Los demonios: temores sin razón.

La niñez está lejos de ser ese mundo color de rosa que imaginan los adultos cada vez que rememoran los viejos tiempos, o nos hablan sobre «el niño interior» que todos tenemos. Hay más oscuridad y tristeza de lo que se espera. El simple hecho de que nos saliera mal un dibujo podía arruinar un día [1], y la pérdida de un juguete era tan triste como la despedida de un amigo (hay una buena escena sobre esto en En busca de la felicidad, de Gabriele Muccino). Por no hablar de la total dependencia a los padres: si la relación era negativa, el corazón se hacía pedazos con facilidad. Y si el héroe de nuestro programa favorito se veía en peligro, uno sufría tanto como él y deseaba con todas las fuerzas poder ayudarlo. Si los adultos lloran a cada rato o sufren en silencio muchas veces, los niños también lo hacen. No hay época de la vida en que esta resulte sencilla, a menos que cuenten algunos meses en el vientre de la madre.

El filme de Philippe Lesage se inscribe en esta temática. Los demonios que menciona el título hacen referencia a los temores que pesan sobre un chico. La separación de los padres, las peleas entre ellos, la inseguridad sobre los deseos sexuales, el peligro de la desinformación, la tristeza del amor imposible, los seres sobrenaturales, la culpa, y la existencia de hombres viles. No hay duda de que, para el director, la niñez no es una época sencilla. Los motivos para la infelicidad son muchos y están a la vuelta de la esquina. Esta convicción marca el carácter de la cinta, así como su narrativa.

El asunto es el miedo, así que la cinta tiende al terror y el suspenso. Ahora bien, como los demonios son muchos, el director tomó la desición más recurrente cada vez que hay muchas cosas que decir: prescindir de una historia que unifique el film y, en vez de ello, entregar diversos momentos, donde cada uno de los temores se hace presente. Hay una escena para cada demonio, y después la cinta se olvida de él. Bastan dos ejemplos. El primero es sobre la pelea familiar. Hay una discusión entre los padres del pequeño que casi llega a los golpes, y que sin duda revela que la familia está fracturada. A lo que se añade una probable, apenas esbozada, infidelidad. Pero después nada sucede. Sin ninguna explicación, parece que los padres vuelven a llevarse bien; parece, ya que apenas salen a cámara unos segundos mas. Da igual: al director poco le importa que la historia tenga pies y cabeza. El otro ejemplo se refiere a los fantasmas. Solo por una noche, el chico se preocupa de que el espectro del pequeño desaparecido venga por él. Después, lo olvida. Así es casi siempre: una de las cosas antes mencionadas ocupa una porción de tiempo en el relato.

De tal modo, no hay nada que unifique el film, más allá del constante temor del protagonista; y tampoco hay nada que mantenga la atención, pues resulta cansado ver la vida de alguien a quien solo se le cambia su objeto de aflicción. El problema más importante, sin embargo, no es que el espectador se aburra. Al final, esta parece la historia de un chico perturbado y más miedoso de lo normal, casi un paranóico que ve peligro en todos lados. Y es que, como no hay una historia que vaya tejiendo escena con escena, nada explica el motivo por el que se teme algo. Uno termina pensando que el pequeño solo sabe vivir asustado y retraído. No se le da ninguna oportunidad de mostrarse como cualquier otra persona, con días buenos y malos. Si este fuera un vulgar filme de terror, equivaldría a mostrar al ente sobrenatural a cada rato, sin contar su historia y por qué persigue a los protagonistas.

Esta estructura termina jugando en contra de los intereses del director. Si lo buscado era mostrar lo difícil que puede llegar a ser la infancia, dándole un poco de dignidad, porque aquellos que la pintan color de rosa la piensan como un estado de ignorancia donde todo es felicidad, entonces hace todo lo contrario. La ridiculiza todavía más, ya que presenta a los niños como unos imbeciles que le tienen miedo hasta a su sombra. Es todo lo contrario: los niños, como los adultos, pueden decir por qué le temen a algo.

La convivencia del pequeño con sus hermanos —con quienes puede bromear y bailar— arroja un poco de luz entre tanta desolación. Pero no la suficiente para olvidar que hay algo de ridiculo en un personaje que pasa de escena tras escena con miedo. Este constante deseo de asustar, por otra parte, conlleva la mayor molestia que provoca el film. Muchas veces, cae en el suspenso sin sentido, a través de la música extradiegética. Esta aparece, sube de volumen y anuncia lo terrible, que nunca pasa. Las primeras veces se puede entender como un recurso que pone de manifiesto que los motivos de temor para el protagonista pueden surgir en cualquier momento. El enojo de la profesora en la primera escena, por mencionar un caso. Después, no queda duda de que se trata de un recurso torpe para atraer la atención del espectador, y deja de funcionar.

los-demoniosTítulo original: Les démons.
Título: Los demonios.
Director: Philippe Lesage.
Guion: Philippe Lesage.
Producción: Philippe Lesage, Galilé Marion-Gauvin.
Fotografía: Nicolas Canniccioni.
Edición: Mathieu Bouchard-Malo.
Música: Pye Corner Audio.
País: Canadá.
Año: 2015.
Elenco: Édouard Tremblay-Grenier (Félix), Pier-Luc Funk (Ben), Vassili Schneider (François), Laurent Lucas (Marc).

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Se puede ver Los demonios de manera gratuita durante el 7° My French Film Festival, en la página del festival, hasta el 13 de febrero de 2017.

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