Henri Henri: la vida de los elegidos de Dios.

La opera prima de Martin Talbot, Henri Henri (2014), bien pudo haberse llamado «El fabuloso destino de Henri Henri». Su deuda con el filme Jean-Pierre Jeunet es inequívoca. Como en Amélie (Le fabuleux destin d’Amélie Poulain, 2001), están presentes los personajes extravagantes (un tipo que trabaja embolsando cubiertos desechables, y se obsesiona con ello), Henri se hace amigo de un viejo que lo aconseja y expande sus miras, los colores, los encuadres y los lentos travellings tienen la marca de Jeunet. Además, Henri se enamora de alguien que parece inalcansable, quien sospechosamente trabaja también en un lugar relacionado con la pornografía: mientras Nino era empleado en un videoclub, aquí, Hélène es la taquillera de un cine XXX.

E igual que en Amélie, la infancia marca la vida adulta de Henri, y este es alguien que mejora (o busca hacerlo) la vida de quienes lo rodean. Pero hay algo que diferencia los filmes de forma radical: la manera en que se aborda el problema de la vida, o sea, el cómo vivir. Con Jeunet todo se juega en la decisión. Aunque puede haber equivocó ya que sus personajes son caracterizados al inicio de la película como si tuvieran un carácter inamovible, y supieran de una vez y para siempre lo que odian y lo que aman, sin embargo Jeunet nunca les quita la posibilidad de decidir su futuro. No están predestinados; su futuro siempre está en juego. De aquí la decisión del final: Amélie puede escoger entre seguir a Nino o no hacerlo, entre seguir viviendo cómodamente recluida o arriesgarse y exponerse al dolor. Porque, como se llega afirmar en cierto momento, cuando su televisión refleja su pensamiento, uno tiene el derecho inalienable de arruinar su propia vida si así lo quiere. Pero con Talbot es todo lo contrario: para él no hay libre albedrío y la vida de algunos está predestinada.

En el filme, Henri es un huérfano que creció en un orfanato, y toda su vida se dedicó a cambiar las bombillas fundidas del lugar. Una vez que el orfanato es comprado, tiene que marcharse y encuentra un empleo donde hace lo mismo. Cuando junto a su compañero cambian las luces de la fachada de un cine XXX, ve a Hélène y se enamora de ella a primera vista. En otra salida cambian las bombillas en un mansión, y ahí conoce al señor Binot, un viejo del que se hará amigo, casi un hijo, y quien lo motivará a conquistar a Hélène. El caso es que Henri siempre conoce a las personas indicadas: Hélène es ciega y así se evita la primera impresión, bastante ridícula, que le hubiera provocado el ver a Henri vestido con un traje verde fosforescente; Binot es rico, necesita de alguien que lo acompañe en sus últimos días, y le proporciona a Henri la receta que le permitirá tener una vida acomodada por el resto de su días. Pase lo que pase, la vida de Henri está arreglada, en los dos sentidos de esta palabra, en tanto que ordenada y apañada.

Pero esto se debe a que el protagonista es un elegido de Dios. Al comienzo del filme se enuncia claramente que Henri tiene el don de llevar luz a las personas. En un principio, el enunciado es divertido porque alude a la tarea importante pero nada extraordinaria de cambiar bombillas. Pero un plano revela toda la intención religiosa: en contrapicado, se registra el rostro de Henri coronado por la aureola de la virgen que está a sus espaldas. Henri es, pues, casi un santo.

Y en efecto, este hombre recibe las indicaciones de lo que debe hacer con su vida en sueños que siempre tienen como contexto pasajes bíblicos. Así por ejemplo, aparece como una revelación la idea de que le falta una pareja, de que debe conquistar a Hélène, porque en el arca de Noé no puede ir solo, mientras el resto de los animales va en pareja. Y durante la vigilia la presencia de las señales de Dios no son menos claras: este es tan complaciente que pone flechas que Henri solo debe seguir para salir de su estado miserable.

A diferencia de Jeunet, quien hace que la vida se juegue en las decisiones que uno tome, Talbot prefiere hacer todo sencillo. El trabajo de dirección es un reflejo del Dios complaciente al que se parece apelar: así como a Henri este le tiene ya hecha una vida fácil, sin problemas y que no requiere ningún cambio de su parte, así el director usa la estética de Jeunet porque juzga (equivocadamente) que es la que mejor se acomoda a un relato dulce y sin dificultades, donde el problema de la vida no está presente.

Y peor aún, todo se maneja en una muy cómoda ambigüedad: ¿Henri Henri es una ridiculización del fenómeno religioso, o acaso en verdad sostiene que Dios es tan humano que tiene preferidos en la tierra a quienes les tiene asegurada una vida acomodada? ¡Acomodada!, eso no es poco cosa. El ser religioso se asemeja de manera peligrosa al que es poderoso económicamente. No es posible distinguir cuál de las dos es la elección tomada: desde luego, en ocasiones Talbot se permite ser profano, como cuando Hélène se mofa de la fe que tiene Henri, pero en su conjunto no deja de apuntalar que Dios está ahí, poniéndole el camino fácil. En todo caso, lo que queda claro es que quienes se deben preocupar son aquellos que no son elegidos de Dios, y que están el filme, como el tipo acomplejado de los cubiertos desechables. Porque para estos Talbot no ha dejado ni siquiera el libre albedrío.

Henri Henri posterTítulo original: Henri Henri.
Director: Martin Talbot.
Guion: Martin Talbot.
Producción: Caroline Héroux, Christian Larouche.
Fotografía: Mathieu Laverdière.
Edición: Arthur Tarnowski.
Música: Patrick Lavoie.
País: Canada.
Año: 2014.
Elenco: Victor Andres Turgeon-Trelles (Henri), Sophie Desmarais (Hélène), Marcel Sabourin (Señor Binot), Michel Perron (Maurice).

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Se puede ver Henri Henri de manera gratuita durante el 6° My French Film Festival, en la página del festival, hasta el 18 de febrero de 2016.

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