Marguerite y Julien: la libertad de amar.

Marguerite y Julien (2015) tiene un excelente inicio: una pareja está abrazada mientras helicópteros surcan el aire y, de fondo, hay ruidos de sirenas; a continuación, aparecen primeros planos de un beso, y una declaración de amor eterno en voz en off. Aquí están las coordenadas de la historia, entregadas en apenas unos segundos. Se trata de un amor apasionado y perseguido. Después sabemos la razón. Marguerite y Julien son hermanos; pasaron su niñez juntos, pero su tío convence a su padre de que debe separarlos, pues cree que Marguerite llevará al pequeño por el mal camino. El padre accede, y solo después de muchos años se reencuentran. Tras varios esfuerzos de Julien, no puede negar el amor por su hermana, así que la rescata del hombre con el que la casaron por la fuerza y escapa con ella. Pero como las leyes prohíben el incesto, son perseguidos hasta ser atrapados.

Hasta el momento en que ellos se convierten en fugitivos, el filme de Valérie Donzelli es una historia contada en el dormitorio de un internado de chicas. Y aunque, como suele pasar, existe una incoherencia entre lo que sabe quien está contando la historia y lo que vemos (¿cómo podría saber la chica del internado el contenido de las cartas que se escriben los hermanos si Marguerite las quemaba?, por ejemplo), lo importante es el carácter que esto le da a la película. Hay aquí, claramente, una postura sobre la educación sexual. Los internados son, desde hace mucho, el lugar al que los chicos son enviados para alejarlos de las tentaciones del (otro) sexo. E incluso ahora, aunque no hagan tanta publicidad de tal objetivo, que muchos de esos lugares sean religiosos, dice algo. Sin embargo, esta privación causa, desde luego, que el interés y la imaginación se exciten más. Es lo que pasa con las jóvenes del filme: la historia de los hermanos enamorados es tan fascinante que llegan a recrear los sonidos del placer.

El filme rompe lanzas en favor de la libertad sexual [1]: «no importa todo lo que hagan ─dice─, al final uno consigue lo que quiere». Ya sea como Marguerite y Julien; o bien, a través de la imaginación, como las chicas del internado. Si se considera, hay algo de rebelión en la escena. Las chicas están dispuestas a sacrificar una noche de sueño, para, en plena madrugada y en voz baja, obtener aquello que de día, sistemáticamente, les es velado. De aquí esa escena donde la narradora principal corta de golpe la historia, diciendo que la madre de Marguerite la asesinó, a lo que otra chica responde, inmediatamente, que no es cierto. ¿Qué es esto sino la convicción de aquella que está dispuesta a que no le oculten ya nada? Pero con la imaginación tampoco se puede ir muy lejos, hay que reconocerlo. Y en el filme, mientras es contado por la joven del dormitorio, existe un recato debido a que hay cosas de las que no se puede hablar sin experimentarlas. El primer encuentro sexual de los hermanos es la muestra, que apenas ocupa unos segundos. Incluso los besos son contenidos. No es que por miedo a caer en el efectismo haya falta de pasión; lo que sucede es que la narradora no puede llevar la historia hacia esos lugares, porque es terreno casi desconocido para ella. Se ha dicho que las actuaciones de Elkaïm y Demoustier, para interpretar a una pareja pérdida por amor, luce muy frígida, pero, aparentemente, hay razones narrativas para ello.

Después de que la voz narrativa deja de ser la de la chica del dormitorio, el filme cambia su sentido. Al hablar de «libertad sexual» teniendo en mente el incesto, se entra en terreno conflictivo. Lo dicen algunos personajes: un romance con el hermano no es libertad, y el incesto ha estado prohibido desde hace mucho tiempo (aunque hay países en los que no). El perdón de Dios tampoco es posible. La escena donde Marguerite se hinca a rezar no ofrece dudas: al terminar de hablar, hay un ligero cambio de iluminación, se oscurece todo un poco. Dios ha mandado una señal: en Él, no está la posibilidad de perdonar a los hermanos. La razón por la que Donzelli hace hablar a la divinidad es desconcertante, si consideramos sus siguientes postulados metafísicos.

Como el perdón de Dios está negado, lo único que queda es la legalidad humana. Su padre acude ante el rey para conmutar la pena de los hermanos. No obtiene lo que quiere, pese a que la corte es un burdel donde el rey ha cometido más felonías que Marguerite y Julien juntos, incluso a los ojos de Dios. El montaje de esta escena con la siguiente, en el tribunal donde se dicta sentencia, es brillante. Entre ellas media un plano de un ser cuasidemoniaco cubriéndose los ojos. La corrupción humana avergüenza hasta a los seres más viles. Obviamente, no habrá perdón para los hermanos, que morirán en manos del verdugo. Pero no todo ha llegado a su fin, porque, tras la muerte, Marguerite y Julien vuelven a ser Naturaleza. Sus voces en off lo cuentan todo, al tiempo que hay imágenes de agua, plantas, raíces, follaje, fuego y algunos primerísimos planos de partes del cuerpo humano. Los hermanos se han transmutado y, de este modo, creciendo uno al lado de otro, como troncos, raíces y rocas, su promesa de amor eterno se cumple. Lo interesante es que, entonces, no hay más allá. Tras la muerte, no hay condena ni salvación. Todo queda en el plano inmanente. ¿A qué viene, pues, que Donzelli haya hecho a hablar a Dios, si al final no significa nada? Hay aquí una fuerte contradicción de postulados.

Una vez abandonado el dormitorio, pues, el sentido del filme cambia. Entramos a terreno más filosófico que social. Pero aquella contradicción es grave. El anacronismo en el filme poco importa; de hecho, está muy justificado. Pues si, al final, todo se reduce a una potencia de la Naturaleza, poco importa la condena social sobre el incesto. La escena donde Marguerite y Julien hacen el amor en el bosque, se ha dicho, luce incómoda, un poco forzada; podría decirse que es más salvaje que humana, porque no representa otra cosa sino esa simpleza del sexo una vez que se quitan todas las convenciones sociales. El filme separa Naturaleza y convención. Y las relaciones sexuales de dos hombres, en el fondo, son iguales a las de dos animales cualesquiera, o dos raíces creciendo juntas. Así pues, como desprenderse de ese deseo sexual es imposible, pues es parte de la Naturaleza, y nosotros somos Naturaleza, como Marguerite y Julien hay otros tantos. El anacronismo sirve para mostrar que el incesto ha existido y existirá por siempre. Donzelli deja la puerta abierta a una defensa del incesto, ya que al final es igual acostarse con un familiar que con otra persona. Porque lo único que diferencia estos actos son convenciones que hemos adoptado. El problema, seguramente, es lo mal parada que termina la legalidad humana, porque no siempre da lo mismo con quién duerma uno.

__________

[1] No parece casualidad, por cierto, que la historia que le leen a la pequeña Marguerite trate sobre un perro encadenado.

marguerite-y-julienTítulo original: Marguerite et Julien.
Título: Marguerite y Julien.
Directora: Valérie Donzelli.
Guion: Valérie Donzelli y Jérémie Elkaïm, basados en un guion de Jean Gruault.
Producción: Alice Girard, Edouard Weil.
Fotografía: Céline Bozon.
Edición: Pauline Gaillard.
País: Francia.
Año: 2015.
Elenco: Anaïs Demoustier (Marguerite de Ravalet), Jérémie Elkaïm (Julien de Ravalet), Frédéric Pierrot (Jean de Ravalet), Aurélia Petit (Madame de Ravalet), Bastien Bouillon (Philippe de Ravalet), Raoul Fernandez (Lefebvre).
_______________

Se puede ver Marguerite y Julien de manera gratuita durante el 7° My French Film Festival, en la página del festival, hasta el 13 de febrero de 2017.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s