Sobre los abrazos.

La observación sobre los abrazos, hecha en el final de la octava temporada de Doctor Who, me parece absolutamente brillante: “Nunca confíes en un abrazo. Es sólo una forma de ocultar tu rostro.”

Es muy conocido que durante los abrazos las personas lloran, cuando el otro ya no puede ver su rostro; o también, que las puñaladas por las espalda ocurren durante un abrazo. En cambio, cuando un rostro ve al otro es más difícil (aunque no imposible) ocultar los sentimientos o intenciones. Por eso el contacto visual se considera tan importante: es confianza, al entregarse uno al otro en cierto sentido, haciendo aquéllas manifiestas. Mientras, quien no ve a los ojos, cara a cara, huye de sí mismo y del otro. A la vez, está y no está en la conversación.

Sin duda, creo, los abrazos son un salto al vacío: ¿qué estará pensando el otro?, ¿qué indicará su rostro? Es parecido al temor de aquello que está sucediendo a tu espalda: el punto ciego de toda la vida. ¿Qué se está gestando atrás?, ¿hay alguien atrás de mí?, ¿alguien me está viendo? Por ello el temor suele hacerse manifiesto en el punto más débil de toda la vida: lo que sucede a la espalda. Sabes que algo consiguió asustarte cuando te preguntas si “eso” podría estar, justo ahora, atrás de ti.

Pero hay una consideración que me parece importante: los abrazos son salvavidas.

Un abrazo no se da a cada momento, porque no todo abrazo es un abrazo. El abrazo, el verdadero, es aquel que se da en tiempo de urgencia, cuando se necesita el apoyo y la fuerza del otro para no caer. Los demás, sí, son el mismo encuentro de cuerpos, pero son efímeros y se olvidan fácilmente.

Pregunta: ¿cuántos o cuáles son los abrazos que se recuerdan?

Aquel que se dan los hombres, a la mitad, donde se golpean la espalda y chocan parte del pecho, es sólo un apretón de manos sublimado: un contacto fuerte, firme, con un dejo de cariño. O quienes saludan con un abrazo cada día que te ven, sólo dan un saludo de beso continuado, donde primero chocan los rostros y después se encuentran los cuerpos.

¡Esos no son abrazos! Tan pronto se aleja quien lo da, se olvidan.

Aunque hay otros, los abrazos efusivos, llenos de exalto. Dicen que son maravillosos, pero me parece que son de contención: los eufóricos se encuentran, y uno al otro se ponen una camisa de fuerza. Todo parece indicar que son así, porque tan pronto se tranquilizan, se sueltan; o bien, continúan con lo siguiente, que es un beso.

El abrazo, el verdadero, yo creo, es dado en urgencia, en la hora más oscura. Por eso éstos duran más: nadie se quiere soltar, porque si lo hacen, caerán.

Esto hace que los abrazos sean, como dijo Hölderlin: “Pero donde hay peligro / crece lo que nos salva.” (Friedrich Hölderlin. “Patmos”. p. 395.) Son un salto al vacío, porque no sabes lo que pasa con/en el otro, pero a la vez, son el salvavidas que te mantiene en pie.

Bibliografía.

Hölderlin, Friedrich. “Patmos” en Poesia completa (edición bilingüe: alemán-español). Traducción: Federico Gorbea. 5ª edición, Barcelona: Ediciones 29. 1995. Colección: Libros Río Nuevo. pp. 395 – 409.

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