Apuntes 2.

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“Berenleider / Animal trainer with performing bear”: fotografía vía Flickr por Nationaal Archief (Nationaal Archief).

 

25 de enero de 2015.

Ernst Jünger:

Singapur, 21 de marzo de 1981.

¿Dónde querría uno vivir? ¿Dónde se encontraría uno a gusto? Primero en países en los que se pueda leer y escribir todo lo que a uno le apetezca. En ciudades cuyas tiendas estén abiertas día y noche, según les parezca bien a los comerciantes, y en cuyos cementerios se venere a los antepasados. En jardines con árboles altos y en terrazas en cuyas paredes sueña, adormilada y vigilante, la salamanquesa.

Ernst Jünger. Pasados los setenta III. p. 47.

Así visto, parece que un ningún lugar podríamos sentirnos a gusto. Hasta donde sé, no hay país en el mundo donde se pueda leer y escribir todo lo que uno quiera (dentro de los límites justos), porque en todos lados hay algún tipo de censura u obstáculos materiales que lo imposibilitan. Pero lo que sí existen son tiendas que están abiertas las 24 horas.

He tomado libros geniales en librerías, y que no dudaría en leer, pero al ver que su precio está muy próximo a las cuatro cifras, surgen ciertas reservas en mí. Y si acaso lo compro, y oso hacer una versión digital que subo a Internet, para que lo lea todo aquel que no tenga con qué hacerse de ese libro, entonces sobre mí se posa el reclamo de que estoy haciendo algo prohibido. En cambio, siempre hay un lugar al que se puede ir a comprar sea la hora que sea, e incluso nos invitan a hacerlo con sus grandes y coloridos letreros: Abierto las 24 horas. Y no es que ello esté mal: este tipo de lugares son de mucha utilidad. Pero tampoco estaría mal poder leer todo lo que a uno le apetezca.

La anotación de Jünger es genial, pues va haciendo el espacio cada vez más pequeño: un país, una ciudad, un jardín. Y podríamos reducirlo todavía más: una casa, una habitación, el cuerpo. Lo brillante radica en que uno puede sentirse a gusto en el último, aunque los primeros no sean del todo agradables. A pesar de que un espacio está dentro de otro, el más grande no determina al más pequeño: puede haber un bello jardín en la ciudad más desolada; puede existir una ciudad placentera en un país crudo. Aunque también pueden existir jardines horribles en ciudades muy bellas. Lo extraordinario sería que en todos los espacios uno pudiera sentirse a gusto, pero quizá eso no sea posible. Hay otro aspecto también importante: se puede deducir cuán a disgusto se siente uno en el mundo, según el tamaño del espacio en que uno se sienta a gusto. Si sólo en tu habitación te sientes cómodo, entonces ni en tu casa, ni en tu ciudad ni en tu país estás a gusto.

*

En lo personal, prefiero que las personas me consideren un tonto, y no alguien inteligente. La razón de ello estriba en que eso suele provocar que ellas te traten como a un descerebrado; o bien, que se burlen de ti. Y de este modo, se tiene la posibilidad de conocerlas bastante bien y de medir sus capacidades intelectuales. A lo largo de mi vida, ha sido relativamente fácil que las personas me tomen por un tonto (mi cara ayuda mucho en eso), y he descubierto que quienes se burlan de mí son muy obtusos, no porque se burlen, sino porque todos usan siempre las mismas burlas, y son capaces de repetir una incluso por meses. Son, pues, de una inteligencia tan corta que no renuevan sus burlas ni siquiera en pos de causar más sufrimiento. Me parece muy triste su caso.

Hasta donde recuerdo, creo que sólo un puñado de personas me ha tratado como a un descerebrado. Pero creo que puedo decir algo sobre ellas: son notablemente soberbias, y se envanecen haciendo gala de su inteligencia o sus conocimientos frente aquellos que consideran tontos.

En cambio, me parece que alguien noble y que tenga en cuenta los límites de su propia inteligencia (y por ello sea inteligente), habla con normalidad e incluso invita al otro a acompañarlo en sus reflexiones, pidiendo su opinión, aunque piense que no es el más lúcido de sus conocidos.

Además, la inteligencia puede ser molesta, porque algunos se sienten intimidados frente a ella. A veces basta con mencionar el nombre de alguien a quien se considera listo para despertar admiración, que es más bien una indisposición a hablar con él, pues se piensa: “¿cómo alguien como yo puede seguirle el paso a alguien como él?” La inteligencia asusta… justo ahora llega a mi mente lo que Hal, en Malcolm el de en medio, dijo una vez con respecto a Malcolm: “¡No!, el listo me da miedo”.

26 de enero de 2015.

El tuit es bello, porque muestra ese movimiento extraño del alma, cuando alguien es capaz de atraerla y alejarla al mismo tiempo y en la misma dirección. En estos casos, parece quedar el silencio: algo estático, que no indique nada o lo indique todo. Pero lo terrible es el que silencio en estos casos es distanciamiento.

27 de enero de 2015.

Correspondencia perdida:

Se suele decir que “es un placer” cuando nos presentan a una persona. Y en algún modo es cierto, porque como usted dijo una vez, “cada cabeza es un mundo”, y así conocer a una persona es un encuentro con tierras desconocidas. ¡Y no hay nada mejor que encontrarse con un misterio! Como lo sabía Wilde: para hacer atractivo algo, basta con ocultarlo. ¿Y qué está más oculto que una persona, cuando la conocemos? Las palabras nos fallan en este caso, porque un primer encuentro no es conocer a alguien, no es develar; todo lo contrario, es recubrir a una persona de misterio, y saber diferenciarla con la vista de todas las demás no es conocerla, sino ponerle un indicador de que ahí hay algo que debemos descubrir, como la X que marca el tesoro.

Una persona que no conoces y no te interesa aparece claramente: es un hombre, de tal edad, apuesto o no, desgarbado o elegante. Y con ello es suficiente. Pero con alguien que nos es presentado todo cambia: esas descripciones ya no bastan, y queremos descubrir sus intereses, sus aficiones y pasatiempos, aquello en lo que ocupa sus días y lo que sueña para el futuro.

Todo misterio llama para ser descubierto, pero a veces uno puede resistirse, o sentir que el llamado no tiene la fuerza suficiente.

¡Ah! Pero usted, usted es un misterio que no deja de llamarme. Y sin embargo, nunca podré acercarme lo suficiente para quitar al menos una capa de misterio. Me siento como el habitante de un planeta que gira alrededor de un sol, a cuya fuerza de atracción no puedo resistirme y cuya imagen me maravilla cada día. Pienso en acércame, ver de cerca a quien produce mi fascinación, pero no puedo, porque hay condiciones que lo imposibilitan.

Sí, usted no es un mundo. La imagen adecuada es la del sol.

Quizá por eso me cegó desde la primera vez que la vi, y ahora no puedo mantener la mirada fija en usted, como nadie puede hacerlo con el sol.

28 de enero de 2015.

Inicio de un texto que nunca nació:

Algunos son afortunados, y viven sus últimos días felizmente rodeados de todos aquellos que alguna vez amaron; o bien, hay otros que mueren con lo que Hazlitt llamó una “resignación elegante”, es decir, serenos y libres de cualquier irritación. Sin embargo, hay algunos seres cuya agonía es más larga de lo común: quizá pueden lucir fuertes, jóvenes y con muchos años por delante, pero en realidad están muriendo por soledad.

31 de enero de 2015.

Un conocido mío puso en su muro de Facebook el video de un guitarrista y lo acompaño de la siguiente frase: “Me pregunto si seré capaz de hacer eso algún día.”

Esa frase es usual en todos aquellos que nunca lograrán hacer lo que quieren. Quien está haciendo todo lo que puede para alcanzarlo no se pregunta esas cosas: o está seguro de que algún día alcanzará lo que busca; o bien, sabe que la excelencia de un arte no está a su alcance.

1 de febrero de 2015.

Imagina esto: todo lo que nunca pasará.

 Una invitación al abismo que, como se sabe, puede maravillar o desfondar.

___________________

Hazlitt, William. Sobre el sentimiento de inmortalidad en la juventud. Traducción y presentación: Manuel Arroyo Stephens. 1ª edición, México: Universidad Nacional Autónoma de México. 2003. Colección: Pequeños Grandes Ensayos/3.

Jünger, Ernst. Pasados los setenta III. Radiaciones V. Diarios (1981 – 1985). Traducción: Carmen Gauger. 1ª edición, Barcelona: Tusquets Editores. 2007. Colección: Tiempo de Memoria. 45/6.

Wilde, Oscar. El retrato de Dorian Gray. Traducción: José Luis López Muños. 1ª edición, Madrid: Alianza Editorial. 1999. Colección: Literatura-Clásicos/5526.

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