Parábola del retorno: el regreso de los desaparecidos.

Los primeros minutos de Parábola del retorno son fundamentales. En ellos están contenidas las coordenadas estéticas que sostienen al filme. La imagen de una flor aparece ante nosotros, y a través de letreros en la pantalla se nos informa que ella está siendo filmada por alguien que, por vez primera, tiene una cámara en sus manos. Aquí encontramos, pues, la sinceridad de todo aquel que no se ha planteado desde dónde hablar. Como aquel que, cuando por primera ocasión tiene un micrófono en sus manos, se suelta a decir todo lo que se le ocurre. A la pregunta por quién filma, la respuesta es «cualquiera». Y esto, más adelante, cobrará un sentido no solo cinematográfico, sino, más importante, vital. Después, otra de las frases en la pantalla nos indica la sorpresa que provocan las imágenes. A través de ellas, todo se ve diferente. Y, efectivamente, se revela que la flor, que parecía estar al fondo del mar, en realidad es un dibujo pintado en una pared. En este punto, hace su aparición el gran problema de la diferencia entre el documental y la ficción. Por más que la imagen de la flor no esté incrustada en una historia, se introduce cierto rasgo ficcional por el simple hecho de filmarla, pues no aparece como lo que realmente es, a saber, un dibujo.

Mencionadas estas dos características, el filme de Juan Soto tiene como protagonista a Wilson Mario, el chófer de Bernardo Jaramillo Ossa, y uno de los muchos miembros de la UP desparecidos ─y/o asesinados ─ por paramilitares, narcotraficantes y la misma fuerza represora del Estado. Parábola del retorno muestra un posible regreso a casa del hombre desaparecido, quien se habría exiliado en Londres, y decide regresar a Colombia después del acuerdo de paz firmado entre las FARC y el gobierno. Wilson habría conseguido una cámara y documenta su viaje desde el metro de Londres, pasando por el avión, hasta llegar a su país natal. Entretranto, a través de textos en la pantalla, hace un recuento de su vida pasada, antes de exiliarse.

La desaparición, o el secuestro, es tal vez la pérdida más dolorosa de todas. A los amigos y familiares los deja en esa situación insufrible que es la indeterminación. Con la muerte, al menos, queda la seguridad de quien conoció el final de una vida. Y uno vivirá por siempre atormentado si fue muy doloroso aquel, o no pudo hacer algo antes de que sucediera; o tendrá la consolación porque el muerto reconoció que, después de todo, ha valido la pena vivir. Pero, con la desaparición, ¿que queda? Nada más que incertidumbre. El desaparecido podría estar muerto; o podría seguir con vida, y muchas veces esa es la opción que menos se quiere, porque significa que estaría en una situación terrible. Y uno se descubre a sí mismo deseándole la muerte… ¡A tan triste situación es capaz de llevarnos la incertidumbre!

Pero cuando los desaparecidos son muchos, y se deben a una situación política, al cineasta se le presenta la cuestión de cómo hablar de ellos. Porque no hay duda de que, cada uno, tiene una historia propia; sin embargo, si se prima una vida, todas las demás, aunque no sea eso lo que se busque, quedan inevitablemente en fuera de campo, dejadas un poco en el olvido. Ante este problema, Parábola del retorno toma la vida de Wilson Mario, cuenta sus detalles y sus anécdotas, aquellas cosas que la distinguen de las demás. Pero nunca le da una voz. Esa característica que, en el cine, permite vincular una serie de diálogos, una «historia personal», a alguien en específico. Lo que se llama voz in, o también voz vinculada. Al usar textos, se deja en manos del espectador el reconocer a alguien ahí; cada quien se imagina a un «Wilson Mario». Y en este punto, tan solo por las coincidencias que puedan darse (la situación embarazosa, el recuerdo infantil), cualquier desaparecido puede ser reconocido. Este es un filme, pues, hecho para recordar a todos.

Y como, también, el que filma puede ser «cualquiera», lo que la cinta pone en escena es, de cierto modo, el regreso de todos los desaparecidos. Parábola del retorno, de este manera, le ofrece un poco de tranquilidad a todas las familias que perdieron a alguien: tal vez, aquel a quien se cree muerto, sigue con vida. Y aleja de la mente todos los terribles escenarios posibles, para decir que, antes bien, la gente logró escapar y tener una buena vida, aunque se hayan alejado de su país y de su familia. Y, quizá, cuando el conflicto termine, puedan regresar.

Pero el film tampoco cierra los ojos, y reconoce que, en varios casos, este regreso quizá no pueda darse en verdad. A estas alturas, la duda cobra importancia: ¿Parábola del retorno es un documental o una ficción? Varios teóricos afirman que la diferencia entre uno y otro radica en la actitud con la que uno vea la película, y Juan Soto nos da la posibilidad de elegir. En parte, puede considerarse un documental, porque no hay nada que haga imposible lo que plantea. El que filma está siempre en fuera de campo, y quizá en verdad es Wilson Mario, solo que por seguridad aparenta ser otro. O quizá no es Mario, pero sí otro desaparecido, porque, al final, el que está detrás de la cámara puede ser cualquiera. Pero también, puede que todo esto sea una ficción. La aclaración final, que nos indica la fecha en que desapareció Wilson Mario, solo nos permite reconocer que el regreso que hemos visto ha sido algo imaginado, y que nunca pasará. La decisión radica en el espectador: ¿un documental luminoso y esperanzador; o bien, una ficción en memoria de los desaparecidos, aunque un poco desoladora?

parabola-del-retornoTítulo: Parábola del retorno.
Director: Juan Soto.
Guion: Juan Soto.
Producción: Andra Tabares Duque, Juan Soto.
Cámara: Juan Soto.
Edición: Juan Soto, Chiara Marañón.
Sonido: Isabel Torres.
País: Colombia.
Año: 2016.

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Se puede ver Parábola del retorno de manera gratuita en la página del Festival Márgenes, hasta el 31 de diciembre de 2016.

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