El me nombró Malala: la soberbia que deriva del saber.

Ya es muy conocida la frase de Malala, que pronunció en la ONU: «Un niño, un maestro, un libro y un bolígrafo pueden cambiar el mundo». Como todo eslogan que busca condensar el mensaje de una causa, la frase es tan clara como simple, tan importante como superficial, inspiradora y susceptible de tener tanta repercusión como es sencilla de memorizar. Y al final, es casi inmune a la crítica porque expresa algo sobre lo que no parecen haber buenas razones para dudar. Es fácil concordar con la causa de Malala: la defensa de la educación infantil. Y aunado a ello, no pueden dejar de mencionarse las situaciones que ha tenido que vivir al defenderla. El atentado que sufrió, al recibir el disparo de un talibán, algunas dificultades físicas derivadas de este, y el exilio en Inglaterra porque si regresa a Afganistán los talibanes están dispuestos a matarla. Es así que basta pronunciar el nombre de Malala para despertar la admiración en la gente, y que su persona se considera ya, de manera generalizada, como la vocera de una causa justa y libre de toda sospecha queda de manifiesto al haber recibido en 2014 el premio Nobel de La Paz, y haberse convertido así en la persona más joven en conseguirlo, o al ser catalogada como una de las personas más influyentes sobre la Tierra.

En esta situación, el problema de Davis Guggenheim, en El me nombró Malala (2015), es el que se enfrenta cada vez que se aborda a alguien que tiene la estima ganada: no caer en el elogio gratuito. Y el director no sale airoso. Su filme no ofrece ni un análisis de la situación de Malala, como de todas las demás mujeres en su Mingora natal, o una muestra de cómo se lleva cabo la educación de los niños, o del origen de los grupos talibanes, etcétera. Es cierto que su padre y ella hablan sobre cómo era la vida en su lugar de origen, y cómo es que los grupos talibanes, encabezados por Fazlullaah, comenzaron a adquirir poder hasta que llegaron a ser capaces de imponer su voluntad, a fuerza de asesinatos, incluso. Pero nunca es conveniente hacer recaer todo el peso explicativo en aquellos que se están elogiando. Se extrañan voces de fuera, historiadores u otros especialistas, que llegarían a dotar de mayor peso al enfoque testimonial de Malala y de su padre, y que evitaría, de paso, el nacimiento de dudas por parte de todos los que, por ser excesivamente reconocidos, desconfían de ellos.

El me nombró Malala es más el trabajo de un seguidor que de alguien interesado en comprender, un poco más a fondo, un tema. Lo que hace Guggenheim es solo seguir a Malala y a su padre a conferencias, a su casa, a presentaciones en programas de televisión, a encuentros con la prensa, a viajes a algunos países, y junto a ellos rememorar cómo es que llegaron a ser lo que ahora son. El director cae en esa práctica tan corriente de mostrar la vida privada de una figura pública, para revelar que, al final de todo, Malala es una adolescente como cualquiera. Con esta táctica se logran dos cosas al mismo tiempo: por un lado, se crea más aprecio por el protagonista, porque se descubre que es uno de nosotros; y, por otro, su figura se eleva más porque, a pesar de ser como nosotros, sin embargo no lo es completamente. Mostrar la simpleza de alguien siempre eleva los rasgos que lo distinguen. De vez en cuando, en el documental aparecen líneas que hubiera sido importante desarrollar, como cuando se cuestiona a Malala por el hecho de que nunca habla sobre su dolor, pero son más ocurrencias que algo meditado, y lo denota la brusquedad y hasta torpeza de Guggenheim en el preguntar.

La mejor muestra de que el documental es solo un elogio gratuito es la importancia que se le otorga al nombre de Malala. Este está inspirado en Malalai de Maiwand, una heroína afgana que, en la Batalla de Maiwand, al ver que sus compatriotas perdían el ánimo en su lucha contra las fuerza inglesas, tomó una bandera y corrió a animarlos. Gracias a sus palabras, sus compatriotas salieron con la victoria, pero ella murió en el campo de batalla. El documental, precisamente, inicia con esta historia, contada por la misma Malala, haciendo evidente la relación que se busca establecer entre la vieja heroína y la contemporánea. No hay mejor modo para elogiar a alguien que equiparándolo con los viejos héroes, y esto se sabe desde la Antigüedad. A lo largo de la cinta, esta comparación es un tema recurrente. Aunque se debe reconocer que esta no es una idea Guggenheim, pues la misma Malala y su padre son los que la promueven. Pero lo que sí es responsabilidad del director es cuestionarla, y no lo hace; al contrario, la afianza. No es baladí que el relato de Malalai tenga la misma animación que la vida de Malala en Mingola: las vidas de ambas son semejantes hasta en su forma. Y de paso, sus vidas se mitifican. Quizá el otro momento importante, por querer provocar toda la simpatía con la heroína, es la recreación del atentando. El ralentí, la música, las imágenes de sangre, el arma que se prepara lentamente; todo esto es propio de una película de acción donde el héroe está a punto de ser atacado. Y de cuyo ataque, por su puesto, se recuperará.

No obstante, a pesar de esta continua intención laudatoria, la cinta arroja algunas luces sobre Malala y, más importante, sobre su causa. Ella y su padre dejan muy en claro que recibir educación es poder. Dice él que esta te da el poder de cuestionar y de desafiar las cosas, y en este sentido te convierte en alguien libre porque no estarás sometido a lo que alguien dice. Su padre llega a contar que a sus viejos alumnos en Mingola buscaba inculcarles cierta rebeldía, y Malala llega a decir que su madre no es independiente ni libre porque no recibió educación alguna, y como ejemplo utiliza el que ella le pide que cubra su rostro y que no vea a los hombres a los ojos. Se puede aceptar que la educación, en efecto, es poder, y quizá la misma Malala o su padre sirven de ejemplo. Ellos son algunos de los que se atrevieron a cuestionar a aquel que, incluso de manera literal, repetía un discurso en su comunidad con la intención de dejar fuera todo aquel que no sea el suyo. La educación brinda este poder y nos da cierta libertad. De tal modo que en estos tiempos no hay duda de que la educación es importante. Y para Malala y su padre así es; por eso ella se avergüenza de algunas de sus calificaciones. Solo cuando el saber se tiene en alta estima puede nacer la vergüenza porque no se aprovecha al máximo la oportunidad que se tiene de recibirla. Y pese a que se llegue a pensar que la ignorancia trae consigo una situación de más alegría, sin embargo, siempre se prefiere el saber.

Pero cuando nuestra preferencia por el saber, nuestro reconocimiento de que es importante, y nuestra lucha por que todos tengan acceso a este, es algo generalizado, tanto más se pierde de vista el problema que nace de él: la soberbia y, por ende, el manifiesto o encubierto menosprecio de todo aquel que no posea el saber. En El me nombró Malala no hay momentos más tristes que aquellos en donde se habla de la madre de la premio Nobel, Tor Pekai Yousafzai. Nunca se le llama ignorante, pero su esposo e hija la utilizan como ejemplo prístino de lo que es no tener educación: es quien no tiene libertad y es la excluida. ¿Cuán elevado debe estar alguien para hablar en estos términos de su madre y de su esposa, a quien dicen amar, por más que pueda ser cierto; y no más bien lo mantenga como algo privado, y la ayude a salir de esta condición? Lo que resulta más triste, tal vez, es aquella escena donde toda la familia juega con cartas, menos ella, porque todos hablan en inglés, cuando saben que su madre no lo entiende completamente. En todo el documental, cuando están en casa, en casi todo momento se escucha el inglés, y por tanto la excluida siempre es la madre, que se ve en la necesidad de aprenderlo. Y si los Yousafzai modificaron su comportamiento familiar para el documental, pues en realidad hablan su lengua materna cuando están en casa, tanto más triste, porque con tal de hacer más accesible el documental estuvieron dispuestos a marginar a un miembro de su familia.

Se puede defender el acceso a la educación con buena voluntad, de esto no hay duda. Y el compromiso de Malala con su causa no merece sospecha alguna, más aún si Hadot está en lo cierto al decir que «un valor es absoluto para un hombre cuando está dispuesto a morir por él» (p. 47) Pero se puede ser soberbio sin saberlo, y más aún cuando lo que se defiende es el acceso a la educación. Malala quizá no se considere mejor que todos aquellos niños que va a visitar a varios países, pero la soberbia se asoma en otros lados. Por mencionar un caso, Malala cuestiona a su madre que aun en Inglaterra no mire a los hombres a los ojos, pero ella aún tiene problemas con el amor, mientras su familia no parece tener algún prejuicio a este respecto, y con toda naturalidad podría tener un novio. Cuando se cree saber algo es más sencillo criticar lo que hacen otros que sopesar el modo en uno vive. Quizá la muestra más clara de esa arrogancia es la recurrente comparación entre Malala y Malalai, que padre e hija promueven, y lleva a la gente a pensar que ella estaba predestinada para hacer algo grande. Ella no iba a ser una chica cualquiera del valle de Swat, llega a decir su padre. Pero una cosa es pensar que lo se hace es digno de estima y otra muy distinta compararse con los viejos héroes de una nación. Por que un escritor se llame Dante, y haya sido llamado así en honor a Alighieri, a cualquiera le parecerá ridículo que siquiera intente compararse con este. Así entonces, pese a su intención laudatoria, El me nombró Malala abre la posibilidad de cuestionar, no tanto a ella, ni a su causa en sí, pero sí la importancia, fuera de toda sospecha, que le damos a la educación.

el me llamo malalaTítulo original: He Named Me Malala.
Título: Él me nombró Malala.
Director: Davis Guggenheim.
Producción: Davis Guggenheim, Laurie MacDonald, Walter F. Parkes.
Fotografía: Erich Roland.
Edición: Greg Finton, Brad Fuller, Brian Johnson.
Música: Thomas Newman.
País: Estados Unidos, Emiratos Árabes Unidos.
Año: 2015.
Elenco: Malala Yousafzai, Ziauddin Yousafzai, Tor Pekai Yousafzai, Khushal Yousafzai, Atal Yousafzai.

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Hadot, Pierre. ¿Qué es la filosofía antigua? Traducción: Eliane Cazenave Tapie Isoard. 1ª edición, México: Fondo de Cultura Económica. 1998. Colección: Filosofía.

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