The Little Shop of Horrors: la irresponsabilidad de sí mismo.

La jardinería es una forma de gobierno. Y el gusto isabelino de comparar las cosas grades con las pequeñas nos lo revela: en La Tragedia del Rey Ricardo II (acto III, escena IV), Shakespeare compara el buen gobierno del Estado con el buen orden de un jardín. Así como el jardinero se deshace de la mala hierba que amenaza con opacar y destruir a las buenas flores, también el rey debía cuidarse de aquellos que siembran la sedición entre sus súbditos.

Como el gobernante, el jardinero es el encargado del orden, al disponer el mejor lugar para cada flor; también es quien procura las condiciones para que todas las plantas alcancen su esplendor; y por su puesto, es quien tiene en su mano la capacidad de reprimir o aniquilar cualquier brote que altere el orden de su jardín.

Ahora bien, puede dudarse de que la situación de un Estado sea muestra de la clase de gobernantes que tiene, pero en el caso de un jardín de ello no cabe duda. Este revela siempre la clase de jardinero que lo cuida. Un jardín hermoso no es resultado del azar o del trabajo de otros; siempre revela el trabajo que el jardinero pone en él. Por ello, como si se tratara de un acto de justicia, la recompensa que obtiene es igual al esfuerzo entregado: la contemplación de su jardín es la culminación de días de trabajo incansable y de cuidados constantes. Así entonces, ser jardinero no es cosa sencilla; conlleva varias responsabilidades. Pero la más importante es la responsabilidad que el jardinero tiene de sí mismo. Porque para obtener un bello jardín se necesita de alguien paciente, no entregado a los excesos, cuidadoso y ordenado, jamás disoluto. De otro modo, si fuera alguien disoluto u olvidadizo, ni siquiera recordaría regar sus flores.

El orden y cuidado de un jardín revela el orden y cuidado que el jardinero pone en sí mismo o, dicho de otro modo, el gobierno sobre sus flores es una muestra del gobierno que tiene de sí mismo. Este apunte sobre jardinería es útil para comprender la película de Roger Corman, conocida en español con dos nombres: La pequeña tienda de los horrores o La tiendita de los horrores. En cualquier caso, ambas son traducciones de The Little Shop of Horrors (1960).

El filme de Corman es protagonizado por el empleado de una florería, Seymour, quien cultiva una planta en una lata, a la que llama Audrey Junior en honor a la hija de su patrón. Pese a todos los cuidados de Seymour ella no crece, hasta que una noche descubre que su planta habla y que gusta de la sangre humana. Una vez alimentada con la sangre de todos sus dedos, ella crece de manera descomunal y se empieza a alimentar de carne humana. La fama de su planta pronto hace que la vida de Seymour cambie: su patrón lo aprecia como a un hijo, la florería empieza a ganar dinero, se vuelve admirado y la hija de su patrón se enamora de él. Mas para mantener este cambio tiene que asesinar a algunas personas y dárselas de comer a Audrey Junior.

Pero Seymour no es un tipo cruel ni disfruta cometer asesinatos para mantener su buena racha. Todo lo contrario, es bastante inseguro y en ocasiones tiene muy mala suerte. Sus asesinatos nunca son con premeditación; son por error, en defensa propia o hipnotizado por Audrey Junior. Y sin embargo, lo que sí se le puede atribuir es una falta de responsabilidad. La primera vez que alimenta a su planta es para ocultar el cuerpo, y la segunda también. Nunca se hace responsable de sus actos, aunque hayan sido por equivocación. Se consuela repitiendo que lo que ha hecho fue sin mala intención.

Por una contraposición con aquel jardinero responsable de sí capaz de crear un jardín hermoso, el jardinero más irresponsable, Seymour, solo puede cultivar una planta tan extraña como Audrey Junior, que muestra toda la irresponsabilidad de su jardinero. Una planta hambrienta de carne humana, burlona e incluso con la capacidad de controlar mentalmente a su jardinero revela la vida que lleva este, un hombre bastante torpe, inseguro y que no se hace responsable de sus actos. Por ser así, fácilmente cae en el control de Audrey Junior, como cae en el control de su madre hipocondríaca o su patrón.

Pero, en cierto modo, Seymour es el hombre emblemático de The Little Shop of Horrors, con su voz chillona, su paso torpe y su inseguridad. En el mundo que filma Corman lo que falta es responsabilidad. Y esta falta porque todo está marcado por el malestar: la madre de Seymour es hipocondríaca, a su patrón le disgusta su negocio, hay un dentista un poco chiflado y uno de sus pacientes tiene un gusto exacerbado por el dolor; además, una mujer sufre la muerte de un familiar todos los días. Y Seymour no es una excepción en este mundo, también él vive en una situación de malestar: bastante torpe, sin dinero, a punto de ser despedido y nunca nadie se ha enamorado de él.

El caso es que alguien que carece de toda salud no puede hacerse responsable ni cuidar de sí mismo, y si lo hace, lo hace mal. Como la madre de Seymour, que creyendo estar siempre enferma, ¡hasta su comida la convierte en un medicamento! Lo interesante es que creen que son responsables de sí mismos: en una escena, mientras Seymour y Audrey comen un emparedado, él le pregunta de qué sirve comerlo si no cura nada; y su patrón juró nunca asesinar a nadie para alimentar a Audrey Junior y sin embargo termina haciéndolo. En The Little Shop of Horrors los personajes tiene una falsa idea de que cuidan su salud física y espiritual (defendiendo unos principios en los que creen).

Así, Audrey Junior se convierte, como Seymour, en el emblema de todos ellos. La irresponsabilidad de sí es la que acaba con los personajes: si, tras el primer asesinato, el patrón hubiera ido con la policia no habrían ocurrido más muertes, pero al ver que gracias a la planta su tienda estaba generando más ganancias decidió no hacerlo; o si Seymour hubiera dejado de alimentar a Audrey Junior nada habría sucedido, pero continuó haciéndolo teniendo a la vista el premio que ganaría gracias a ella. Hay un ligero movimiento de cámara que indica todo: conforme la planta aumenta de tamaño, la cámara se eleva, y Corman filma lo que sucede desde atrás de la planta. Todos los personajes, entonces, quedan como culpables: la irresponsabilidad colectiva. Y esta irresponsabilidad es la que acabará con ellos, como lo revela Corman cuando encuadra a los personajes a través de los pétalos de Audrey Junior.

La jardinería, pues, es una forma de gobierno. Y un jardín bien cuidado siempre revela que el jardinero encargado de él es alguien que lleva una vida igual de ordenada. Y esta relación entre el gobierno de un jardín y el gobierno de sí mismo se pude observar en  la película de Roger Corman: los principios supuestamente defendidos y pronto traicionados, la irresponsabilidad sobre sus actos, eso es lo que le dio vida a Audrey Junior. La historia de The Little Shop of Horrors parece descabellada, pero el punto está en lo poco responsables que somos de nosotros mismos, en los principios que decimos defender y pronto traicionamos, en la hipocresía que nos caracteriza, aunque creamos, como los personajes del filme, que nos responsabilizamos de lo que hacemos y decimos.

The Little Shop of Horrors posterTítulo original: The Little Shop of Horrors.
Director: Roger Corman.
Guion: Roger Corman. Charles B. Griffith y Mel Welles.
Producción: Roger Corman.
Fotografía: Vilis Lapenieks y Archie R. Dalzell.
Edición: Marshall Neilan Jr.
Música: Fred Katz y Ronald Stein.
País: Estados Unidos.
Año: 1960.
Elenco: Jonathan Haze (Seymour), Jackie Joseph (Audrey), Mel Welles (Gravis Mushnick), Dick Miller (Burson Fouch).

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