González: falsos profetas.

 …la especulación con la esperanza
ha sido desde siempre, y a todos
los niveles, el mejor negocio.

Ernst Jünger. Pasados los setenta III. p. 276

Si una palabra puede describir al hombre que vemos en los primeros minutos de la opera prima de Christian Díaz Pardo, González: falsos profetas, ella es: anodino. Todo en él hace referencia a una vida insignificante que se traga una ciudad tan vertiginosa como el Distrito Federal. Si bien, de suyo, toda vida que no sea la de alguien de “alto perfil” pasa inadvertida para todos. Tal como lo muestra la secuencia (y la experiencia) al interior de un vagón del metro, en los primeros planos de los rostros con la mirada perdida: en ese lugar nadie se voltea a ver, las miradas siempre se esquivan, incluso cuando va completamente lleno y resulta más difícil hacerlo. Ahí, por extraño que parezca, cuando estamos más juntos uno del otro, cada quien se encierra en sí mismo y evita cualquier contacto con aquel. O también, se da el caso de creerse solo: la presencia de los otros se bloquea con la ayuda de un libro, audífonos, la plática o la pareja, como aquella a la que González observa detenidamente en otra secuencia en el metro, sin que ninguno de los dos se dé cuenta.

Pero el caso de este hombre es todavía más marcado: uno de tantos que deja la “provincia” por la capital, que cuenta solo con la “educación básica” en la ciudad que alberga a las universidades más importantes del país. Además, vive en un pequeño departamento del que no lo echan solo gracias a que su madre conoce a la mamá del dueño. Desempleado, sin amigos ni pareja, y con una deuda de poco más de $48 000, debido a una televisión que compró con su tarjeta de crédito, y a la que cuida como lo más preciado que tiene, porque es lo único que tiene.

Así entonces, González se levanta por las mañanas en busca de trabajo, siempre bien peinado y con su traje. Pero la competencia por un puesto es mucha, y un hombre que nos fue mostrado con tantas carencias, desde luego, no tiene fácil conseguir un trabajo. Al final, encuentra uno para el que no se necesita experiencia y basta con tener la “educación básica”: un empleo en el call center de la Iglesia de la Luz Universal. El trabajo ahí es sencillo: contestar llamadas,  escuchar problemas, ofrecer esperanza y al final pedir dinero a cambio de ella. Mas para hacerlo mejor, le recomiendan que se estudie la Biblia, no con un deseo de comprenderla, desde luego, sino para sacar de ella las palabras y fórmulas adecuadas para dar esperaza.

La película de Díaz Pardo no oculta lo que es: una denuncia de la esperanza. Se dice siempre que esta muere al último, y ello es justo lo que hace tan fácil su venta. Antes de que desaparezca se puede dilapidar todo. Y para cuando se ha esfumado, uno se da cuenta de que ya no le queda nada. Esto es lo que denuncia González. 

No obstante, los llamados “falsos profetas” que la ofrecen no son solo aquellos que se enriquecen con la Iglesia de la Luz Universal, autonombrados pastores, sino un abanico de personalidades: el manipulador-estafador, el creyente y un tipo de criminales.

El acierto de la película es manejar estas entretejiéndolas y encarnándolas en un solo hombre. Ya se ha visto, porque es muy claro, la denuncia de los lugares como la Iglesia de la Luz Universal, donde un grupo de personas se dedica a vender esperanza, desde el call center en el que trabaja González, pasando por programas de televisión, hasta el escenario donde el Pastor Elías, dice, entra en contacto con Dios y se dirige a las personas en su nombre.

Cuando González entra a trabajar a este lugar es completamente anodino. Pero con la venta diaria de esperanza sucede un cambio en él: se cree poseedor de cierta capacidad que lo hace diferente de los otros.

…las palabras, por más vacías y repetitivas que suenen, pueden convertirse con el tiempo en un hábito, en una especie de poso que se sedimenta en el fondo de la mente sin que lo notemos, hasta que, sorprendentemente, un día nos encontramos actuando según unas creencias en las que pensábamos no creer.

Graham Greene. El ministerio del miedo. p. 104.

Su personaje, aquí el acierto, se maneja con una ambigüedad tan terrible como desconcertante. Por la constante venta de esperanza, ¿se cree capaz de acercar a las personas a Dios o, antes bien, se tiene por alguien capaz de hacer que ellas crean cualquier cosa? ¿Se cree un iluminado o un manipulador? La película abona a una u otra interpretación.

De este modo, González se autonombra Pastor, le dice a Betsabé que el Pastor Elías le ha pedido que se integre al servicio pastoral y lo busca para comunicarle su deseo de formar parte de este. Pero cuando Elías le pregunta si cree en Dios, él responde que cree en sí mismo, y que piensa que puede hacer que las personas crean cualquier cosa que él diga. Pero también, cuando roba el dinero a punta de pistola y descubre que el Pastor Elías no es brasileño, y que todo es una representación para estafar a una bola de “indios”, González le dice al oído que ya sabe cuál es la misión que Dios le ha dado y lo nombra “farsante”. En este caso la ambigüedad permite ver a un supuesto iluminado, que piensa que Dios le ha dado una misión, y que puede llegar a hacerlo todo para cumplirla; o bien, quizá González es un manipulador, que solo quiere dinero y ganarse el amor de Betsabé, y para ello, también, es capaz de hacerlo todo.

Así, en cuanto a fines, el supuesto iluminado que se cree lo que dice porque se lo ha repetido día tras día, y el manipulador que no lo hace, no se diferencian en nada.

González denuncia a los “falsos profetas” que venden esperanza: los farsantes, como el Pastor Elías o el González manipulador, que sólo buscan estafar a las personas; quienes creen lo que estos dicen, como González iluminado, y son llevados a hacer que otras personas también “crean”; y también, quienes llegan a todo para salir de su vida anodina y creen que les “va a ir bien”. Pero también, González habla de aquellos que dilapidan todo por la esperanza, desde los fieles que llaman al call center o van a las reuiniones de la Iglesia de la Luz Universal, hasta Betsabé, que no tenía novio porque todos son o drogadictos o pervertidos, y sin embargo termina en un auto robado, con un cuerpo en la cajuela y otro tirado afuera, teniendo a la vista solo un vago “nos va a ir bien” vaticinado por González. Así la especulación con la esperanza se revela como un negocio, donde alguien está dispuesto a venderla y otro no duda en comprarla.

Cuando se piensa González solo como una denuncia de lugares semejantes a la Iglesia de la Luz Universal se reducen sus miras. El problema no está en el lugar, indica el filme, sino en la esperanza: esa ilusión de que “todo va a salir bien”. Cuando se habla de quienes van a lugares como aquel se les piensa como desvalidos y vulnerables. Con en este pensamiento uno se ve diferente de ellos, pero la esperanza también es de profanos.

GonzálezTítulo original: González: falsos profetas.
Director: Christian Díaz Pardo.
Guión: Fernando del Razo y Christian Díaz Pardo.
Producción: Laura Pino, Harold Torres.
Fotografía: Juan Pablo Ramírez.
Edición: León Felipe González.
Música: Galo Durán.
País: México.
Año: 2014.
Elenco: Harold Torres (González), Carlos Bardem (Pastor Elías), Olga Segura (Betsabé).

______________________

Greene, Graham. El ministerio del miedo. Traducción: Pedro del Carril. 1ª edición, Barcelona: Edhasa. 2009. Colección: Quinteto/305.

Jünger, Ernst. Pasados los setenta III. Radiaciones V. Diarios (1981 – 1985). Traducción: Carmen Gauger. 1ª edición, Barcelona: Tusquets Editores. 2007. Colección: Tiempo de Memoria. 45/6.

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