Fotografías en museos, y una obra de Picasso.

La Guerra. Pablo Picasso -España. 1951. Musée Picasso Paris.
La Guerra.
Pablo Picasso -España.
1951.
Musée Picasso Paris.
“Musée Picasso – Paris”: fotografía vía Flickr por Yann Caradec (y. caradec)

 

1.

¿Qué hacen las personas con las fotos que toman cuando van a algún museo?

Si la razón no se aleja de mí en estos momentos, creo que la gran mayoría de las personas toman fotografías en los museos para un consumo privado. Las toman para guardar el recuerdo del lugar en que estuvieron, para rememorar la visita tiempo después, para mostrarlas a las personas cercanas, para algo que casi siempre revive la relación entre uno mismo y las cosas (obras, exposiciones, representaciones…) que se vieron.

Así, lo que todavía persiste es la idea de que la visita a un museo es exclusivamente personal. Es decir, se piensa que si alguien quiere ver las obras que estoy viendo, lo que debe hacer es ir al museo. Pero quizá algo se nos escapa: en nuestras manos (nunca mejor dicho) está la oportunidad de hacer que cualquiera en el mundo con acceso a Internet pueda ver lo que estoy viendo. En cierto modo, es algo que parece claro en otros aspectos de la vida, por ejemplo, se fotografían o graban los sucesos importantes, políticos, naturales, todos aquellos que en primera instancia se cree que debiera conocer el mundo.

Pero hay ciertas experiencias que aún no se comparten de este modo, como las visitas al museo. Esta situación es interesante, y quizá revela que la experiencia de visitar un museo, incluso tras todo lo que han hecho los artistas por quebrar el aura religiosa del arte, aún no desaparece. Como visitar una iglesia no se hace desde casa, porque uno debe rodearse de esa aura de magnificencia a la vez que de formalidad, visitar un museo tampoco se hace desde casa. Pero creo que estamos errando el camino: ¿dónde radica la diferencia entre la experiencia museística, que no se comparte mediante fotografías, y otros aspecto de la vida que sí se dan a conocer de este modo?

Parece que pueden entrar en consideración una larga serie de aspectos: desde el aura religiosa que ya he mencionado, hasta ese supuesto de que hay cosas que los otros deben conocer, pero entre ellas no suelen entrar las obras que están en los museos de todo el mundo.

Aunque, claro está, como anotó Bergson en su Introducción a la metafísica: todas las fotografías desde todos los ángulos no pueden reemplazar la experiencia de caminar por un museo y ver lo que hay ahí. Pero, me parece, si gracias a fotografías y videos pudiéramos “visitar” todos los museos que queramos, eso enriquecería la experiencia estética, aunque nunca estemos ahí.

2.

Una de las piezas que he conocido, recientemente, gracias a alguien que comparte su experiencia museística mediante fotografías es La Guerra, de Picasso, que se encuentra en el Musée Picasso. De otro modo, descubrirla es difícil, pues al buscarla en Internet apenas se encuentra alguna imagen.

Hay tres cosas importantes en La Guerra, según interpreto: la primera es que no se trata de la representación de un tanque, sino que es un tanque-televisión; la segunda es la cara desquiciada que tiene; y por último, está la bocina junto a la antena.

Todos estás cosas se pueden interpretar de varios modos, pero por una parte, quizá representa el estado de locura en el que caemos durante una guerra. Locura de la que nadie escapa, y por ello es un tanque-televisión, que llega a cada hogar y permea toda la vida social; además, también está esa bocina, que muestra no sólo la estridencia literal de la guerra, sino también que nadie escapa de sus estragos, como a ningún oído le pasan desapercibidos quienes hablan por un megáfono.

O quizá, el tanque-televisión, junto a su bocina, aluden a los medios de comunicación, que propagan las ideas que hacen posible y refuerzan el estado de guerra. Y esto de manera interesante, porque quienes propagan esto serían los primeros enloquecidos. Pero avanzando un poco más la reflexión, y viendo nuestros tiempos, notamos que el escenario se encrudece más. Asumamos que las ideas de guerra se propagan, entendiendo éstas de un modo más amplio que la clásica lucha de un Estado contra otro. Es decir, considerando la lucha entre grupos, entre instituciones, incluso entre individuos. Asumamos, pues, que estas ideas se propagan, y de ello podemos tener multitud de ejemplos: basta ver cualquier medio informativo.

Así, pues, la jerga de guerra se propaga. Pero ahora, en cierto modo, cada uno puede ser medio de comunicación, capaz de propagar ideas con más o menos repercusión, haciendo accesible el descubrir lo que otros piensan. En este sentido, cada uno puede convertirse también en propagador de la jerga de guerra.

Ahora, el asunto es que hay dos reacciones bien enraizadas y siempre presentes: por una parte, el que condena los actos, pero no sólo exige el pago del crimen, sino que pide un extra de dolor, y siempre se enorgullece de ello. Ésta es la reacción más burda, y por ello de las primeras en manifestarse. Pero lo que provoca es asombroso, porque le siguen otros más, que se unen y piden el mismo extra de dolor. O bien, los que tratan de calmar los ánimos y reflexionar, pero terminan cayendo en peleas con aquéllos porque, según los acusan, no saben pensar. Y así, el estado de lucha se perpetúa, repitiéndose con cada noticia.

Por otra parte, están los que también condenan, pero se distancian y se dicen a sí mismos que no son como ellos (los criminales, el gobierno; en suma: los monstruosos otros); caen, de este modo, en la clásica lógica de guerra: ellos-los-malos; nosotros-los-buenos. Y hacen eterna esta dicótoma, porque entre ellos nunca se escuchan. Casi basta ver cualquier manifestación y escuchar todo discurso, tan de boga en estos tiempos, para darse cuenta de esto, por ejemplo: gobierno-los malos; sociedad civil-los buenos. Y así, la propagación de las ideas de guerra ahora es propiedad pública, y con ello la locura que tiene el rostro del tanque-televisión.

Bibliografía.

Bergson, Henri. Introducción a la metafísica. Traducción: Rafael Moreno. 1ª edición, México: Universidad Nacional Autónoma de México – Centro de Estudios Filosóficos. 1960. Colección: Cuadernos/8.

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