Velo de silencio: control y libertad.

Marianne es la protagonista de este importante cortometraje. Y haberla escogido es una desición inteligente. Por un lado, es la chica que ha tenido la vida más sencilla y, por tanto, es la que menos experiencia tiene de mundo. Por otro, nunca ha tenido la necesidad de trabajar, y se dedica completamente a los estudios. A través de su mirada, Velo de silencio (2016) nos introduce a un lugar oculto —cuya existencia, sin embargo, no se desconoce—: una institución donde las jóvenes que se embarazan son enviadas para esconderlas, porque la familia quiere proteger su reputación. Y una vez que nace el bebé, regresan a casa, como si volvieran de un retiro a causa de una enfermedad.

La falta de experiencia de Marianne es un excelente recurso para delinear rápidamente a las otras jóvenes. No sabe mucho de la vida y no teme preguntar, así que las demás, un poco para hacerse las resabidas (como en la escena en las duchas, donde la chica, un tanto engreídamente, cuenta cómo se embarazó), o por la simpatía que despierta la menos avispada, no tienen ningún problema en sincerarse con ella. Aquí hay inteligencia para narrar una historia. El otro aspecto es, no menos importante, pero con mayor repercusión. Marianne observa a sus compañeras y se mira a sí misma en el espejo. Y no solo se debe a su poca experiencia; el asunto es que la joven con estudios universitarios es la que se muestra más sorprendida por lo que sucede.

Aquí hay una dura crítica a la educación, y que el film esté ambientado en la Francia de los sesentas la revela aún más. Lo único que consigue ella, respecto a las mujeres, es moldearlas perfectamente a la luz de un ideal que dicta que sean «juiciosas y castas» (Tito 2:5). ¿No debería la educación dar lugar a cuestionar esto, y abrir la posibilidad de formarse una identidad propia, antes que imponerla? Pero no. Se ha moldeado tan perfectamente a Marianne que, cuando se encuentra a alguien alejado de ese ideal, incluida ella misma, la oberva como si tuviera una malformación. Como si el embarazo no fuera algo propio de su cuerpo, y en general de las mujeres, casi como unas orejas de conejo o un cuello de avestruz. Por el contrario, las jóvenes con menos educación, un poco (no completamente) más alejadas de ese trabajo social de modelado, se muestran más seguras de su sexualidad. Más desvergonzadas, dirían unos. Porque ellas no temen al aborto, saben que es una opción, con mala prensa incluso en las escuelas. Ya que si hay una forma de disuadir a las chicas es con el terror: si no son castas, terminarán mal, vilipendiadas o muertas intentando abortar.

El filme muestra perfectamente cómo las chicas que se han alejado de ese ideal, caen en una falta grave. Y, por tanto, la sociedad les da su castigo. No solo con el encierro, sino con el control total sobre ellas. Un plano es elocuente, cuando las jóvenes caminan en fila, con guardianas al frente y atrás de ellas. Cualquiera reconocerá aquí un plano propio de los campos de concentración. Poco importa que estén embarazadas, como en estos lugares, ellas son mano de obra, objeto de castigo, seres desaparecidos sistemáticamente por un supuesto bien social. Con sutileza, Julie Gourdain muestra la crueldad que pesaba, y sigue pesando, sobre las mujeres. Aquí es preciso hacer un apunte importante: un acierto de la cinta es no señalar culpables inmediatos. Ni una joven guarda resentimiento hacia el hombre que la embarazó y la abandonó. La película no se pelea contra unos tipos miserables; tiene miras más altas, e interpela a la sociedad en general.

Pero no todo es aciago: hay un escena donde las chicas bailan, otra donde cantan, y la escena final donde Marianne sale corriendo del auto de su madre. No importa lo que hagan, cuántas puertas cierren o cuántos gritos den, todo su control es vano, porque mientras haya un espacio hacia dónde ir, existe la posibilidad de ser libre, aunque se consiga a costa de pérdidas indecibles.

velo-de-silencioTítulo original: Un grand silence.
Título: Velo de silencio.
Directora: Julie Gourdain.
Guion: Julie Gourdain.
Producción: Fabrice Préel-Cléach.
Fotografía: Bertrand Artaut.
Edición: Antoine Le Bihen.
Música: Simon Meuret.
País: Francia, Bélgica.
Año: 2016.
Elenco: Nina Mazodier (Marianne), Sonia Amori (Zina), Clarisse Normand (Laurette), Amélie Porteu de la Morandière (Rosine).

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