El ataque de los tomates asesinos.

Todo aquello capaz de mover a risa ─burlas, sátiras, ironías y demás─ ha sido desde hace mucho un medio para denunciar o, alejándonos de la jerga delictiva, para llamar la atención sobre nuestros vanos afanes, prácticas sin sentido, acciones ruines y todas aquellas actividades que solemos realizar comúnmente. En este sentido, nunca se está equivocado al mirar con seriedad aquellas obras, e incluso uno puede ser calificado como alguien incapaz de ver más allá de su nariz si no se hace. Pero ante una obra como El ataque de los tomates asesinos (1978), una película que es un sistemático suceder de chistes inconexos (no todos graciosos), surge esta pregunta: ¿hasta dónde es posible o está permitido hablar con seriedad de algo que es solo una broma, y no pretende más?

Ya desde el comienzo, el filme dirigido y coescrito por John De Bello manda a paseo toda posible seriedad: tras un prólogo grandilocuente en el que se menciona que el escenario planteado por Los pájaros (1963) de Alfred Hitchcock se convirtió en realidad una vez, acompañado por música extradiegética que marca el tono grave, se pasa a una canción chistosa sobre los tomates asesinos, al tiempo que aparecen los créditos. De este modo, la película se presenta abiertamente como una tontería, pues en contrapunto a lo que pasó con Los pájaros se revela como un ridículo absoluto el que los tomates, en alguna forma, devengan seres asesinos.

Tras haber quedado clara la ridiculez de una historia semejante, El ataque de los tomates asesinos es completamente libre de hacer lo que sea: hay comerciales, dos videocilps, una historia de amor forzada, otra de conspiración y ansía de poder, entre otras cosas. Sin embargo el filme no se toma en serio nada; es tan absurda como el tipo “experto” en disfraces que, infiltrado entre los tomates, tiene la ocurrencia de pedir cátsup. De este modo, luce muy forzado todo intento por extraer alguna mirada seria sobre aquellas secuencias en las que hay una burla sobre las campañas políticas, por ejemplo, o sobre la ineptitud de los funcionarios públicos. La cinta está tan abismada en su ridiculez y en su burla hacia las películas de corte semejante que El ataque de los tomates asesinos se vuelve totalmente plana: no hay nada más en sus chistes, e intenta llevar lo ridículo hasta donde sea posible.

Pero la sucesión imparable de cosas ridículas puede tener como resultado una reacción fría, carente de toda emoción, y esto es algo que John De Bello sabía. En una secuencia, casi al comienzo, aparece una pareja de ancianos que, sentados en su sillón, nos describen lo que ven y está fuera de campo: un tomate crece descomunalmente, se come a un niño y sale de la casa haciendo un enorme hoyo en la pared. Su narración es tan parsimoniosa que en apariencia contrasta radicalmente con la escena que narran, pues ella parece llena de acción. Pero se trata de otra cosa, un guiño de John De Bello hacia nosotros: el espectaculo es tan inverosímil y ridículo que no provoca nada en ellos así como, posiblemente, nos sucederá a nosotros.

Esta es la única cosa que escapa de toda burla: en El ataque de los tomates asesinos hay una conciencia de la ridiculez, llevada hasta donde sea posible, a pesar de que, al final, no pueda provocar alguna emoción en el espectador y resulte una obra totalmente plana y absurda.

A70-10667 (1)Título original: Attack of the Killer Tomatoes!
Título: El ataque de los tomates asesinos.
Director: John De Bello.
Guión: John De Bello, Costa Dillon, J. Stephen Peace, Rick Rockwell.
Producción: John De Bello, J. Stephen Peace, Mark L. Rosen.
Fotografía: John K. Culley.
Edición: John De Bello.
Música: Paul Sundfor, Gordon Goodwin.
País: Estados Unidos.
Año: 1978.
Elenco: David Miller (Mason Dixon), George Wilson (Jim Richardson), Sharon Taylor, (Lois Fairchild), J. Stephen Peace (Lt. Wilbur Finletter), Ernie Meyers (Presidente).

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