Sobre las esperanzas en el amor.

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“solitude”: fotografía vía Flickr por Jessica Lucia (theloushe).

 

La historia se repite muchas veces: el chico, o la joven, hace acopio de todo el valor que tiene y le dice al otro que desde la primera vez que se vieron, o desde hace tiempo, no sabe cómo comportarse frente a ella o frente a él, y todo porque le gusta. Así, uno y otro dan ese salto, desde las especulaciones o los maravillosos escenarios de la imaginación hasta el otro lado, el de la realidad. A veces, los sentimientos son correspondidos, y entonces ya se conocen las historias, las que todos hemos visto, con besos bajo la lluvia, paseos tomados de la mano, risas juntos y penas sobrellevadas entre los dos.

Pero en otras ocasiones, los sentimientos no se corresponden; sin embargo, a veces las personas son afortunadas y le declaran su amor a alguien magnífico, que es incapaz de dejarlos con el corazón roto. Son nobles, y te dicen que algún día encontrarás a alguien, porque tienes las cualidades que cualquiera podría desear. Es posible juzgar la bondad de una persona en estos momentos: quien tras la impresión de una declaración de amor es capaz de recuperarse y pensar en ti, sin duda, es admirable.

Siempre es lindo soñar eso: algún día aparecerá alguien… Se respira con seguridad y se obtienen ánimos para seguir adelante, pero es una mentira, una que no cesa de repetirse, y se mantiene con el olvido.

Como toda buena mentira, el sueño de que algún día serás amado se construye con verdades. Todos lo sabemos: hay montones de casos en los que las personas, al final, encuentran a alguien que los hace dichosos, aunque sea por un instante. Grandes historias se han forjado así: el chico solitario, la chica no querida, un buen día encuentran a alguien y de repente viven todo aquello que nunca habían experimentado. No seré yo quien niegue la verdad de estos casos, porque los he visto. Además, sería ridículo hacerlo ante la manifiesta existencia de ellos. Es más, quizá la gran mayoría llega en su momento a reconocer que ese presagio es verdadero.

Pero, ¡he aquí el olvido! Hay casos en los que no se cumple ese presagio: algunas personas nunca encuentran a ese alguien, y caminan solas toda su vida. Han existido, y ahora podemos leer sus biografías, sus cartas privadas o sus diarios, en los que queda asentado cómo es que tuvieron que vivir solos toda su vida. Pero su experiencia se ha silenciado; el mundo cierra los ojos ante ellos, y finge que todos, siempre, han encontrado a alguien en su vida y terminan dichosos al final de sus días.

Cada vez que alguien dice: “algún día encontrarás a alguien, porque tienes las cualidades que cualquiera podría desear”, sepulta a aquéllos un poco más. Pero no es extraño que esto pase, porque los espíritus nobles rara vez notan la crueldad no manifiesta. Para ellos, es algo seguro que eso pasará: tú encontrarás el amor algún día. Pero no es cierto: puede darse el caso en el que seas uno de aquellos que nunca encontrará a alguien.

Los no amados, así los llamo yo, porque viven en la oscuridad, al otro lado de los amados; y porque no se conocen por su nombre, pero ahí están. Muchos salen adelante gracias a ellos, olvidándolos, creyendo inocentemente en el presagio de que algún día, siempre, todos encuentran a alguien en su vida. Ese es el trabajo que hacen por el mundo, tal parece: se quedan en el olvido para siempre, al grado en el que para todos resulta una gran sorpresa saber que alguien nunca encontró el amor.

– Nota agregada el 1 de enero de 2015.

Una parte de Tormento, en la que Benito Pérez Galdós bien supo que se pueden poseer las mejores cualidades a los ojos del otro, y sin embargo no gustarle.

Tras el enorme esfuerzo que le tomó a Caballero declararle su amor a Amparo, y pedirle que se case con ella, la novela continua así.

─ ¿Qué es eso?… ¿Llora usted? ─preguntó el americano, oyendo una respiración fuerte─. ¿No me contesta usted a lo que le he dicho?
─ ¿No le agrada mi proposición?
Ni una palabra: gemidos nada más.
Oyó Caballero las siguientes palabras que sonaban con gradual rapidez, como primeras gotas de una lluvia que amenaza ser fuerte:
─ Sí…, yo…, yo…, sí; no…, veré…, usted…
─ Hábleme con toda franqueza. Si a usted le desagrada…
─ No…, no…, diré… Usted es muy bueno… Yo, agradecida.
─ Pero esos lloros ¿por qué son?
Parecía que se calmaba un tanto, enjugándose las lágrimas rápidamente con el pañuelo. Después se dirigió al cuarto de la costura, haciendo una seña al indiano para que la siguiera.
─ ¡Si Rosalía entra y me ve llorando…! ─manifestó la joven con mucho miedo, ya dentro del cuarto.
─ No se cuide de Rosalía y responda.
─ Usted es muy bueno; usted es un santo.
─ Pero se puede ser santo y no gustar…

(Tormento. p. 112)

Bibliografía.

Pérez Galdós, Benito. Tormento. 1ª edición, Madrid: Editorial LIBSA. 2000. Colección: Biblioteca Conmemorativa.

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