5° My French Film Festival: Eastern Boys (Chicos del este).

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My French Film Festival.

My French Film Festival es un festival en línea. Es decir, es un Festival que tiene lugar en Internet, y las películas que forman parte de él se pueden ver en su sitio de manera gratuita. En su Quinta edición, las películas estuvieron disponibles desde el 16 de enero hasta el 16 de febrero de 2015, y en ella hubo diez largometrajes y diez cortometrajes en competencia.

Eastern Boys (Chicos del este).

El último día que estuvieron disponibles los largometrajes del Quinto My French Film Festival vi Eastern Boys (2013), la segunda obra de Robin Campillo. No hubo una razón especial para esto, salvo que ─sin contar Tristesse Club de Vincent Mariette─ vi las películas de atrás hacía adelante, según el orden alfabético, desde Vandal hasta Eastern Boys. La película está dividida en cuatro capítulos, pero todos ellos giran en torno a la relación sexual y paternal que se crea entre Daniel y Rouslan: el primero, un hombre de considerable estatus económico; y el segundo, un joven inmigrante proveniente de Ucrania.

La inmigración es un asunto problemático en muchas partes del mundo, y Francia no es la excepción. Sin embargo, la consideración usual del inmigrante, propiciada sobre todo por su situación en Estados Unidos, parece la de alguien que vive, a la vez, escondido y a plena vista. Las personas saben dónde trabajan los indocumentados, por ejemplo, pero al mismo tiempo nadie lo dice, o bien las autoridades migratorias fingen no saberlo por alguna u otra razón. Sin contar, claro, las leyes que permiten detener a cualquiera sólo por tener la sospecha de que uno sea indocumentado. Frente a esta condición extraña, en la primera parte de Eastern Boys llamada “Su majestad, la calle”, Robin Campillo muestra en planos generales a un grupo de jóvenes provenientes del Este de Europa, todos ellos indocumentados, entre los que se encuentra Rouslan.

Como apuntó Roger Koza en su crítica, estos primeros minutos “son extraordinarios”. Los jóvenes se pasean por la estación Gare Du Nord y por las afueras de ella, siempre con una actitud de ostentación. Van de un lado a otro, sin dirección alguna; se detienen a observar a las personas, y se comportan de manera retadora. En especial me gustan dos secuencias: una, en la que quitan de su asiento a un señor sólo con su presencia; y otra, en la que un personal de seguridad persigue al miembro más joven del grupo, quien se refugia con el líder, y en un duelo de presencias gana este, haciendo que el hombre de seguridad se marche sin siquiera dirigirles la palabra. En esto que parece sólo un vagabundeo, hay toda una política de apropiación del espacio público. Aquellos que son tenidos por desarraigados e invasores de un espacio en el que no deberían estar sin algún permiso, aquí, Campillo los muestra adueñándose de él, quitándoselo en cierto modo a los ciudadanos franceses. El gran acierto del director es el uso de planos generales, para no hacer esta apropiación del espacio algo personal, sino colectivo, obra de todos los inmigrantes.

Además, sobre estos primeros minutos se debe destacar la capacidad de Campillo de generar una historia sin algún diálogo. En base a imágenes establece la relación entre Daniel y Rouslan, haciendo que el primero persiga al segundo con la vista o yendo tras sus pasos. Después de estos extraordinarios minutos, se establece la relación entre aquellos, cuando Daniel contrata los favores sexuales de Rouslan, quien se compromete a ir a su departamento.

Así, se da paso al siguiente capítulo de Eastern Boys: “Esta fiesta en la que soy rehén”. A la cita que habían acordado Daniel y Rouslan no llega este, sino todos los jóvenes que vimos en el capítulo anterior. Ellos entran al departamento de Daniel, y como hicieron con el espacio público, también se apropian del espacio privado. Este capítulo es de una violencia absoluta: los jóvenes no sólo se adueñan del departamento, moviéndose por él como si fuera su casa, sirviéndose unos tragos, bailando y después llevándose casi todas las cosas de Daniel; en esta secuencia, además, se cuestiona su cuerpo y su persona, y con ello su lugar en la sociedad, pues a pesar de tener un gimnasio en casa sin embargo no lo utiliza; y posee juegos de video que, a los ojos del jefe del grupo, no van con su edad. En el fondo, lo que se está afirmando es que las clases acomodadas tienen una forma de vida absurda. La repartición de la riqueza es ridícula, porque Daniel no usa lo que compra, y el jefe puede hacer mucho más con su cuerpo sin la necesidad de todo lo que él posee.

En este capítulo ─y en todo el filme─ son notables las actuaciones de Olivier Rabourdin, como Daniel, y de Daniil Vorobyov, como el jefe del grupo de jóvenes indocumentados. Entre ellos se establece una tensión asombrosa, que nos mantiene en vilo a lo largo del capítulo, y a ello también contribuye la filmación de Robin Campillo, con cámara en mano y con el uso de sobreimpresiones, que denotan lo tenso e inestable de la atmósfera.

Pero la cinta cambia con el tercer y cuarto capítulo, pues cobra un cariz personal que encubre, pero no se deshace, del problema de la inmigración. El tercer capítulo es de intimidad; por eso se llama “Lo que hacemos juntos”, y en las secuencias en las que Daniel y Rouslan hacen el amor dominan los primeros planos, no tanto por una cuestión de pudor, sino para marcar la cercanía que hay entre ambos, capaz de rebasar las barreras de la comunicación verbal.

El quiebre de la relación sexual entre ambos y el paso a la paternal queda marcado por aquella secuencia en la que Daniel se niega a hacerle sexo oral a Rouslan. Y de aquí en adelante no vuelven a aparecer en el mismo plano con tal intimidad: la intensidad de la relación parental está menos comprimida, y por ello no se ve en primeros planos; sino que se puede diluir a lo largo del cuarto capítulo y el final del tercero, y se muestra en la preocupación de uno por el otro, que se extiende más allá de la habitación en la que hacían el amor, y mueve a Daniel a ir en búsqueda de Rouslan en el cuarto capítulo.

Este lleva por nombre: “Hotel Halt. Dragones y mazmorras”, y fue anunciado por la explosión de fuegos artificiales y el paso de aviones, que durante la noche recuerdan el ambiente de una ciudad siendo bombardeada. Esto es lo que despierta a Rouslan, y en la indefensión le pregunta a Daniel si la causa de que ya no quiera hacer el amor con él es que ya no lo ama. Aquí, la separación que fue abrupta al comienzo, cuando Daniel se negó a hacerle sexo oral, se re-crea como una relación de padre e hijo.

Eastern Boys está perfectamente dividida, y cada título de los capítulos es una descripción muy acertada de lo que pasa en ellos. En la película, además, hay un juego con los espacios: en cuanto a los jóvenes indocumentados su espacio se fue reduciendo de a poco: desde las calles, pasando por el amplio departamento de Daniel, hasta los pasillos y las habitaciones del Hotel Halt. Aquí, lo interesante es que a menor espacio, más expuestos y menos poder tenían ellos. En la plaza pública, dominaban; en el Hotel, tuvieron que correr de la policía. Y lo crudo del filme es que, según parece, los inmigrantes tienen tres posibles finales: son repatriados; o se quedan solos, como el jefe de la banda; o bien, la única forma en la que su vida puede cambiar (y quizá mejorar) es con un cambio de actitud de las clases acomodadas, que pase de la utilización (Daniel contratando los servicios sexuales de Rouslan, o todos aquellos trabajadores en Estados Unidos) a una cierta protección, que sin embargo tiene un dejo paternalista.

Título original: Eastern Boys.
Título: Chicos del este.
Director: Robin Campillo.
Guión: Robin Campillo, Gilles Marchand.
Producción: Hugues Charbonneau, Marie-Ange Luciani.
Fotografía: Jeanne Lapoirie.
Edición: Robin Campillo.
Música: Arnaud Rebotini.
País: Francia.
Año: 2013.
Elenco: Olivier Rabourdin (Daniel), Kirill Emelyanov (Marek / Rouslan), Daniil Vorobyov (Jefe), Edéa Darcque (Chelsea), Camila Chakirova (Camila).

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