Los animales en la Gran Guerra: enviados a morir.

Dando vueltas desde lejanas tierras,
nos llevan a la guerra nuestros guías.
Mientras tanto, los hombres que nos
llevan polvorientos y sin hablar caminan,
pues no saben por qué, nosotros y ellos,
sufrimos esta marcha cada día.

Rudyard Kipling. Los servidores de su Majestad.

Los humanos tienen preeminencia cada vez que se habla y se piensa sobre la guerra. Desde los estudios históricos, las crónicas y hasta los filmes, el hombre es el gran tema. Pero lo que permanece fuera de campo, por decirlo cinematográficamente, es el resto los animales. No abundan las obras que traten sobre el papel que desempeñan en los conflictos bélicos, ni los estragos que pesan sobre ellos, lo cual parece ser más cierto cuando se habla de las dos guerras mundiales. Porque el nombre de Auschwitz basta para evocar las imágenes que todos conocemos, el terror y la muerte de hombres. Pero, ¿quién sabe cuántos animales cayeron? Es más, nadie es capaz de recordar una imagen de animales muertos.

Se puede reconocer que resulta extraño la poca atención que recibe este asunto, en especial si se considera que los animales se ven directamente afectados por la guerra. No solo porque algunas especies se usen como una suerte de arma, sino porque aquella tiene lugar en un espacio que, también, habitan ellos. Ahí donde se da la lucha, animales mueren; y cuando el conflicto cesa, la paz vuelve para ellos: Los Alpes fueron campo de batalla durante la Primera Guerra, y ahora, ahí, viven en calma numerosas especies. La zona desmilitarizada de Corea es otro ejemplo.

Los animales en la Gran Guerra es una cinta que viene a subsanar este olvido, en particular, respecto a la Primera Guerra Mundial, una donde, todavía, los animales jugaron un papel importante como miembros activos en la lucha. Una primera lectura, nos permite ver el filme de Folco Quilici como un compendio de lo que enuncia su título, pues una voz over, acompañada de imágenes de archivo y recreaciones, pasa lista al papel que tuvieron varias especies: caballos, perros, mulas, palomas y bueyes. Aunados a aquellos que no fueron utilizados como miembros activos, pero cuya presencia tuvo consecuencias para los soldados: ratas y piojos. Lo que sale a la luz es que todos ellos también fueron protagonistas.

Sobre el primer grupo, hay una predilección por los tres primeros. Armas y compañeros son dos condiciones que comparten. La unión entre un caballo y su jinete es muy conocida; y cuando se es parte de la caballería, todavía más, porque forman una simbiosis en el campo de batalla. De lo contrario, si cada uno va por su lado, la muerte es lo que se aseguran. En este punto reluce la otra condición del caballo: es un compañero inseparable. El jinete no puede descuidarlo, lo trata con aprecio, porque en el mundo hostil de la guerra es el único en el que puede confiar. Durante el conflicto —señala la cinta— se movilizaron millones de estos animales, y no hubo ni una nación que no se esforzara en encontrar y domesticar (de modo no muy amable, pues el tiempo apremiaba) a los mejores ejemplares salvajes. La mula es otro animal invaluable: cargador de provisiones y armas, con una de las pisadas más seguras. «Dicen que el día que un mulo tropiece ─escribió Rudyard Kipling─, se le podrá partir la oreja a una gallina». Antes de la llegada de los coches todo terreno, y de los grandes tanques capaces de pasar sobre todo, la mula era el compañero inigualable en cualquier viaje largo. Solo con un animal capaz de realizar las tareas más penosas, los hombres quedan con fuerza para guerrear. Así también, de estos animales se movilizaron millones de ejemplares. El perro mantuvo su condición de «mejor amigo del hombre»: fue la válvula de escape de los sentimientos para unos hombres solitarios y alejados de casa, que veían la muerte cada día; de igual modo, fue el cazador de uno de los peores enemigos, las ratas. Pero también, los perros fueron un arma como detectores de explosivos y de gases; o bien, como los encargados de buscar sobrevivientes. De estos animales, alrededor de cien mil fueron utilizados durante la guerra.

Desde esta lectura, las conclusiones son más o menos claras. La importancia que tuvieron los animales es innegable, porque incluso la presencia de piojos era capaz de provocar un cese al fuego para que los soldados hirvieran su ropa. Uno de los ejemplos más reveladores de esta importancia es que la falta de alimento, después de que los soldados se comieron a caballos, bueyes y demás, fue uno de los factores que influyó en la derrota de algunas tropas. Y, sin embargo, lo único que han merecido los animales es el olvido. No solo sus cadáveres quedaron en el suelo y algunos fueron abandonados a su suerte, sino que pocas veces se habla de ellos, y los únicos que vienen a la mente son los héroes conmemorados. La paloma Cher Ami o el perro Stubby, por ejemplo. O lo único que se conoce de ellos es un «monumento» mundialmente famoso que, no obstante, ya poco tiene que ver con su memoria: el caballo de Ferrari, originalmente de Francesco Baracca. De los más de once millones de animales que participaron en la Primera Guerra Mundial, nadie sabe cuántos murieron, pero se calcula que fue más del 50%.

Una segunda lectura de Los animales en la Gran Guerra, sin embargo, es posible. Y desde este punto de vista, hay un cuestionamiento profundo. En el filme hay una esporádica, pero acentuada, mención de la incompetencia de ciertos líderes de tropa. Su existencia en una cinta que, en apariencia, solo se dedica a hablar de los animales, cuando menos resulta sospechosa. Pero consideremos esto: los hombres que cayeron muertos por seguir a un líder incompetente, terminaron así por seguir órdenes. Ahora: los animales también murieron por seguir órdenes. En este punto, se revela que en nada se diferencian unos de otros. Hombres y animales quedaron reducidos a simples peones. Y hablar de la suerte que tuvieron los animales en la guerra no es sino una forma de mostrar lo que, en el fondo, sucedió con todos lo que se alistaron: fueron mandados a morir, porque algunos ineptos lo mandaron. Kipling tiene un cuento que apunta esto, y se puede leer junto al filme: los primeros son caracterizados como «domesticados», y un hombre puede entender el lenguaje de los animales (que hablan de la manera en que luchan, o sea, de la manera en que son mandados a morir), porque, al igual que ellos, es un peón que sabe seguir órdenes.

los-animales-en-la-gran-guerraTítulo original: Animali nella Grande Guerra.
Director: Folco Quilici.
Guion: Marino Maranzana, Mario Rossini.
Producción: Cinecittà Luce, Friuli Venezia Giulia Film Commission, Ministero per i Beni e le Attività Culturali (MiBAC)
Fotografía: Leandro Sabin Paz Saez.
Música: Francesco Cerasi.
País: Italia.
Año: 2015.

______

Rudyard Kipling. «Los servidores de su Majestad» en El libro de la Selva. Traducción  y notas: Gabriela Bustelo. 1ª edición, Barcelona: Editorial Sexto Piso. 2013. Colección: Ilustrado Sexto Piso.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s