Historia del miedo (al otro).

En la primera mitad de Historia del miedo (2014), Benjamín Naishtat se propone retratar diferentes tipos de miedo, de muy buena manera, en ocasiones, por el uso de la luz, o bien por las actuaciones, o por el sonido, o por el manejo del suspenso. Respectivamente: la mujer atrapada en un elevador; la escena en la que un joven, en la fila de un local, empieza a actuar extraño (quien parece, más bien, bailar) y todos a su alrededor se asuntan sin saber muy bien por qué; y el sonido de una alarma que anuncia un mal que nunca sucede. Sin mencionar el miedo al padre enojado, el ataque a la patrulla con bolas de lodo, y el momento en el que una empleada doméstica no deja entrar a alguien a la casa por temor a que no sea el vendedor que dice ser. El director ha dicho sobre su película que está «sostenida acaso por una atmósfera» y, en estos primeros minutos, Naishtat hace gala de su capacidad para mantener una atmósfera de suspenso, incluso de miedo, y lo extraordinario es que lo hace sin revelar algo qué temer, como se suele hacer. El espectador puede suponer varias cosas, eso sí, y esto precisamente aumenta el suspenso, porque no se sabe, de entre todas las opciones imaginables, qué podría suceder. Lo mejor es que, casi siempre, no pasa nada.

Ahora bien, es preciso reconocer que Naishtat ha revelado el fundamento de su cinta. En vista de que los personajes no son muy desarrollados, y varios (sino todos) de sus actos no están argumentados, lo que parece mantener la unidad de la cinta es la constante atmósfera de suspenso y tensión. Al menos, dentro de lo que cabe, pues aquellas escenas donde uno de los personajes, Camilo, entrevista a los demás y pone a otro a hacer diferentes caras, no parecen tener ninguna razón de ser, salvo para acentuar la extrañeza de aquel personaje. Suspenso y tensión: los personajes siempre están a la espera de algo, temerosos de que suceda eso que, muchas veces, nunca llegan a saber muy bien qué es. Otras sí que lo saben, y se trata de lo que pueden llegar a hacer los otros.

El miedo al otro. Dentro de esta idea general, la opera prima de Naishtat enfoca su atención en un conflicto de clase. Al inicio pone sobre la mesa la cuestión que aborda, así como las coordenadas geográficas y políticas en las que se sitúa. El plano aéreo con el que se abre la película nos deja ver un barrio donde, obviamente, vive gente con dinero. Los campos de deporte, y que todas las casas tengan una piscina, los delata. A continuación, descubrimos que un muro divide esta zona de un barrio pobre. Y el plano termina con un basurero incendiándose, lo que refleja un conflicto, pues ahí donde se establece el contacto entre ambas clases (la basura va a parar al mismo lugar, sin importar de quién sea), lo que hay son problemas. En este conurbado tendrán lugar las acciones, y en este sentido el plano sirve para emplazarnos. Pero, a la vez, este lugar se plantea como un símbolo de la sociedad, en la que también se observa el choque entre la clase con mayor poder adquisitivo y aquellos con menor poder económico. En este marco, el nombre del filme pone ante nosotros la relación tensa que hay en la sociedad, donde el miedo al otro es lo que prima.

Que los ricos tienen miedo de los pobres es algo se sabe desde antiguo, así que no hay nada de qué sorprenderse; y que los pobres temen el poder que acompaña a la riqueza es también algo consabido. Sobre este tema, el filme de Naishtat trata de analizar a unos y otros. En primer lugar, hay un intento de poner en evidencia: los ricos siempre están muy nerviosos, hasta alcanzar la ridiculez. Una reja rota enciende las alarmas, tanto, como si lo que hubieran escuchado fuera un disparo. Pero los momentos más interesantes suceden cuando una de las familias se encuentra, en la caseta de peaje, con un hombre desnudo, quien parece ser un vagabundo antes que un exhibicionista. Alguien que no tiene forma de agredir a quien está dentro de un auto, sin embargo, hace que la mujer y su hijo pierdan la razón. El miedo aquí no proviene de una situación real de peligro; es simplemente la presencia de alguien indeseable.

El otro momento es el final de la cinta: un apagón sucede y los niños están en algún lugar del suburbio rico. Los padres se preocupan, se enteran de que los guardias abandonaron su posición y salen a buscar a los niños casi con la seguridad de que marchan hacia un paraje hostil donde podrían morir, cuando en realidad es el parque del lugar en el que viven. No sé qué cosas tendrán en su mente (¿los pobres se rebelaron, cortaron la luz y los matarán en la oscuridad?), pero el miedo en ellos aumenta con el pasar de los minutos, y las cosas más ridículas los asustan (a Camilo se le hace extraño que haya lodo). De paso, cabe decir que Naishtat desarrolla muy bien la atmósfera de suspenso y miedo. Al final se encienden las luces del parque, que se ve bastante lindo, y todos los temores de los ricos se revelan como ridículos  Los niños, por cierto, regresan solos a casa y beben algo del refrigerador.

No hay duda de que los ricos queda muy mal parados. Temen a los que no son como ellos sin razón. Y cuando Naishtat enfoca cómo se llevan entre iguales, resulta todavía peor. El ambiente es tenso, y siempre están a la defensiva. ¿Ni entre ricos se llevan bien? Tal parece que no. El juego que propone Camilo sugiere un punto de vista interesante: el origen de lo ríspido en sus relaciones se encuentra en su afán de más. Camilo propone que todos digan lo que quieren ser y lo que les gustaría tener; y sí, a pesar de tener lo suficiente para vivir bien, aún quieren más. Camilo les dice que, al ir jugando, se darán cuenta de quién gana, y uno de ellos afirma que se gana no queriendo ser algo diferente y no deseando más de lo que se tiene. Y aunque está en lo cierto, el problema es que lo dice, no porque lo crea, sino porque quiere ganar el juego. El afán de más se escabulle en su «mesura». Por lo demás, no son desconocidas las disputas que surgen cuando hay dinero de por medio, y nadie que tenga algo de este puede vivir con la seguridad de que los otros no quieren nada de él. Naishtat parece apuntar otras cosas (es claro que todos se sienten incómodos con Camilo), pero en este punto el filme deja qué desear, porque el comportamiento de los personajes es tan frío y calculado ─con miras a acentuar la tensión─ que no se puede leer muy bien qué es lo que motiva su desconfianza.

El gran problema de la cinta, no obstante, radica en su tratamiento de la gente con menos dinero. Como bien señaló Hernán Gómez en su crítica, en este punto Historia del miedo arriba a «terreno peligroso». Y es que, en efecto, los pobres son violentos sin razón. El joven protagonista se molesta sin motivo alguno, tanto con su novia como con su madre. Y todos están a la espera de sus exabruptos, lo conocen: el policía, en la escena en la que lo agacha para que no lo vean, lo primero que le pregunta es si se enojo.

Este es un problema. Desde un punto de vista ético, la cinta no se aleja de la opinión generalizada que caracteriza a ciertas personas como violentas o ineptas en razón del dinero que llevan en sus bolsillos. Y esto debe ser preocupante, porque al no argumentar ni un solo desplante y ni una agresión entre Tita y su novio, lo que se dice es que esta clase de gente no tiene salvación; y como tampoco se puede dialogar con ellos (los problemas de comunicación de los pobres están muy marcados), lo mejor que se puede hacer es alejarse, con un muro, si es necesario, al igual que los ricos de la cinta.

Y si nos atenemos a la organización de la película, también hay un problema, porque resulta contradictoria. Por un lado, el miedo de los ricos quedaba expuesto como ridículo, pero, por otro lado, al ver que los pobres son violentos sin motivo alguno, se le termina dando la razón a aquellos. En la solución de esta contradicción se juega todo, la sinrazón del miedo al otro o su justificación, pero por alguna razón el filme no decide tomar una postura. Puede ser premeditado, para que nosotros sopesemos la cuestión; o bien, Naishtat nunca aterrizó lo que buscaba hacer.

historia-del-miedo-posterTítulo original: Historia del miedo.
Director: Benjamín Naishtat.
Guion: Benjamín Naishtat.
Producción: Benjamín Doménech, Santiago Gallelli, Matias Roveda.
Fotografía: Soledad Rodríguez.
Edición: Fernando Epstein, Andrés Quaranta.
Música: Pedro Irusta.
País: Argentina.
Año: 2014.
Elenco: Jonathan Da Rosa (Pola), Tatiana Giménez (Tati), Mirella Pascual (Teresa), Claudia Cantero (Edith), Francisco Lumerman (Camilo), César Bordón (Carlos), Valeria Lois (Beatriz).

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