es que personas como el tío y la abuela existen. Basta pensar en la historia de las naciones: han vivido personas que, por más que se habló con ellas, jamás dudaron de que sus creencias eran las únicas válidas. El voto de la mujer, el racismo, el antisemitismo, etcétera, proporcionan ejemplos. Y en el caso del filme, no puede pasarse por alto que por más que uno tenga ya el prejuicio de la libertad (lo que que es necesario para discutir después cómo conseguirla), y aquellos ámbitos más próximos a nosotros también, el mundo en su totalidad todavía no lo acepta.

No es que el tío y la abuela sean personajes planos, en un intento de ridiculizar ciertas creencias. El caso es que son seres que creen, de buena fe, que sus ideas son las únicas válidas y frente a otras no es posible dialogar porque, simplemente, están equivocadas. Para ellos el papel de la mujer es claro, y tienen confianza en que sus ideas son las correctas porque la experiencia se los muestra: la abuela repite que, al final, todas terminan enamoradas de sus esposos, como a ella le pasó. Seres de este tipo fácilmente pueden ser considerados estereotipos o caricaturizaciones, porque no tienen pliegues, cambios, dudas, reticencias. Sin embargo, este juicio se debe a nuestra mirada: no podemos creer que exista alguien tan empecinado y con un pensamiento tan cerrado, así que lo ubicamos en la única categoría donde caben tales excesos, el estereotipo.

Ahora bien, es problemático filmar a estas personas, porque de caer en un solo exceso el personaje, de por sí poco creíble, se dervirtuaría. Dejaría de ser un retrato más o menos justo y pasaría a convertirse en una recriminación. Por eso la directora tiene cuidado al filmarlos, y este es uno de sus aciertos. No hay ni un solo plano que los muestre como seres despreciables. Ergüven puede estar convencida de que sus creencias no tienen fundamento, y por ello es partidaria de las hermanas, pero nunca ridiculiza o recrimina a sus tutores. Los filma de reojo, desde la perspectiva de las chicas (la escena donde Lale aspira la alfombra o cuando comen), y con ello logra una mirada temerosa pero tamizada por la inocencia o la rebeldía lúdica de las hermanas. Ergüven también utiliza planos sin algún significado, por ejemplo, cuando el tío y la abuela discuten aparecen en un plano americano, con fines narrativos únicamente; o bien, guarda la distancia.

Según percibo, el único plano en el que la directora arroja un juicio sobre ellos es un ligero contrapicado al tío, cuando este cubre el «te amo, Sonay» que alguien pintó en su calle: el hombre se recarga en su rodillo, más cansado que molesto. Antes debemos comprender la situación: el pueblo donde se ubica Mustang es más complejo de lo que parece. En él viven personas con distintas creencias, y ello se revela en las breves escapadas y el poco contacto con el exterior que se permite un filme que tiene como centro una casa. Por un lado hay familias que le permiten a sus hijas ir a la escuela y a un partido de futbol (la joven que habla con Lale a través de su ventana); por otro, hay familias como la de nuestras protagonistas. Ahí viven chicos dispuestos a tener relaciones sexuales con cualquiera (la escena en la camioneta), y los que viven guardando su sexualidad (el joven timorato con el que se casó Selma). La escena donde Lale llama buscando a Yasin nos informa que hay empresas que no le dan trabajo a homosexuales, pero otras sí. Y la tía Emine pone en escena a las mujeres que comprenden que sus tradiciones no son inquebrantables. Es más, las mismas hermanas son ejemplo de que las nuevas generaciones no han sido educadas de manera férrea en ciertas tradiciones.

Este pueblo no está desconectado del mundo. Y para alguien como el tío la situación es crítica, porque algún joven fue a su casa a cuestionar sus ideas, su convicción de que el matrimonio debe ser arreglado por los padres y las jóvenes no tienen derecho a tener novio. El mundo está cambiando a su alrededor, y ya ni siquiera su casa es un fuerte respetado por los demás, donde sus creencias permanezcan firmes. Nicol escribió al respecto que «las tradiciones atan, pero al mismo tiempo guían, pues la misión que cumplen para el hombre es la de confortarlo con la esperanza de que el futuro será siempre una imagen del pasado.» (p. 118)

Para el tío, esta confianza y seguridad están en crisis, y ese contrapicado lo revela: está perdiendo la lucha por mantener sus tradiciones, y ello lo obliga a bajar la mirada. Su constante enojo es también un síntoma: cuando lo que se cree incuestionable es cuestionado con hostilidad y persistencia uno tiende a defenderse, y el enojo es uno de los mejores escudos. En el enojado no cabe ninguna duda, está presto a todo para defenderse y suele despertar el miedo en quien habla con él. Ese contrapicado es el único juicio arrojado por la directora, pero no cuestiona lo que el tío cree. Más bien, se muestra com-pasiva. Muestra la situación que está viviendo, carente de seguridad, porque el futuro amenaza con ser diferente del pasado.

El trabajo que Ergüven lleva a cabo con estos personajes es cuidadoso y respetuoso. No son planos; es que así son, y lo notable es que, pese a ser contraria a ellos, no los ridiculiza. Puede creerse que lo hace cuando el tío y la abuela son dejados afuera de la casa, cuando la transformación de su casa en una cárcel, con la que buscaban encerrar a las chicas, juega en contra suya. Pero esto es más bien una elegante metáfora: se representa cómo las tradiciones nos terminan encerrando, o atando, como dice Nicol. La escena no es contra ellos. Se trata de una representación de lo que provoca mantener toda tradición como incuestionable.

Pero esta mirada no es constante. Pues así como se muestra comprensiva de su situación, Ergüven coloca al inicio la escena de la maestra, que trastoca todo este trabajo. De manera indirecta el tío y la abuela son caracterizados como ejemplos de lo que provoca la falta de educación, y así los critica con dureza, algo que no hace en el resto de la obra. Este carácter tornadizo permea todo el filme: se bambolea entre una comedia y un drama; el uso de la voz en off casi siempre es gratuito, o no aporta nada que no sea claro con las imágenes; la repercusión de la muerte, que se anuncia mucho antes con la voz en off, acaba tan pronto sucede. Pareciera que Ergüven nunca se decide por la postura que va a tomar. Aparte de esta caracterización como un filme tornadizo, es complicado posicionarse sobre Mustang. Hay rasgos destacables, pero otros dignos de sospecha; y si se prima una mirada sobre otra, se corre el peligro de ser injusto. Ante ello, lo más apropiado tal vez sea apreciar el filme sin la intención de dar una opinión categórica sobre él.

MustangPosterTrailerTítulo original: Mustang.
Título: Mustang: belleza salvaje.
Directora: Deniz Gamze Ergüven.
Guion: Deniz Gamze Ergüven y Alice Winocour.
Producción: Charles Gillibert.
Fotografía: Ersin Gok y David Chizallet.
Edición: Mathilde Van de Moortel.
Música: Warren Ellis.
País: Francia, Alemania, Turquía, Catar.
Año: 2015.
Elenco: Günes Sensoy (Lale), Doga Zeynep Doguslu (Nur), Tugba Sunguroglu (Selma), Elit Iscan (Ece), Ilayda Akdogan (Sonay), Nihal G. Koldas (Abuela), Ayberk Pekcan (Erol, tío).

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Eduardo Nicol. La idea del hombre. 1ª edición, México: Editorial Herder. 2004.

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