¿Cómo descubrir a un impostor?

Desde tiempos antiquísimos han existido dos individuos: el adulador y el impostor. Los filósofos antiguos, por su parte, no dejaron de llamar la atención sobre el peligro que conlleva caer en las manos de un adulador. Pero en esta ocasión quiero detenerme en el otro individuo, el impostor, ese sujeto que se hace pasar por alguien o por algo que no es. Su peligro es más o menos claro en estos tiempos, donde es común verlo aparentar ser un hombre religioso con la única intención de obtener el dinero de otros, o como intelectual cuyo valor radica no en sus conocimientos sino en la imagen que se ha creado, por ejemplo. Desde hombres supuestamente religiosos hasta presidentes, pues, la figura del impostor es tan común para nosotros como lo era en la vieja Roma.

Y precisamente, esta vez quiero detenerme en Luciano de Samosata, un escritor del siglo II d. C., para señalar una de las maneras de descubrir a un impostor. Aunque se discute si es un filósofo o no (y yo creo que sí lo es), nadie puede negar que uno de los rasgos que distinguen a Luciano es su constante trabajo por señalar y desenmascarar a los impostores, en especial a aquellos que en su tiempo se hacían pasar por filósofos. Así, en el único testimonio que tenemos sobre él, referido por uno de sus contemporáneos, podemos encontrar cierta forma en que los impostores pueden ser descubiertos. Según cuenta Galeno:

Éste [Luciano] ideó un libro y puso en él oscuros discursos, tras de los cuales no se ocultaba ningún sentido en absoluto, y se lo atribuyó a Heráclito. Se lo entregó a otros, y éstos se lo llevaron a un filósofo cuya palabra tenía cierto valor y que disfrutaba de crédito y confianza entre la gente. Le pidieron que se lo comentara y explicara. Aquel infortunado no se percató de que ellos sólo pretendían reírse de él. De manera que se puso a interpretar aquellos discursos, para lo cual creía él mostrar una agudeza extraordinaria, y así quedó en ridículo. Luciano […] también había ideado expresiones que no guardaban sentido alguno y se las había enviado a algunos gramáticos, para que las interpretaran y comentaran, y de esa manera se pusieron en ridículo.

Galeno apud Manuel Baumbach. "Luciano, Relatos verídicos". pp. 340-341.

Así pues, tenemos a un filósofo impostor y varios gramáticos de la misma calaña, los cuales gozaban de crédito y confianza entre la gente. He aquí una de las características de los impostores: son renombrados. Pero esta fama se debe solo a la opinión generalizada, la cual se caracteriza por estar desinformada. De este modo, el impostor aprovecha el desconocimiento de las personas para hacerse de su estima y con ello crearse cierta reputación.

Por esto, a los ojos de Luciano, conocedor de lo que era la filosofía y del arte retórico, aquellos eran impostores. Él sabía que todas las cosas que decían saber estaban equivocadas o carecían de sentido. Pero Luciano no hizo, en este caso, lo que suelen hacer algunos en nuestro tiempo, que intentando desenmascarar a los impostores no dejan de repetir (en sus redes sociales, por ejemplo) que cierto individuo no sabe lo que dice, que es un fraude, un charlatán. No los atacó, pues. Ello porque esta táctica la mayoría de las veces es inútil: la fama del impostor casi siempre permanece inalterable e incluso crece con los ataques de los otros, que pasan por calumnias.

Frente a esta situación cobra mucha relevancia la pregunta: ¿cómo descubrir a un impostor, entonces, si los continuos señalamientos no funcionan? Porque este debe ser desenmascarado no solo frente a aquellos que saben que cierto individuo lo es, sino, y más importante, ante aquellos que estiman al impostor.

La idea de Luciano fue hacerlos quedar en ridículo a través de su ignorancia, pero no mediante una discusión sobre términos, tecnicismos o basada en argumentaciones. Más bien, gracias a cierta estratagema: Luciano inventó aquellos discursos totalmente oscuros e hizo que se los entregaran a los impostores, los cuales se hundieron por sí solos. Puede percibirse que se apeló a la vanidad de aquellos, entregándoles unos discursos que solo ellos podían interpretar.

Apelar a la vanidad nos da dos cosas: 1) el impostor baja sus defensas, pues nadie espera un ataque de aquel que lo adula, y 2) se cree superior a nosotros, y ello provoca que el impostor no espere nada de nuestra parte, y así evitamos que se cuide de lo que podamos hacerle.

Puestos a salvo, hay que colocar al impostor en una situación en la que pueda hacer gala de aquello que pretende ser. Hay que encumbrarlo, y dejarlo fanfarronear. Una vez logrado esto, hay que revelar, de algún modo (este varía según cada impostor), que todo lo que ha dicho y hecho son estúpideces. Así, cuanto más se haya encumbrado el impostor tanto más será puesto en ridículo.

Así entonces, según Luciano, para desenmascarar a un impostor hay que hacerlo quedar en ridículo. Ello porque la prueba de su falsedad no es ofrecida por uno mismo, sino que él hace patente lo que es en realidad.

Desde luego, la pregunta ahora es: ¿qué tan posible es realizar esto? Si bien luce complicado, y no niego que debe haber mucha planeación para lograrlo, me parece que se pueden hallar algunos ejemplos donde los impostores son ridiculizados mediante su ignorancia. Por ejemplo, puede mencionarse lo que pasó con el ahora presidente de México, Enrique Peña Nieto, cuando en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de 2011, después de la presentación de uno de sus libros, no pudo responder cuáles eran los tres libros que más habían marcado su vida. Un hombre que pasaba por lector y escritor asiduo, que impresionaba a todos, sin embargo, no pudo responder esa pregunta, que lo llevó de error en error, hasta quedar hundido por completo.

Bibliografía.

Baumbach, Manuel. “Luciano, Relatos verídicos” en Pilar Hualde Pascual y Manuel Sanz Morales (editores). La literatura griega y su tradición. Madrid: Ediciones Akal. 2008. pp. 339-359.

*Imagen: «950».

Fotografía vía Flickr por Sarah Murray.

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