Apuntes 7: lo que pude ver en el 6° My French Film Festival.

El festival.

Este es el segundo año que sigo el festival francés en línea, y la primera ocasión en la que, salvo el par de documentales que por alguna extraña razón no se subtitularon al español, escribo sobre todas las películas y todos los cortometrajes en él. En la quinta edición pude entrever que este es un festival que sigue la misma línea que el medio por el que llega a todos nosotros: así como en Internet se puede encontrar casi todo, el My French Film Festival parece apostar por una programación plural. Aunque en él se pueden ver ejemplos del cine francés actual (o en habla francesa), hecho por directores que están empezando una carrera, parece que el cine de ese país es lo suficientemente pródigo como para dar lugar en un mismo año (o con algunos pocos de diferencia) a un conjunto de obras claramente diverso.

Pienso, por ejemplo, en dos comedías: 20 años de diferencia (David Moreau, 2013) y Cita ciegas (Clovis Cornillac, 2015). Mientras la primera tiene claras influencias norteamericanas, la segunda es un cambio de perspectiva, tal vez no todo lo extraordinario que pudo ser, pero sin duda, creo, hay argumentos para sostener que sigue el camino contrario de aquella y, de paso, de muchas comedías estadounidenses. O se pueden mencionar dos cortometrajes: H busca M (Marina Moshkova, 2015) y Almuerzo dominical (Céline Devaux, 2015). Me parece que no pueden ser más diferentes: el primero invita a abrir nuestra mirada, y es claramente cariñoso con sus personajes; por el contrario, en el segundo todo gira sobre uno mismo. Lo que hay en él es hipocresía, falsedad, desprecio de los otros y de uno mismo; un cortometraje que, básicamente, anhela la desaparición de las vidas que filma. Así las cosas, lo que podemos encontrar en el My French Film Festival es diversidad.

He pensado que esto es, a la vez, el mayor acierto del festival, pero también puede ser su mayor problema. El caso es que esta admirable diversidad puede tener como resultado una programación muy desigual. Y esto pasó con la sexta edición: al ver todos los cortometrajes, por ejemplo, El verano de Sarah (Emma Benestan, 2015) queda muy por abajo de todos los otros en cuanto a importancia. Aunque seguido de cerca por, cuando menos, otras tres, la obra de Benestan me parece que es la más anodina de todas. Su historia no tiene un gran fondo, la forma en que está filmada tampoco es nada sobresaliente, y la protagonista ni siquiera es capaz de inventar buenas mentiras, aunque se toma un tiempo para pensarlas. Creo que es la obra que menos permanecerá en la mente, pese a que tiene sus defensores, por alguna u otra razón. Todo esto puede llevarnos a dudar del nivel que tiene la programación.

Pero aun así, creo que apostar por la diversidad es un acierto. En primer lugar, porque el festival no excluye a nadie: parece que cualquiera, sin importar qué tipo de películas suela ver, encontrará algo en el festival que lo motive. Aunque sé que es muy menospreciado por algunos, hay quien sólo quiere pasar un buen rato, sin importar otra cosa, y creo que no hay ningún problema con ello. Al menos en principio, porque nadie (o muy pocos) comienzan a ver cine teniendo una mirada crítica, o se detienen a pensar un filme por varios días o por varias horas. La mirada se forma, y creo que una mirada de mayores alcances se da viendo todo tipo de películas.

El caso es cómo hacer que alguien vea que un filme es algo más que un pasa-tiempo, y que de él se puede decir algo más que un «me gustó» o «no me gustó», o un listado de lo bien logrado que estuvieron el guion, las actuaciones, etcétera, pero esta discusión se juega en otro lado. Por su parte, lo destacable es que el festival nos invita, entre otras cosas, a calificar los filmes y a dejar comentarios. En este sentido, el My French Film Festival es un festival de formación, que apuesta por la diversidad con la intención de hacer más amplia nuestra perspectiva. En segundo lugar, creo que la apuesta por una programación diversa es un acierto, porque así se puede intuir el riesgo que tiene el ver películas. Hacerlo es entrar a un mundo desconocido, del que no se sabe cómo saldremos o si podremos hacerlo. Y con la pogramación del festival nunca se sabe qué esperar. En este sentido, es el festival más riesgoso que conozco.

La sexta edición.

En esta ocasión, los largometrajes del festival estuvieron divididos en cuatro ejes: French Kiss, In your face, Paris Comedy y Crime Scene. Los nombres de los ejes son bastantes claros porque ser bastante generales, tal vez a excepción del segundo, el dedicado a la violencia. De hecho son muy dúctiles: todos los filmes de Paris Comedy pueden entrar en French Kiss. Y A la de tres (Jérôme Bonnell, 2015) pudo formar parte de Paris Comedy, porque, salvo algunos pasajes, lo cómico está presente en el filme.

Algo interesante con French Kiss es que, de manera inteligente, las películas programadas abordaron todo tipo de relaciones: la homosexual en La belle saison (Catherine Corsini, 2015), la heterosexual en Castillos de arena (Olivier Jahan, 2015); y una que intentó quebrar las ideas de fidelidad de pareja y que el amor solo es cosa de dos, A la de tres. En este contexto, Henri Henri (Martin Talbot, 2014) puede desconcertar un poco, pero parece ser el amor no pasional. En él, a diferencia de aquellas, no hay escenas de sexo. Es el amor idealizado, donde menos interviene el cuerpo, donde no hay peleas, donde los amantes apenas se tocan y sin embargo se quieren.

In your face tuvo dos caminos: violencia privada, en Alléluia (Fabrice Du Welz, 2014), con dos asesinos que matan siempre por cuestiones personales; violencia política o social, con Sangre francesa (Diastème, 2015), aunque lo político nunca queda bien asentado en el filme. En ambos casos la violencia fue desconcertante: Fabrice Du Welz buscó hacerla más próxima, más tangible, con una imagen granulada; por otro lado, Alban Lenoir se lleva todo el crédito en la película de Diastème. Con un gesto, con una mirada, con el tono de su voz pudo manifestar la violencia que su personaje era capaz de llevar a cabo.

Paris Comedy fue la sección más luminosa. La mirada más transgresora del festival fue la de Clovis Cornillac, con Cita a ciegas: sigue el mismo camino que muchas comedias románticas, pero de manera contraria. No parece fácil arrojar una mirada nueva a la comedia romántica, y aunque pueden haber dudas con respecto a cuánto fue lo que consiguió con su película, su intento de hacerlo, creo, no se puede negar. Atrás de este filme quedaron Caprice (Emmanuel Mouret, 2015) y 20 años de diferencia, quizá en este orden. Pero lo que tienen a su favor es que hacen reír con elegancia, nunca menospreciando a sus personajes, y cuando caen en un cliché lo saben. Sus directores no nos engañan: saben dónde están parados y lo que están haciendo.

Crime Scene tuvo tres perspectivas: la de la justicia, en tanto que captura y juicio, con El caso Sk1 (Frédéric Tellier, 2014); la del asesinato personal, con Ascensor para el cadalso (Louis Malle, 1958); y la del asesinato colectivo, en Golpe de Calor (Raphaël Jacoulot, 2015). La justicia quedó a deber un poco, porque en el filme jamás se armonizaron aquellos dos aspectos; el asesinato colectivo fue dudoso, porque el director buscó mantener la atención en el filme indicando que tal vez el asesinato fue justo, en una suerte de asesinato en defensa personal, y no más bien el producto del prejuicio y la incomprensión; el asesinato personal fue el mejor. Nada de juicios adelantados, ni de condenas a los asesinos, lo que resuelve el caso es la evidencia y los errores humanos, nada más.

En los cortometrajes encontramos las perspectivas peligrosas: Son todas unas putas (François Jaros, 2014) fue un insulto a las mujeres; El trotamundos (Peter Dourountzis, 2014) siempre apoyó la perspectiva del violador; Los monstruos se convierten en amantes (Yann Delattre, 2015) tiene esa idea, implícita, de que las mujeres son estúpidas cuando no aceptan a alguien como su pareja, y en vez de ello lo quieren solo como su amigo. Por otra parte, En tierra (Alexis Michalik, 2014) fue la obra más edificante de todo el festival, y quizá por ello fue una de las favoritas. Puede cuestionarse esta intención, pero viendo las anteriores tres no viene nada mal como contrapunto. Las chicas (Alice Douard, 2015), por su parte, pese a no ser el cortometraje más importante, es destacable porque Alice Douard fue la única que filmó a las mujeres sin prejuicios y en ocasiones con cariño.

A mi juicio, los cortometrajes más importantes fueron dos animados: La última puerta al sur (Sacha Feiner, 2015) y H busca M. De diferente modo, ambos nos interpelan: el segundo nos invitó a ampliar nuestra perspectiva; el primero, nos hizo patente la crueldad de nuestro mundo.

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Poster del 6° My French Film Festival.

Las mujeres del festival.

Además de lo obvio, la sección de cortometrajes llamada Women’s tales, tal parece que el 6° My French Film Festival fue una edición donde la mujer tuvo un lugar privilegiado. Es preocupante la perspectiva de los tres cortometrajes antes mencionados, pero como contrapunto, además de Las chicas, en casi todos los largometrajes la mujer tuvo el papel principal: como asesina en Alléluia; como amante(s) en Castillos de arena y La belle saison; como dislocadora de relaciones en A la de tres y Caprice, y curiosamente en ambos casos fue Anaïs Demoustier quien tuvo ese papel; y como dislocadora de ideas establecidas en 20 años de diferencia.

La crítica del festival.

Cuando un festival es cubierto por algún crítico, quienes no asistimos a él (la mayoría), experimentamos la cobertura con el desazón de quien sabe que está pasando algo importante de lo cual, no obstante, no puede tener más que noticias. Quizá, como antes se leyeron las narraciones de los exploradores que visitaban tierras aún no descubiertas en su totalidad. Lo único que podemos esperar es que las películas ahí mostradas sean accesibles a todos en algún momento, como se esperaba la llegada de los exploradores con tesoros de aquellos lugares, como evidencia de lo que pasó en Cannes, en Valencia o en la Berlinale. Con esto los textos de los críticos cobran un nuevo sentido, pero ni siquiera tras ver todas las películas podemos experimentar lo que es asistir a alguno de estos festivales.

El My French Film Festival es otro tipo de evento, desde luego. Es uno del que cualquiera puede formar parte, al menos idealmente, pues no puede pasarse por alto que es necesario cubrir algunos requisitos, casi todos de índole económica: internet con una velocidad aceptable, algún dispositivo para ver videos, o una jornada de trabajo que no nos deje tan extenuados como para tener tiempo de ver una película. Obviando esto, una vez abierto el festival, cualquiera tiene la oportunidad de formar parte de él: puede ver el filme, calificarlo, dejar un comentario, compartirlo en sus redes sociales, invitar a otros a unirse, etcétera. El festival se juega en un espacio común a todos.

Según datos del My French Film Festival, en esta edición hubo 6.5 millones de visionados.

Tomando como punto de partida esta cantidad de veces que nos sentamos frente a la pantalla a ver las películas programadas, creo que se puede aventurar la siguiente opinión: en preciso que se hable de los filmes. Así como es importante hablar de aquellos festivales mencionados al comienzo, me parece que también es importante hablar del My French Film Festival, aunque por otras razones. Es menester hablar de aquellos porque son festivales que, según parece, marcan la agenda (o una parte importante) de lo que está haciendo el cine contemporáneo. Pero las razones para hablar del festival francés en línea son otras. Según parece, con él, el critico se enfrenta al siguiente problema: el cine es algo masivo, y la responsabilidad que tiene (o que creo que tiene) con los otros es ofrecer su mirada, su visión crítica, su perspectiva sobre aquello que estamos viendo.

Lo más parecido a esto es lo que sucede con las películas norteamericanas, distribuidas masivamente, vistas por una enorme cantidad de personas y de las que algunos críticos, basados en cierta idea de que no vale la pena hablar de ellas, se mantienen en silencio. Pero, creo, un aspecto importante en la crítica de cine es la responsabilidad que el crítico adquiere para con los otros. Muy próximo a lo que sucede con la filosofía, donde la capacidad de formarse implica la formación del otro, pues aquel que tiene cierto conocimiento de sí y que piensa que cierta forma de vida no es la mejor que se podría llevar, no puede abandonar a los demás a su suerte sin caer en el desprecio o la crueldad. Muy próximo a esto, si el crítico es quien forma su mirada o la amplía a través del cine, y se da cuenta de que algunas perspectivas son peligrosas o importantes, creo que esto implica hacer algo por, o dialogar con las miradas de los otros, y a través de sus textos hacer manifiesto aquello que puede estar oculto, latente, o tan expuesto que no se note. El crítico no escribe solo para sí; él se debe a los otros, aunque estos puedan no quererlo.

Así las cosas, creo que es preciso hablar de las películas del My French Film Festival, porque la mirada de millones se pone en juego durante el mes que dura. Y el crítico, lo menos que puede hacer, es ofrecer su mirada. En esta edición, sin embargo, percibí falta de voces críticas en español. Si bien varios críticos invitaron a asistir al festival, después no escribieron nada. En ciertos lados se publicaron algunos textos, pero solo de aquellos filmes que, al parecer, les llamaron más la atención. Otros solo señalaron que no hubo filmes importantes.

En cierto modo, el My French Film Festival fue menospreciado porque nadie se tomó el tiempo de escribir sobre todos los filmes, y de señalar, al menos, por qué ninguno fue importante. Lo que sí pasó es que se difundió como una oportunidad de ver películas gratis y de forma legal, poco más. Tal parece que aún no se toma con la seriedad debida a un festival en línea.

Yo aún no puedo llamarme a mí mismo crítico de cine, ni siquiera uno en ciernes, así que lo único que intenté fue, en la medida de mis posibilidades, cubrir la laguna que dejaron los críticos en español.

El palmarés.

Premio Chopard de los Cineastas:

Alléluia, de Fabrice Du Welz.

Premio de la Prensa internacional:

Largometraje: Golpe de calor, de Raphaël Jacoulot.
Cortometraje: Almuerzo dominical, de Céline Devaux.

Premio Lacoste del Público:

Largometraje: Castillos de arena, de Olivier Jahan.
Cortometraje: En tierra, de Alexis Michalik.

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