Almerisa, de Rineke Dijkstra.

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Rineke Dijkstra – Serie: Almerisa. Fotografía vía Flickr por A. TTou (ATa Tou).

 

Sentarse.

Quizá, una llamada de atención que todos reciben en su infancia es la relacionada a la forma en que uno debe sentarse. Los padres y los maestros suelen decir que debemos sentarnos bien, con la espalda apoyada en el respaldo de la silla, y no “desparramarnos” en ella. Al menos yo recuerdo cómo es que uno de mis maestros, una vez que llegó a darnos su clase de inglés, al ver cómo es que todos nos sentábamos se dio unos minutos para corregir nuestra postura, y nos habló de las consecuencias que tendría para nuestra espalda el sentarnos de manera indebida. Por supuesto, inmediatamente todos nos sentamos bien, pero tan pronto acabó la clase, el conocimiento desapareció y regresamos a nuestra postura inicial en la silla.

También los padres juegan un papel importante en esta corrección del sentarse: en la mesa, a la hora de comer; en las salas de espera; en el transporte público; en los sillones de la sala, se escucha la misma llamada de atención: “¡siéntate bien!” Las mujeres forjadas a la antigua, aun ahora muestran a sus hijas la forma en que una señorita ha de sentarse. O sin este dejo de antigüedad, una de las cosas que al parecer toda madre hace es enseñarle a su hija el difícil arte de sentarse cuando se viste una falda.

La relación cuerpo-silla, aunque no muy mencionada, es de considerable importancia en la vida social. De ello nos percatamos de mejor manera sólo hasta que la relación que tenemos con nuestra silla interrumpe la de los otros; por ejemplo, existe el reclamo justificado contra los hombres que en el transporte público se sientan de tal modo que no se ciñen a su lugar, sino que abren sus piernas e invaden el espacio de su vecino de asiento.

Un cuerpo va cambiando su forma de sentarse según pasan los años, ya sea por las continuas correcciones de padres y maestros; o visto de manera más amplia, por la presión social, que no se reduce al anterior reclamo contra los hombres, sino que se podría enunciar de manera sintética en el siguiente juicio: serás juzgado, según la manera en que te sientes. Sin duda, ha de parecer ridículo el reduccionismo, como lo es cualquier otro juicio dado sobre una sola impresión; sin embargo, la ridiculez no es un obstáculo para la existencia de una práctica. Todos lo saben, en cierta forma, y llega un momento en el que se comportan siempre según ese juicio. En una entrevista de trabajo o en un marco importante, por ejemplo, todos tienen la postura adecuada: espalda recargada en el respaldo de la silla, no encorvada; piernas cruzadas o bien juntas, y manos sobre el regazo. No hay nadie que se atreva a quebrar ese orden, y por decir algo, gire su silla y tome asiento con el respaldo hacia el frente, apoyando sus brazos en él. Ello muestra que todos hemos interiorizado ese juicio, porque bien sabemos que nadie nos tomara en serio o seremos vistos con malos ojos si lo hacemos. Y por ello, precisamente, las pequeñas muestras de rebelión o disidencia se suelen denotar con un cambio de postura: el joven que se “desparrama” en la silla, el chico que no deja de moverse en ella, o el tipo que gira su silla y toma asiento con el respaldo hacia el frente. Con un sólo acto, éstos siempre logran desestabilizar su entorno. Así también, las personas no suelen acercarse a alguien sentado de forma extravagante, “desparramado” o de manera dominante. Por alguna razón, esas posturas despiertan desconfianza. Se juzga, pues, según la manera en que uno se sienta.

Pero también, un cuerpo cambia su forma de sentarse según cambian sus dimensiones. Parece claro que, cuando se es pequeño, enfrentarse a una silla adulta es un reto, que la mayoría de los niños nunca puede terminar porque sus padres siempre los ayudan a subirse al asiento. Pero aun así, estando ya sentados, los niños viven una experiencia que con el tiempo se suele olvidar: estar con los pies suspendidos. Cuando el cuerpo crece, todo asiento es pequeño y fácilmente podemos tener los pies sobre el piso, y con ello el control de la situación: podemos balancearnos, movernos de un lado a otro si tenemos una silla con ruedas; y si por alguna extraña razón caemos, los pies nos ayudan a amortiguar la caída. Por eso la estatua de Lincoln es tan impresionante: sentado, domina el espacio a su alrededor.

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“Lincoln at Night”: fotografía vía Flickr por Mark Fischer (Mark Fischer).

 

Almerisa.

En la exposición Consumption, realizada en el Museo Nacional de Arte (MUNAL), la descripción de la Serie Almerisa de Rineke Dijkstra dice lo siguiente:

En su conjunto, la serie Almerisa documenta la transición en la vida de una niña y muestra no sólo su adaptación a una nueva cultura, sino también la forma en que trata de definirse experimentando con distintas apariencias. En la imagen más reciente, la niña del principio de la serie se muestra segura de sí misma, ya adulta, sentada con su propio hijo en el regazo. El ciclo vital empieza de nuevo.

Lo que se destaca son los cambios del cuerpo: cortes de cabello, colores del mismo, ropa usada. Las experimentaciones o ensayos que uno realiza sobre sí toda la vida. Sin duda, lo que apunta la descripción es de mucha importancia, porque muestra cómo una “niña bosnia de 6 años que llegó a Holanda huyendo de la guerra se convirtió primero en una adolescente desgarbada de 15 años con las uñas pintadas de negro, más tarde en una desafiante joven occidental con el pelo teñido de rubio y un intenso maquillaje, para transformarse, en la última fotografía en una madre joven que posa orgullosa con su bebé en brazos.” (1) Es decir, bien dice la descripción que la serie muestra el proceso de asimilación de una cultura, a la vez que muestra el ensayo sobre sí que todos realizan. Sin embargo, en todo esto hay un punto ciego: se olvida que hay otro cuerpo, la silla, el cual no debe pasar desapercibido porque en todas las fotografías está en relación con Almerisa.

En la primera fotografía, vemos una pequeña silla de plástico y la niña está con los pies colgando; a pesar de ser un asiento no tan grande ni impresionante, sin embargo, aun así es más grande que Almerisa. Igual en la segunda fotografía: la silla aún sigue imponiéndose sobre ella. Pero en las siguientes imágenes, con la silla blanca, podemos ver cómo el cuerpo empieza a imponerse sobre el medio, precisamente en la juventud, cuando se suele responder con fuerza hacia el entorno. En especial, me gusta la quinta fotografía, donde Almerisa viste de azul y blanco: domina el espacio. Ya no impone la silla la forma en que se debe sentar, manteniéndola con los pies al aire. Al contrario, ella adopta la postura que quiere, haciendo suyo ese espacio.

La sexta fotografía es un cambio drástico: Almerisa tiene la postura correcta, de retrato. Manos sobre el regazo, piernas cruzadas y espalda apoyada en el respaldo; tiene la postura adecuada, que podemos ver en multitud de ocasiones. Para mí, domina el espacio según nos dicen que debemos hacerlo: con formalidad. Después de esta fotografía, ya nunca la vemos como en las dos anteriores: sentada transgrediendo las formas. Incluso las sillas cambian, porque se van haciendo cada vez más elegantes, hasta llegar a la silla de cuero negro.

Quizá las fotos más bellas hacia el final sean las dos últimas: en una está embarazada, y esa expansión del cuerpo exige que al tomar asiento lo más importante sea la comodidad, de tal modo que ya no sienta sobre una de sus piernas y toma la posición más confortable, y así la fotografía tiene un aire de tranquilidad. Por su parte, la última foto también es maravillosa. En ella convergen tres cuerpos por vez primera, y las relaciones que se establecen entre ellos se enfocan en el cuidado del más pequeño. Por primera vez, la silla está de frente a la cámara, casi oculta, sólo dando apoyo a Almerisa. Ella, por su parte, está sentada sin grandes pretenciones, no adoptando una postura para fotografía ni respondiendo a cierto dominio; pero lo importante está en la postura de los pies: se está apoyando en los dedos para elevar sus piernas y con ello busca tener más cerca a su bebé. Almerisa y la silla dejan a un lado la intención de destacar, para proteger al cuerpo que está justo a la mitad de la imagen.

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