El paso superior: la juventud inescrutable.

No hay duda: buena parte del merito en El paso superior (2015) radica en la forma en que Patrice Laliberté conduce el relato. Todo se descubre al final, el por qué un joven es capaz de arriesgar la vida para pintar un graffiti. Cuando esto sucede, en el espectador tiene lugar la satisfacción y la sorpresa que nace cada vez que se descubre lo que no se esperaba. Y todas las objeciones que uno haya podido tener a lo largo del cortometraje quedan silenciadas por esa pepita de verdad revelada. No hay duda de que, en esto, hay merito. Pero una vez que guardamos la pepita, o la perdemos, ¿qué queda? ¿Qué hay después de que esa impresión desaparece ─pues al ver la obra por segunda vez, por ejemplo, ya no existe─?

Entonces hay que mirar el asunto fríamente. Y aclarar si Laliberté es uno de esos traficantes de emociones, que nos pagan con misterios revelados para guardar silencio; o bien, alguien que, además de regalarnos una pepita, tiene que decirnos algo más. No hay duda de que en El paso superior asistimos a una época difícil: la juventud, ya de por sí compleja, adquiere un rasgo de melancólica por la muerte del hermano de Mathieu. Vale la pena notar el buen trabajo de un secundario, el padre: solo verlo ya nos previene de que algo no está bien. Aquí encontramos sensibilidad de parte del director, porque hay algunos planos ─cuando acomoda la madera en casa─, ligeros contrapicados, aunados a la postura encorvada y el rostro afligido, que denotan a un hombre abatido. El desarrollo del relato radica, desde luego, en que no se sabe el motivo de este dolor.

Ahora, consideremos despacio el asunto. Mathieu es un grafitero con experiencia, pues la habilidad con el aerosol no es innata, y no cualquiera decide una noche, de la nada, colgarse de un puente. No estamos, entonces, ante alguien que intenta morir en empresas arriesgadas por la pena que siente. El chico ha meditado el asunto, tanto, que el graffiti lo pintó en el mejor lugar posible. ¿Pero, para qué? Para que él lo vea cuando regrese de acompañar el ataúd de su hermano. De algún modo, ese adiós escrito expresa todo lo que no pudo manifestar ante el ataúd, a diferencia de sus padres, claramente dolidos.

Hay algo más, sin embargo: al ver el graffiti, en él se esboza una ligera sonrisa, que contrasta con el desconsuelo de su padre y su llanto que va en aumento. El cortometraje pisa terreno pantanoso: ¿el joven olvida con rapidez la muerte de su hermano; o le da poca importancia al asunto (la platica fría y anodina con sus amigos puede apoyar esto, así como su comportamiento desobligado en casa); o bien, se preocupa, mayormente, de sí mismo, pues pintar el graffiti también puede ser una forma de expiación? No hay respuesta clara, como si la juventud fuera una época inescrutable. En contraste a los directores que, casi siempre, abordan la juventud confiados en que saben algo de ella y pueden caracterizarla, Laliberté parece decir que, antes bien, es imposible definir nuestro comportamiento durante aquella época. Pese a su aparente simplicidad (pues cualquiera pensaría que el graffiti es para honrar al muerto), se esconden móviles y pensamientos a los que no podemos acceder.

viaducTítulo original: Viaduc.
Título: El paso superior.
Director: Patrice Laliberté.
Guion: Patrice Laliberté.
Producción: Patrice Laliberté, Julie Groleau.
Fotografía: Christophe Dalpé.
Edición: François Lamarche.
País: Canadá.
Año: 2015.
Elenco: Téo Vachon Sincennes (Mathieu), Sandrine Bisson (Louise), Stéphane Jacques (Gilles).
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Se puede ver El paso superior de manera gratuita durante el 7° My French Film Festival, en la página del festival, hasta el 13 de febrero de 2017.

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3 comentarios en “El paso superior: la juventud inescrutable.

  1. Respeto tu crítica porque reconozco que hiciste un esfuerzo analítico, pero a mi el corto me pareció de una imbecilidad suprema. Además hay varias trampas en el guión para esconder el desenlace. La madre le pide al grafitero que este a horario para recibir al hermano, no los restos del hermano o el cuerpo del hermano. Luego , ya en el aeropuerto, cuando la cámara muestra a los militares petrificados esperando el descenso del avión, el final se adivina antes de ver el féretro. Cuando pienso en el dinero que gastó el director para esta burrada, me indigno más.

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    1. En varios aspectos concordamos, a decir verdad, como en los que menciona. O el plano cenital, cuando el chico platica con sus amigos, no sé a qué viene. A grandes rasgos, no entiendo la muy buena recepción que está teniendo el corto ─a juzgar por los comentarios en la página del Festival─, que no es una gran obra ni de cerca. Pero como esa sonrisa del final me intrigó (en especial porque el rostro del chico parece ser de cera en todo momento), traté de argumentar que algo había detrás de ella. En todo caso, siempre me agrada que haya disenso respecto a un film.

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      1. Está también otro asunto que vos mencionás, y es qué pasa cuando a esta película (y a cualquiera) la vemos por segunda (o tercera vez). Es obvio que el efecto sorpresa del final ya no existe, ¿queda algo más que una cáscara vacía, para rescatar? Mientras los buenos filmes, cuando los volvemos a ver, nos hacen descubrir, nuevos e intrigantes interrogantes, aquí no veo nada para rescatar. Saludos. También valoro el disenso.

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