Arreta: el cuerpo y otros espacios.

Arreta es un documental sobre el cuerpo, y de eso no cabe duda. Su protagonista es Ainhoa, una sobreviviente del cáncer de mama a quien le tuvieron que extirpar los senos. Lo que se propone, y sobre ello parece tratar el film, es resignificar su cuerpo a través de un tatuaje. De este modo, las cicatrices en su pecho no serán solo el rastro que dejó la enfermedad y el tratamiento, sino que cobrarán un sentido nuevo a través del diseño del tatuaje. Sin embargo, no hace falta detenerse en este, aunque su explicación se llegue a mencionar, porque Arreta, muy rápidamente, abandona la intención de contar una historia. El documental no busca mostrar la vida de una sobreviviente de la enfermedad.

No es que esto último sea un problema, pero con un enfoque personal, casi siempre, pasan desapercibidas las problemáticas generales, aquellas que requieren cierto grado de abstracción. El llanto de una persona siempre puede ocultar el escenario que lo propicia. Es así que en Arreta existe una abstracción: habla del cuerpo, pero no completamente del de Ainhoa. Este es, si acaso, una de las manifestaciones del espacio que uno es. No hay que ir demasiado lejos para comprender el asunto: el cuerpo es espacio, y en tanto que somos un cuerpo, este es nuestro espacio propio. Por más que algunos crean que una habitación de su hogar es su «espacio privado», el único espacio que realmente nos pertenece es aquel cuyos límites están marcados por nuestra piel. Ahora bien, este espacio que somos, como ya lo sabía Virginia Woolf, se arruga, se vuelve seboso, sudoroso y, por supuesto, se enferma. Por lo regular, los estragos que recibe el cuerpo son pasajeros, y al final del día seremos (casi) los mismos. En ocasiones, sin embargo, la enfermedad lo modifica: se pierden extremidades, se decolora la piel, quedan marcas… Y uno siente, al ver esos cambios, que ya no es el mismo. Dejamos de reconocer el cuerpo como nuestro, y a esta pérdida de identidad lo que le sigue es un cambio de personalidad. Por eso la gente suele cambiar cuando, por ejemplo, pierde las piernas.

En estas primeras consideraciones se ubica Arreta, en lo que se refiere al tatuaje de Ainhoa. Por el simple hecho de sobreescribirlo en la parte del cuerpo que resulta irreconocible, y por su simbolismo completamente meditado, se recupera su propiedad. Y Ainhoa puede dejar de sentir la incomodidad que a veces le despierta su pecho.

Pero el cuerpo es un espacio, decíamos, y en tanto tal, entra en contacto con todos los otros espacios. En este punto, Arreta avanza más en la reflexión y habla sobre las relaciones que pesan sobre el cuerpo enfermo. En una conferencia, Ainhoa platica su experiencia en el espacio médico: el cuerpo se despersonifica para convertirse en una masa capaz de moldearse, aplastarse, tocarse y cortarse. No hay más; y lo peor, dice Ainhoa, es que uno debe estar agradecido porque nos están salvando la vida. Cualquiera podrá decir que no hay otra opción, que la medicina requiere de esta frialdad para conseguir sus objetivos. Pero el filme apunta que lo que existe es una política de los espacios, y toda política se puede cambiar. De aquí los planos del interior del hospital, con construcciones rectas y casi simétricas. Este es diseñado sin curvas, quitando toda posibilidad de movimiento libre y lúdico. El simple hecho de entrar al hospital le exige al paciente sacarse de la mente la idea de hacer algo más allá de lo permitido. Lo único que puede hacer es acatar esta rectitud, y someterse a lo que sea, aunque sea reducido a masa para modelar. Y el personal médico no está exento: la misma arquitectura del lugar le dice que debe actuar seria y fríamente.

En contraste con el espacio médico, está el espacio personal. Arreta muestra en varias ocasiones la habitación en la que platican las realizadoras del documental, mientras su voz permanece en off. El espacio es «desordenado», con más curvas, con adornos. No importa que no veamos el cuerpo de las que hablan, a través de su habitación podemos reconocerlas, porque este espacio es lo más cercano a una extensión de su cuerpo.

Por último, hay una cuestión interesante sobre el cine: ¿un muerto puede filmar? Una de las realizadoras murió durante el desarrollo del documental, y, en la última secuencia, una voz en off nos informa que ella está filmando los últimos minutos, pese a haber fallecido. Es usual que las personas miren videos grabados por alguien que ya murió, pues de este modo recuperan su presencia. A través del espacio filmado se deduce el espacio de aquel que estaba detrás de la cámara. Y si el cine es una forma de aproximarse a los espacios, tal vez, si se recrea la manera en la que alguien lo hacía, de este modo, se recupera su presencia, sin importar que realmente no haya filmado nada. El cine, de este modo, es una forma de traer a la vida a los muertos.

arreta-cartelTítulo: Arreta.
Directoras: Raquel Marques, María Zafra.
Guion: Ainhoa Irueta, Mireia Gascón, Tayri Rodríguez.
Fotografía: Raquel Marques.
Edición: María Zafra, Raquel Marques.
Sonido: María Zafra, Alejandra Molina.
País: España.
Año: 2016.

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Se puede ver Arreta de manera gratuita en la página del Festival Márgenes, hasta el 31 de diciembre de 2016.

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