The Propaganda Game: la verdad norcoreana.

Hay pocas naciones tan desconcertantes como Corea del Norte. Y no solo por el hermetismo con el que se conduce, pues todo gobierno se maneja con una dosis de secreto que le posibilita entablar negocios, transacciones, acuerdos y soltar, con más o menos regularidad, golpes en la cara y el bolsillo de los ciudadanos. Lo desconcertante proviene de lo que se dice de Corea. Noticias, desde las más irrisorias hasta las más terribles, que casi con seguridad juzgaríamos inverosímiles si cambiáramos su nombre por el de cualquier otro país. Unicornios y campos de concentración solo pueden referirse, al mismo tiempo, a ese lugar. Esto pone a Corea en una situación curiosa: es igual de susceptible a la broma como a la preocupación. Que alguien se haga pasar por Kim Jong-un en Twitter, y haga reír bromeando con asesinatos y bombardeos, incluso a aquellos que están en su contra, indica algo. Nadie, ni el comediante más vulgar ni el hombre más despreocupado, se ríe de una amenza nuclear, pero Kim Jong-un luce tan ridículo que sus amenazas parecen más las bromas de un chiquillo, aunque no por esto se llega a olvidar que hay cierto peligro en sus palabras. Algo así pasó con Hitler. Virginia Woolf lo consideró un hombre ridículo, al inicio. Podía decir cualquier cosa, pero lucían como las bravuconearías de un bobo. Tal vez alguno llegó a reírse de él. Después, el tintero cayó volviendo todo negro. El hombre hablaba en serio, e incluso alguien tan apolítica como Woolf llegó a desearle suerte a los pilotos ingleses.

Tal vez se puede decir que hay un «problema norcoreano»: ¿entre todo lo que se dice, puede encontrarse la verdad sobre aquel país? Álvaro Longoria se lo propone con su documental, The Propaganda Game (2015), o al menos tal es el objetivo que sostiene al inicio del film. Para lograr una empresa tan compleja, fue a la raíz del asunto. Con la medición de Alejandro Cao de Benós, el único extranjero que trabaja para el gobierno norcoreano, el director obtuvo el permiso de entrar al país con una cámara. No por ello, sin embargo, se liberó de algunas restricciones: le llevó una semana, por ejemplo, poder quedarse unos instantes a solas. Y «en teoría» podía entrevistar a quien quisiera; «en teoría», subraya Longoria.

Hablando en términos simples, el valor documental del filme es considerable. Hay imágenes, escenas de la vida, que rara vez se ven, o incluso se imaginan, respecto a Corea del Norte. Los chicos en patineta, una boda, un festival de flores, la diversión en un centro acuático, momentos familiares… la vida parece igual a la de cualquier otra nación. De otra parte, están los testimonios. Si ver escenas norcoreanas es difícil, lo es más escucharlos. Las entrevistas son pocas, pero nos permiten entrever el sentir y la manera de ser de las personas. Hay aquí un poco de esa verdad buscada, si por esta entendemos la presentación de lo cotidiano no mediada (no al menos mucho) por la interpretación de los medios.

Pero Longoria quiso algo más que esto. La verdad que se aventuró a buscar es la que se refiere a la situación política del país: ¿se trata de una nación donde los derechos humanos se violan sistemáticamente, y es posiblemente un peligro internacional, o es una nación que debido a cierta propaganda contra ella ha quedado mal vista? Lo que resulta claro es que la pregunta no tiene respuesta sencilla. El director propone un juego dialéctico entre acusadores y defensores del país. A cada intervención de un desertor, un organismo internacional o un medio de comunicación, un ciudadano, las imágenes tomadas o Cao de Benós (repetidamente), tienen una respuesta. Del intercambio resulta que, a veces, los sospechosos son los acusadores. Es indudable que tergiversan información, dicen verdades a medias, o bien, inventan mentiras. Otras veces, las dudas son arrojadas sobre los defensores. El pensamiento Juche parece solo palabrería, que los norcoreanos siguen sin entender porque no hay otra opción. Y el joven que no tiene más sueños que ser un maquinista y servir al líder, bajita la mano, indica que las personas carecen de ideales. Lo cual es interesante, porque ello querría decir que ya creen vivir del mejor modo posible, y por tanto lo más alto a lo que se puede aspirar es a mantener el estado de las cosas a través de un oficio útil y obedeciendo a aquel que hace posible tal situación de bienestar. El gobierno presenta la realidad y organización del país como perfecta. En este sentido hay que comprender a las personas entrevistadas que creen que sus líderes muertos son amados y celebrados por todo el mundo; o a Cao de Benós, que vende la idea de que Corea del Norte se está convirtiendo en el centro del mundo. Naturalmente, sobra decirlo, el gobierno norcoreano le miente a las personas.

No hay respuesta sencilla a aquella pregunta. ¿La razón? El filme revela que hay una guerra. Cao de Benós lo repite varias veces. Por ahora, es propagandística. Como suele pasar antes de iniciar la lucha armada, uno y otro bando se esfuerzan para convencer de que ellos están en lo correcto. Y para lograrlo, ningún gobierno se priva del uso del engaño. El problema al rodearse de mentirosos es que se vuelve imposible hallar la verdad, y todos parecen tener algo de razón.

Uno puede encontrarle sentido a las acciones de Corea. ¿Por qué entablar negociación con quienes inventan mentiras sobre ellos, o hablan sin tener pruebas contundentes? ¿Y por qué no prepararse para una invasión, si Estados Unidos nunca duda en desembarcar en otro país para «mejorarlo»? Incluso en un asunto tan ridículo, en apariencia, como el escándalo por la película The Interview (Evan Goldberg y Seth Rogen, 2014), los norcoreanos llevan la razón. Si en dicho filme planean matar a su líder, se trata de una falta grave, porque la relación que tienen con su gobernante es totalmente diferente a la del resto de los países. Para ellos no es un vulgar funcionario; es un padre. De tal modo que el filme no lo interpretan como una sátira política, sino como un parricidio que, peor aún, es motivo de burla.

Pero también hay algo de razón en las acciones contra el país, porque es clara la manipulación de la que son objeto las personas. Cao de Benós tiene razón al decir que nadie les apunta con un arma para creer en algo; pero se equivoca al olvidar que hay medios más sutiles para lograrlo. O bien, la película muestra que hay algunos privilegiados: ¿por qué una familia está viendo Brave (Brenda Chapman y Mark Andrews, 2012) cuando, técnicamente, eso está prohibido en el país? La iglesia católica es muy sospechosa de igual modo, como Longoria lo señala.

The Propaganda Game, al final, no revela la verdad sobre Corea del Norte. Al contrario, plantea más preguntas. El director señala una pertinente: ¿de dónde viene el dinero para levantar todas las construcciones y mantenerlas, cuando se supone que hay un bloqueo? Pero sí hay una verdad que sale a la luz: las únicas afectadas son las personas. Los disidentes no son asesinados a la vista de todos, claro, y muchos llevan una mejor vida que alguien en otro país, pero esa falta de ideales, y las mentiras con las que viven no dejan de ser preocupantes (cuya razón de ser es unirlos para hacerle frente a cualquier ataque). Corea del Norte no es el infierno, sin embargo, hay cosas que no es posible  aceptar. La verdad revelada es que a la política de varios países (Rusia, China, Corea del Sur, Estados Unidos y la misma Corea del Norte) les tiene sin cuidado que, en favor de sus intereses, millones de personas salgan perdiendo.

Título original: The Propaganda Game.
Director: Álvaro Longoria.
Guion: Álvaro Longoria.
Producción: Álvaro Longoria.
Fotografía: Diego Dussuel, Rita Noriega.
Edición: Victoria Lammers, Alex Marquez.
Música: Fernando Velázquez.
País: España, Francia.
Año: 2015.

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