Los niños de la Cruz: manipulación que busca cambiar las cosas.

Los niños de la Cruz (2016) es un documental con buenas intenciones, como se puede entrever por las declaraciones que ha dado el director, Jaime Villa: los documentales sobre personas en situaciones de vulnerabilidad, «además de mostrar la realidad que viven quienes conforman estos núcleos sociales, deben servir para levantar la voz, hacer conciencia y llegar a quienes tienen que llegar para trabajar por la mejora de su situación». El filme está emplazado en el Internado Coronel J. Cruz Gálvez, ubicado en Sonora, en donde viven niños de diferentes edades y pocos recursos, cuyos padres, por alguna razón, no pueden cuidar de ellos durante la semana. En ese lugar asisten a la escuela, comen, duermen, e intentan sobrevivir a la hostilidad que, al parecer de manera muy continúa, se da entre ellos.

El documental inicia de manera sobria, con planos que muestran los diferentes lugares del Internado. Sin la presencia de nadie, puede llegar a pensarse que el lugar es bueno, en el que todas las necesidades están satisfechas de manera aceptable. Esto cambia con la llegada de los niños. Hay dos tipos de registros que, sin embargo, intentan mostrar esto. Por un lado, el del director, con cámara fija la mayoría de las veces. Y en varias ocasiones parece filmar a hurtadillas, siempre guardando distancia de lo que sucede. A lo largo del documental, va tornándose muy claro la poca presencia de los adultos, quienes además, cuando sabemos que están ahí por su voz, permanecen casi siempre en fuera de campo. No están cuando los niños juegan con un panal, tampoco en los pasillos donde surgen peleas, y hasta en el salón de clases parece que no existen porque muy pocos alumnos les prestan atención. En varios momentos, surge la impresión de que el Internado es más bien un lugar de reclusión, donde cada uno debe sobrevivir por sus propios medios, que una escuela donde están al cuidado de personas que se preocupen por su desarrollo. De hecho, hay un plano, cuando les sirven la comida, que podemos encontrar en cualquier filme sobre presos. Aquel donde se toman las bandejas, la fila de personas, y solo aparecen los cucharones sirviendo mecánicamente, porque dar de comer, que casi siempre es un gesto de cariño, pierde este afecto al eliminar los rostros de quien sirve los alimentos.

Filmar casi a hurtadillas, y siempre a la distancia, le sirve al director para remarcar que esta es una obra de denuncia. Está mostrando algo que, como toda situación peligrosa, debe mirarse con cautela. ¿Es este el mejor modo de abordar el asunto? Sí, para lo que quiere el director, y según lo quiere: crear consciencia y cambiar una situación. Para esto, escogió la manipulación. La filmación de Villa da pie a pensar que los niños no están en buenas manos; es más, no están en las manos de nadie, porque los maestros o alguna otra autoridad pasan desapercibidos. Incluso los padres quedan mal parados: ¿es coincidencia que todos salgan diciendo que ya piensan irse, como si solo fueran a decir «hola» y «adiós» a unos niños que preferirían no tener? No hay ni un intento por parte del director de investigar un poco más el por qué los niños tienen que vivir ahí; prefiere mostrarlos, simplemente, como malos padres. En dado momento, uno de ellos es puesto en escena comprando seguridad para su pequeño a cambio de papas fritas. ¡Faltaba más! Quizá algunos padres intuyeron que este no es el mejor modo de mostrarlos, y por ello lucen incómodos ante la cámara. El recalco de todo esto llega con la aparición de la música extradiégetica, siempre melancólica, con la intención de que uno se entristezca con lo que está viendo. Por no mencionar el uso del gran angular, que si no es gratuito (como parece), es entonces para dejar en claro lo mal que están las cosas.

El otro registro se debe a los mismos niños, a quienes les dieron algunas cámaras. El material elegido para formar parte del montaje final es el que va en la misma tónica: a ellos debemos escenas de peleas, la del padre que compra seguridad a cambio de chucherías, o la del salón de clases donde casi nadie presta atención. Pero entre estas imágenes tomadas por ellos, destacan otras, donde hay una mirada totalmente contraria a la del documental en general, cuando disfrutan la vida en aquel lugar. Por ejemplo, el niño que graba en la cocina, y exclama lo deliciosa que será su cena (chilaquiles). Un momento de completa sinceridad que, si se mira bien, cuestiona profundamente la miseria que busca mostrar Villa. O bien, cuando hacen caras frente al espejo, o juegan con las sillas en el comedor. Las buenas intenciones de Los niños de la Cruz son innegables, pero el modo en que busca cambiar las cosas es muy cuestionable. Una mirada equilibrada se extraña en la cinta. Porque, es claro, los niños no están en las mejores condiciones, sin embargo, tampoco es tan malo como se quiere hacer ver, y de ello son muestra algunas escenas tomadas por ellos. Esa no es la vida que deberían llevar esos niños, pero tampoco son unos presos, por más que Villa así lo muestre.

los-ninos-de-la-cruzTítulo original: Los niños de la Cruz.
Director: Jaime Villa.
Guion: Jaime Villa.
Producción: Jaime Villa, Karen Silva.
Fotografía: Jorge Y. Leyva.
Edición: Jaime Villa, David Torres.
Música: Hugo Solís
País: México.
Año: 2016.

 

 

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Los niños de la Cruz forma parte del 14° Festival Internacional de Cine de Morelia y puede verse de manera gratuita a través de Festival Scope hasta el 5 de noviembre de 2016.

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