Yo, Olga Hepnarová: inclinación a la maldad.

Olga Hepnarová fue una joven checoslovaca que, en 1973, atropelló premeditadamente a veinte personas, dejando a ocho muertas. Según ella, esa era la condena que la sociedad debía pagar por el trato que le había dado: lastimada por su familia, golpeada por sus compañeras, menospreciada por todos y siempre acusada injustamente. En una carta escrita previamente, decretó que, como la sociedad es demasiado soberbia para reconocer sus crímenes y castigarse a sí misma, entonces ella era la encargada de hacer justicia. Y al ver su venganza, la sociedad debía reconsiderar cómo trata a todos los Prügelknabe, o sea, la víctimas de acoso… si nadie más quería morir a manos de una. Tras no negar sus acciones ni mostrar arrepentimiento, Hepnarová fue condenada a la pena de muerte, estrangulada por caída corta.

La actualidad de la situación no pasa desapercibida, si se recuerdan los atentados en lugares públicos que, presumiblemente, fueron una venganza por el maltrato que alguien recibió o creyó recibir. En casos como estos suelen aparecer dos preguntas, y el filme de Petr Kazda y Tomás Weinreb gira en torno a ellas, aunque no intenta responder para todos los casos, sino solo para el de Olga. La primera cuestión es: ¿Hepnarová tuvo alguna buena razón para convertirse en asesina? Y la segunda: ¿la sociedad tiene alguna culpa? La respuesta a ambas preguntas es afirmativa.

Sin embargo, lo importante es que esta no es una obra de defensa. Nunca se realza el maltrato que llegó a recibir la protagonista, con la intención de mostrarla como una víctima en todo sentido. Sí, las agresiones son mostradas, en casa y de parte de otras chicas, pero los directores utilizan la cámara fija o el plano general, es decir, ningún énfasis sobre una lágrima o un rostro de dolor, mucho menos sobre una mueca de maldad. Otras veces, el maltrato es solo sugerido. Aunque el mal está ahí, nunca se llega a sostener que Olga fue elegida por todos para ser humillada.

En un sugerente diálogo con su abogado, Hepnarová dice que las personas siempre eligen hacer el mal. El filme sugiere que eso pasa muchas veces y acepta que algunos lo sufren más que otros. Pero no siempre sucede. Aquí la visión de los directores se distancia de su protagonista, quienes son más ecuánimes en el análisis. Y hay algo más. Hepnarová casi no ríe ante la cámara y es filmada en ambientes, en su mayoría, hostiles o incómodos, pero la escena donde ella y uno de sus amantes pasan la noche en una tienda de campaña, mientras cae una tormenta, apunta que incluso quienes se sienten más aislados y agredidos cuentan con algo (o alguien) que les sirve de refugio. La escena posee belleza y valor metafórico: en el mundo torrencial y hostil, nunca falta algo que nos apoye y protega.

Hay salvación, dice el film, pero Hepnarová no llegó a ver esto. Y la puesta en escena de su situación sicológica pone en evidencia a alguien tendiente a la reclusión y el ensimismamiento, cuando se encierra en el baño, en su habitación o no platica con nadie aunque, aparentemente, esté en un ambiente de camaradería. En buena medida, la chica lleva la contraria a las relaciones sociales que se forman a su alrededor y en las que buscan incluirla (colgar su ropa cuando llueve y dejar su bicicleta abandonada son pistas de su «hacer lo contrario» que el resto). La película lleva a pensar que el maltrato —aunque existente— fue ligeramente exagerado por Olga, y algunas cosas que consideró ataques, como el ser despedida de su trabajo, fueron responsabilidad suya, porque su taxi era una chimenea andante y conducía de manera poco cautelosa. El filme concluye que el trato que recibió no fue tan bárbaro como dijo… después de todo, ¿hay una persona tan menospreciada que tenga a dos amantes preocupados por ella?

De este modo, hay dos discursos en la cinta. Uno, el del Olga, quien se ve a sí misma como una torturada por sus congéneres. El soliloquio donde se declara a sí misma una sicópata y jura venganza es bastante elocuente. A veces, los directores se entregan a ella y la filman tal como se siente, perdida y sin provocar el interés de alguien, como en la escena de la plática junto a la fogata, donde está en silencio tras una humareda, mientras el resto de personas hablan entre sí. El otro discurso es de los directores, cuando la filman según su visión del asunto, y sostienen ─quizá no con mucha firmeza porque el asunto es pantanoso─ que Hepnarová exageró un poco, ya que las personas no fueron especialmente crueles con ella; no, al menos, más de lo que han sido con otros.

Pero en algo no se equivocaba: la soberbia de la sociedad y su incapacidad par reconocer sus errores. En esto, los directores le dan toda la razón a su protagonista. Los últimos minutos de la cinta son desoladores y bastante claros: tras el plano de la chica colgada, su familia toma tranquilamente el almuerzo, como si nada hubiera pasado. La frialdad y el desinterés son abrumadores, tanto como las palabras de la madre al inicio de la historia, cuando le dice a Olga que ni siquiera es capaz de suicidarse. La frialdad está igualmente en los reclamos leídos durante el juicio, ya sea por ropa pérdida, por comida desperdiciada y cristales rotos. Todo esto, ¡cuando quedaron ocho cuerpos tendidos en la acera! Sí, la sociedad tiene algo de culpa. Si tan solo no fuéramos tan hostiles y desinteresados, ¿Hepnarová habría hecho lo que hizo?

Ahora bien, ¿de qué modo una sociedad fría, superficial y con tendencia a realizar el mal; de qué modo puede ser estremecida para que se dé cuenta de lo que hace? La respuesta encontrada por Olga fue: pasando sobre ella, convirtiéndose en lo mismo que el resto de las personas y mostrarles la violencia de sus acciones. El asesino vengativo es el espejo de la sociedad.* Y la escena del atentado es un golpe sobre la mesa: hay en ella una total comulgación de ideas entre los directores y la protagonista. Desde luego, no se pronuncia una defensa del asesinato, eso queda claro en el intercambio entre Olga y su abogado. Pero el gesto, hacer temblar al mundo para que las personas escuchen, es algo que se sigue haciendo y los directores parecen querer retratarlo en toda su plenitud. ¿Qué tan efectivo es? El filme responde que no sirve nada: quizá al inicio pueda haber un poco de alboroto y culpa (la escena donde la madre llora), pero hasta ahora seguimos almorzando tranquilamente (igual que la madre de Olga), como si nada pasara.

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*De aquí esa paradoja: Olga condenó a muerte a la sociedad y, a su vez, la sociedad le dio la misma condena a ella.

Título original: Já, Olga Hepnarová.
Título: Yo, Olga Hepnarová. Historia de una asesina.
Directores: Petr Kazda y Tomás Weinreb.
Guion: Roman Cílek, Petr Kazda, Tomás Weinreb.
Producción: Vojtech Fric, Petr Kazda, Tomás Weinreb.
Fotografía: Adam Sikora.
Edición: Vojtech Fric.
País: República Checa, Polonia, Francia, Eslovaquia.
Año: 2016.
Elenco: Michalina Olszanska (Olga Hepnarová), Martin Pechlát (Miroslav), Klára Melísková (Madre).

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