No es más que el fin del mundo: hostilidad familiar.

Un escritor —con toda la vaguedad de esa caracterización— regresa a casa tras doce años. El motivo: lo único que logra hacer que las personas se comporten de una forma totalmente contraria a lo usual, a saber, la proximidad de su muerte. Tal es la situación de Louis y, sin saber muy bien por qué, decide visitar a su familia para comunicarles la noticia. Cualquiera pensará que regresa ya que, al final, nadie puede enfrentar solo la muerte, o por ese anhelo de dejar todo en su lugar, o por la consabida búsqueda de reparar los errores. Pero no. Nuestro protagonista tiene sus motivos, desde luego, mas el filme no los expone claramente. En ocasiones, parece que se trata de lo último, al final sobre todo, cuando Louis le dice a sus hermanos lo que su madre le dijo que necesitaban oír de él. Otras veces, parece que es lo primero, con la voz en off del comienzo. Y no es que haya un error en el filme por esta indeterminación; en ocasiones, las razones llegan después de las acciones, y lo único que nos lleva realizarlas es un incontenible e inexplicable deseo. De aquí esas escenas incomprensibles para algunos, cuando el protagonista luce incómodo, parece sentirse fuera de lugar, deseando estar en otro lado, y sin embargo no se va, aunque puede hacerlo, y sus doce años sin poner un pie en esa casa lo demuestran. Tal vez nadie desconoce esta experiencia. Sucede, muchas veces, a punto de hacer una declaración amorosa. Uno está convencido de que debe hacerlo, sin saber por qué, ya que al mismo tiempo quiere salir corriendo.

Sin embargo, nada es fácil con Xavier Dolan, y No es más que el fin del mundo (2016) no es la excepción. Louis llega a una familia tan hostil como fuertemente unida. Su hermano, Antoine, vive exasperado y con una esposa, Catherine, cuyo rasgo más importante es el nerviosismo; su hermana, Suzanne, se la pasa drogada, y sujeta a una autoreclusión en su habitación, en la que siempre se resguardan quienes no pueden más con el ambiente hostil de un hogar. También tiene esos lapsos de insolencia contra quien la ataca, propiedad de quien sabe que ya no tiene nada que perder. Su madre, por otra parte, es más compleja. En ella está el amor que evita que los hermanos se maten entre sí (es la única que se marcha con Antoine para calmarlo, al final, lo que significa que incluso ama al más hostil y es querida por él), pero cuando las relaciones son tan difíciles entre ellos, como pasa en la película, aquel se reviste de cierto autoritarismo y frialdad que hacen verla como un ser sin corazón. Ayala Blanco, muy certero, la describe como una «figura de feroz afecto». [1]

Por alguna razón no dicha, entre ellos hay resentimiento, rencor, y en ocasiones pareciera que odio. A tal grado, que no hay lugar para el desprecio silencioso, sino para las reclamaciones directas y los gritos. No obstante, se aprecian, quizá incluso se aman —la madre llega a afirmarlo—. Porque entre las escenas de gritos, hay un momento de confidencia, que ninguna familia desconoce, cuando se recuerdan viejas bromas o viejos momentos que, por más que se repitan en la sobremesa, siempre despiertan la alegría de todos. Esta es la escena acompañada por la canción Dragostea Din Tei. La elección de Dolan es genial: una canción que corta por completo la tensión, y consigue hacer reír y bailar a unos seres que nunca lo hacen. Porque, si una experiencia en común tenemos todos con ella, es el de haber bailado a su ritmo. La prueba de que algo cambia en la dinámica familiar, solo por el recuerdo de una anécdota: la aparición de uno de los pocos planos conjunto, acompañado de un paneo, y la casi desaparición del primer plano, salvo uno, de Louis sonriendo, lo que, de por sí, ya es extra-ordinario.

Pero lo más notorio es la hostilidad, desde que la cámara entra a la casa. Sucede un cambio de registro que no debe pasar desapercibido. De los planos rápidos de las personas en la ciudad, y el plano general del auto cruzando la calle (semejante a los de Tom en el granero), se pasa a primeros planos, en varias ocasiones con la cámara ligeramente arriba de los ojos, y una fotografía de colores opacos. De aquí en adelante, lo luminoso, los espacios abiertos y los planos que muestren más allá de un rostro casi desaparecen. Todo en esa casa, y la manera de filmar, despierta incomodidad. Por no hablar de la música extradiegética, que remarca el ambiente ya mostrado por la imágenes.

La duda, y la reclamación, no se ha hecho esperar: ¿dónde está el origen del ambiente hostil? ¿Qué sentido tiene poner en escena a un grupo de histéricos que solo viven para gritarse y reclamarse algo? He aquí una forma reconocer a quien ha llevado una vida familiar feliz o, al menos, sin muchos problemas. Desconoce lo que es estar dentro de una pelea familiar. Cuando ellas suceden, aparecen las ofensas, los gritos y los jaloneos, todos pierden la cabeza y no hay espacio para detenerse a hablar y, mucho menos, para pensar qué los ha llevado a eso. El cine ayuda a vivir experiencias. Y lo que Dolan pone en escena es, precisamente, el vivir en una familia problemática. No le interesa analizar una situación; quiere que la vivamos. Y si alguien se siente irritado, molesto, agredido o desconcertado por lo que ve, el objetivo ha sido conseguido. Varios textos sobre el filme son ejemplo de que esto ha pasado. El espectador, de cierto modo, experimenta lo mismo que los personajes: se siente irritado, más aún porque no conoce de dónde proviene su sentir. Así como los personajes están irritados unos con otros, por más que no sepan, o no digan, de dónde viene tal molestia. Lo que en el filme permance fuera de campo, la explicación de la hostilidad, es lo que las familias como esta nunca se llegan a plantear. Por el contrario, quien sepa lo que es vivir en una familia semejante, se reconoce con facilidad.

Después de todo, esto es algo que Dolan ha mostrado que sabe hacer, afectar al espectador, muchas veces ayudado por la música que selecciona. ¿Es él un efectista? En ocasiones, pero en No es más que el fin del mundo quiere provocar una experiencia para mostrar la sinrazón de muchas peleas, y cómo una vez sumergidos en una dinámica familiar semejante, la salida es casi imposible. Si lo buscado fuera únicamente la alteración del espectador, Antoine hubiera golpeado a Louis. Por el contrario, lo que reluce al final es la lenta disolución familiar y la degradación de cada uno de los miembros. Al terminar el día, cada uno va por su camino, y el amor solo está fincado en el pasado. Y al marchar cada quien por su lado, lo único que logran es matarse lentamente. Ese cambio de foco que muestra los nudillos lastimados de Antoine dice mucho. El plano es tan triste como bello, mucho más que el del pajaro moribundo, que viene a significar lo mismo. La hostilidad mata lentamente a los miembros de una familia. Así que, el atardecer que tiñe de rojo la casa, tampoco es baladí.

Por último, hay algo más en la cinta. Por momentos, se intenta filmar la situación vital de los miembros de la familia. No se arroja una mirada sobre ellos; más bien, se trata de mostrar su forma de ver y percibir las cosas. No es una cámara que mire desde fuera; intenta ser la conciencia de los personajes. Cada vez que mira a alguien, lo que hace es mostrar qué se siente ser él mismo. Así se explica el uso del fuera de foco, que revela la poca conexión que sienten unos con otros, por más que estén en la misma habitación hablando. Y la cámara por encima de los ojos, que no significa otra cosa sino la altanería que se experimenta cada vez que nos sentimos por encima de alguien o de una situación. Como en la llegada de Louis, quien se coloca por encima de todos porque cree saber el motivo de su visita. Dicho sea de paso, esta cámara-consciencia agudiza la irritación de los espectadores.

no-es-mas-que-el-fin-del-mundo-posterTítulo original: Juste la fin du monde.
Título: No es más que el fin del mundo.
Director: Xavier Dolan.
Guion: Xavier Dolan, basado en la novela homónima de Jean-Luc Lagarce.
Producción: Sylvain Corbeil, Xavier Dolan, Nancy Grant, Elisha Karmitz, Nathanaël Karmitz, Michel Merkt.
Fotografía: André Turpin.
Edición: Xavier Dolan.
Música: Gabriel Yared.
País: Canadá, Francia.
Año: 2016.
Elenco: Gaspard Ulliel (Louis), Vincent Cassel (Antoine), Léa Seydoux (Suzanne), Nathalie Baye (Madre), Marion Cotillard (Catherine).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s