Los mensajes que quedan como “visto” en todo servicio de mensajería.

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“Absorbed”: fotografía vía Flickr por Saxbald Photography (saxbaldphotography).

 

Bien, según las nuevas reglas nuestra sociedad, y en vista de que el señor Hawking me ha pasado el turno de responder una pregunta verdaderamente importante, después de su brillante intervención con respecto a la salida de Zayn de One Direction, les envío este texto. Hawking me ha pedido dar una respuesta a la crisis más o menos extendida que provoca el que alguien deje uno de nuestros mensajes como “visto” en cualquier servicio de mensajería.

Para dar respuesta a lo de One Direction, Hawking ─como es muy propio de él─ recurrió a la física; yo traeré en mi apoyo a Plinio el Joven, que si bien no es muy tenido por filósofo, no obstante, yo veo en él algunos apuntes dignos de atención filosófica.

Debo comenzar diciendo que nos ha tocado vivir en un momento privilegiado, con tantos servicios de mensajería a nuestra disposición: el Messenger de Facebook, WhatsApp, Mensajes, por mencionar solo aquellos que he utilizado. No me cabe duda de que a Plinio le habría gustado la posibilidad que ellos nos ofrecen de estar en permanente contacto. Podemos verlo en la carta que le envió a Fabio Justo:

Hace bastante tiempo que no me escribes ninguna carta. No hay nada, dices, que puedas contarme. Bueno, pues escribe eso mismo, que no hay nada que puedas escribir, o sólo esa frase con la que los antiguos solían empezar una carta: «Si tienes buena salud, todo va bien; yo estoy bien». Esto me basta; en efecto es lo más importante. ¿Crees que me estoy burlando?, pues hablo en serio. Hazme saber qué te pasa, pues si no lo sé, no puedo vivir sin estar hondamente preocupado.

Cartas. I, 11.

Permítaseme entrar en el terreno de la especulación: quizá Plinio estaba en lo cierto al afirmar que Fabio Justo no le escribía porque “no había nada que contar”. Tal vez pensaba que escribir una carta con solo una línea no era algo que valía el esfuerzo, y tampoco el gasto de tiempo de su amigo, así como ahora escribir un correo electrónico para decir “hola” nos parece algo superfluo. Empero, con los servicios de mensajería que contamos, ahora tenemos un medio para enviar textos cortos de cualquier tipo, que en cualquier otro medio nos parecen banales. El «Si tienes buena salud, todo va bien; yo estoy bien», a mí me parece un perfecto mensaje para ser mandado por Messenger o WhatsApp. Estoy muy convencido de que Fabio Justo no habría dudado ─¡y mucho menos Plinio!─ en estar en permanente diálogo si hubieran contado con tales beneficios.

Veamos bien la enorme herramienta que tenemos a nuestra disposición: cabe incluso imaginar un diálogo ininterrumpido, en el que podamos abordar todas las cuestiones con nuestros amigos. Podríamos hablar de nuestras vidas, dedicarnos a investigar algún asunto, intercambiar impresiones… Incluso la despedida podría ser desterrada del vocabulario; en efecto, en cierto modo uno está siempre disponible para el otro con tales servicios. Ya no hace falta esperar a verlo en persona o a que llegue la carta para entablar una conversación. Como con las llamadas telefónicas, solo hace falta que reciba nuestro mensaje, pero supera a estas en tanto que no habría necesidad de colgar y volver a llamar después, a la espera de encontrarlo en casa. Ya no es necesario decir adiós; acaso, lo que cabe es un “hasta luego”, “al rato seguimos”, “aquí sigo, pero debo atender algo”. Si hacemos esto nunca estaríamos separados. Y ello es justo lo que Plinio consideraba importante: mantener el contacto y saber qué pasa con el otro.

Pero al parecer aún no estamos del todo habituados a tal forma de comunicación ininterrumpida, pues ─y aquí llegamos al asunto─  llega un momento en que la conversación se interrumpe cuando alguien deja uno de nuestros mensajes como “visto”, por no hablar de aquellos que todavía no destierran las despedidas de su vocabulario cuando usan tales servicios.

No obstante, me gustaría agregar un matiz: una comunicación ininterrumpida no se puede mantener con todos. Ella solo es propia de los amigos (pienso en el  ser amado también como un amigo). Así como en las demás formas de comunicación, la hablada, vía correo electrónico, mediante cartas, etcétera, se establece una distinción mediante el tono, en los servicios de mensajería sucede una distinción parecida: con algunos se habla de vez en cuando, como si nos encontráramos por casualidad en la calle; con otros, la comunicación es más constante, y se puede llegar a hablar de todo. Recuerdo, por ejemplo, la vez que un amigo me escribió diciendo que se acababa de levantar: eran las once de la mañana, por cierto. ¡He aquí un buen ejemplo que le habría gustado a Plinio!

Lo que provoca que uno de nuestros mensajes quede sin respuesta puede entrar en un gran abanico de sentimientos: incertidumbre, nostalgia, tristeza, molestia… Pero nos equivocaríamos si acaso pensamos que eso antes no pasaba. Otra vez, Plinio nos ofrece un ejemplo de ello en una carta que le envió a Valerio Paulino:

Estoy enojado, y no tengo claro si debía estarlo, pero lo estoy. Sabes muy bien cómo el amor es a veces injusto, a menudo agresivo, siempre “susceptible”. Sin embargo, este motivo es importante, no sé si justo; pero yo, como si fuera tan justo como importante, estoy profundamente enfadado contigo, porque hace muchísimo tiempo que no he recibido ninguna carta tuya.

Cartas. II, 2.

Aqui, como con Fabio Justo, Plinio se queja por la pérdida de comunicación, por la falta de cartas de su amigo. Pero creo que no pasa desapercibida la diferencia con la primera carta que había citado: en esta hay un reclamo más fuerte, pues la falta de cartas ha afectado el estado de ánimo de Plinio. Podemos suponer que con Fabio Justo la falta de cartas era relativamente corta; en cambio, Valerio Paulino llevaba “muchísimo tiempo” sin escribir nada. Esto es equiparable a lo que sucede ahora: un mensaje puede quedar como “visto” un tiempo, sin que recibamos respuesta, y ello sería comprensible. Pero cuando han pasado días, nuestro estado de ánimo se ve más alterado.

Dicho todo esto, ¿qué podemos decir con respecto a nuestros mensajes que quedan como “visto” en cualquier servicio de mensajería? Me parece importante esto: debemos ver lo que hace Plinio. Él siempre reinicia la conversación con sus amigos cuando se ve interrumpida. Su actitud es totalmente congruente: si pide de sus amigos que se mantengan en contacto, él lo hace: vive conforme a lo que dice.

Pero lo que más cabe destacar, a mi juicio, es que aún estamos aprendiendo a utilizar tales servicios de mensajería. En cierto modo, los usamos como las viejas formas de comunicación en las que la interrupción del diálogo es inherente a las mismas. Cabe esperar que muchos mensajes queden como “visto” porque eso es lo que pasa con las otras formas de comunicación, cuando uno se queda sin palabras, cuando no se escribe desde hace mucho porque “no hay nada que contar”, o cuando no se llama porque no se ha encontrado la oportunidad.

Por último, quiero dedicar una invectiva a los amantes del escándalo, quienes no se cansan de decir que los servicios de mensajería están acabando con las relaciones personales. Están totalmente equivocados: no se están destruyendo viejas formas de relación; se están moldeando nuevas, y ello trastoca a todas las demás. Si quieren quedarse con lo viejo, en una burbuja atemporal, yo los invito… a ningún lado, porque sus formas de comunicación son muy estrechas. Pero algo hay de cierto en sus palabras: estar cabizbajo mucho tiempo, viendo los dispositivos móviles, tiene consecuencias para la salud de la columna. Mas eso se puede solucionar: basta levantar el teléfono.

Así pues, esto es lo que tengo que decir. En los siguientes días le plantearé un asunto verdaderamente importante a alguno de ustedes. Tengo ya algunos en mente, pero aún no sé cuál elegir. Por último, no quiero quedarme sin expresar mi admiración por el marco en el que se le planteó la pregunta a Stephen Hawking. ¡Eso fue saber escoger el tiempo y momento precisos!

Sin más, los saludo.

Bibliografía.

Plinio el Joven. Cartas. Introducción, traducción y notas: Julián González Fernández. 1ª edición, Madrid: Editorial Gredos. 2009. Colección: Biblioteca Gredos/128.

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