Tom en el granero.

Tom-en-el-Granero

Nuestra muerte posee una fuerza de atracción capaz de hacer que, tal vez por única vez, todas las relaciones que forjamos a lo largo de la vida se recojan en un punto, alrededor un cuerpo. Aunque cada persona llega, según su constitución, con diferente intensidad: hay quienes se precipitan sobre el cuerpo, quienes no pueden acercarse a él porque prefieren al cuerpo vivo frente al muerto, también están quienes prefieren rodearlo desde distintos acercamientos mediante recuerdos, discursos o canciones. Pero lo inaceptable, por incomprensible, es que alguien falte. Sólo faltan quienes no están relacionados con el muerto; nunca, quienes sí lo están. Pero además, ese cuerpo que reúne a todos no sólo es punto de atracción, sino también vaso comunicante entre los que fueron llamados. Por un tiempo se forma una red entre los que llegan, ya que tan pronto desaparece el cuerpo en la fosa o por las llamas, aquélla se rompe y todos marchan rumbo a casa.

Un funeral es lo que reúne a todos en Tom en el granero, cuarto largometraje de Xavier Dolan. La muerte de Guillaume llevó a Tom a una granja, desde Montreal hasta Quebec, con la intención de despedir por última vez a su novio. Pero al llegar se entera de que la mamá de Guillaume nada sabe de su relación, mientras su hermano Francis, que sí está enterado, lo amenaza con dejar las cosas como están, sin que su madre sepa que su hijo era homosexual, y creyendo que tenía una relación con una chica llamada Sarah.

A primera vista, lo que es cierto, el filme de Dolan es un thriller psicológico, pero más allá de esta primera impresión, creo, también es una película de transición, en el sentido de viaje, de recorrer desde una posición inicial hasta una “final”.

El comienzo es el estancamiento: la muerte. La suma quietud, para siempre jamás. Pero no sólo debida a la muerte de Guillaume, sino por la reacción de Tom ante ella. La secuencia inicial, en este sentido, es brillante: primero, observamos una mano que escribe sobre una servilleta lo que parecen ser palabras ocurridas al momento, “Hoy una parte de mí ha muerto, y no puedo llorar. Ya que olvidé todos los sinónimos de tristeza. Ahora, todo lo que puedo hacer sin ti es reemplazarte.” Con sólo esta secuencia, Dolan reúne el comienzo del filme y el sentido que tomará: por una parte, la quietud, al morir una parte de Tom y no ser capaz de llorar quien se supone sería el primero que se precipitaría sobre el cuerpo, caería en la desesperación y lloraría como nadie más. Es de mucha importancia el llanto, porque éste es el paso del dolor, que es estancamiento, a la resignación o asimilación. Quien no puede llorar está atascado en una situación, como Mathilde en Amor eterno o, mejor aún, como Antonio en Ladrón de bicicletas, a quien Vittorio De Sica le permitió avanzar hacia adelante, de la mano de Bruno, sólo hasta que lloró. Pero, por otro lado, en la secuencia inicial también observamos que ese estado es transitorio: se buscará el reemplazo, y el texto es escrito sobre una servilleta, una de las cosas más delicadas sobre las que se puede escribir, siempre en riesgo de romperse o mojarse, y así lo que se pone ahí es sólo transitorio.

No obstante, si bien se anuncia desde el comienzo que Tom no será uno de los que se precipitan sobre el cuerpo, se hace más explícito en su viaje a la granja, donde se deshace de toda la intensidad, cantando, fumando y destruyendo cosas a pisotones. De ahí, la posterior secuencia captada en cinemascope, donde aparece el auto viajando a lo largo de la autopista, con campos de maíz a un lado y otro. Esa secuencia es de quietud, filmada al atardecer, cuando las sombras son más grandes y todos están cansados. Y más aún, lo primero que Tom hace en la casa a la que llega es dormir: imagen de la quietud o estancamiento en la que se encuentra… incluso olvidó darle el pésame a Aghate, como si hubiera olvidado para qué fue ahí.

Pero antes de entrar a la casa, el cineasta canadiense nos ofrece otra secuencia donde condensa lo que se avecina, y a la vez recoge lo que ya había planteado: después de que nadie contesta el llamado del timbre, Tom decide ir en busca de alguien (referencia al reemplazo que se buscará, anunciado en la servilleta), y esto es filmado con cámara en mano, inestable, mientras suena música opresiva compuesta por Gabriel Yared. Sin duda, pienso, la interpretación es clara: notamos que Tom se adentra a un ambiente peligroso, más poderoso que él, no obstante, fuera de su visión-comprensión (y también lo estaría fuera de la nuestra, excepto por la música). Y en efecto, así resulta desde la primera noche, cuando es sorprendido y sometido por Francis en la oscuridad, quien lo amenaza con dejar las cosas como están. El peligro está ahí, aunque Tom no puede verlo.

Pero otra vez, como al comienzo, Dolan enfatiza con las secuencias posteriores lo que primero mostró condensado: en primer lugar, cuando Tom se da cuenta de que se rompieron sus anteojos, pero sobre todo, mediante la asombrosa (y brillante) presentación de Francis, quien aparece a la espalda de Tom, sin que podamos ver su rostro, y posteriormente en la ducha, con el plano de su cara borrosa, indescifrable. El peligro está ahí, sobre Tom, pero no puede reaccionar ante él: por una parte, se encuentra avasallado (Francis y Aghate también, quien le dice que se quede) y, por otra, su visión está enturbiada (los lentes rotos; la niebla; los misterios; las cosas que las personas no quieren decir, pero insinúan; el correr por el maizal sin saber a dónde se va y de dónde vendrá el peligro, aunque está ahí, cortando como navajas).

De lo anterior viene la caracterización de Tom en el granero como thriller psicológico: hay un peligro que se cierne a lo largo de la estancia de Tom en la granja, pero no se puede luchar contra él ni resistirse, porque no se sabe dónde está ni de dónde proviene. Todo se confunde: el que golpea y amenaza, a la vez, seduce mediante un baile o entra en juegos de poder y excitación. La visión-comprensión se enturbia, y así todo el peso cae en los intentos de la mente por comprender qué está pasando. Desde luego, es fácil señalar a Francis como el peligro, pero por eso debemos desconfiar de esta sencilla caracterización. ¿Quién es él? ¿El hombre violento, el que reprime su homosexualidad, quien se encuentra sometido a su madre, el detestado socialmente y por ello quien detesta a los demás, el solitario incomprendido, el que sólo quiere a alguien en su vida…? Nada es claro en Tom en el granero.

Así pues, desde aquella secuencia en la que Tom busca a alguien se vislumbra lo que será su estancia en la granja: la búsqueda del reemplazo de Guillaume en tierra hostil. No obstante, encuentra lo mismo: Francis tiene la cara y voz de su hermano, según dice Tom mientras es ahorcado, durante un juego de poder y excitación. Y quizá la semejanza vaya más allá, al ser ambos dominantes, cada quien a su modo: Francis, mediante la violencia; y Guillaume, mediante un dominio sexual, al acostarse con todos los que desea. De este modo, caemos en la cuenta de que todavía a estas alturas del filme, Tom no supera el estancamiento. Al parecer, le resulta imposible salir de ahí por sí solo: cualquier banalidad lo detiene, como su maleta.

Entonces, llegó alguien externo, con una mirada clara: Sarah. Ella ve lo que Tom no puede, por ejemplo, los moretones que tiene. Y a su alrededor se gesta el develamiento: Agathe casi descubre lo que esconde Francis; y gracias a que la llevan a la estación de autobús, Tom conoce a la única persona dispuesta a hablar en el lugar donde, precisamente, todos se desahogan: un bar. Y así la senda se abre…

Ya nada detiene la huida de Tom: ni la maleta que al comienzo lo retuvo, ni la falta de auto, ni la distancia. Y todo termina de manera brillante, en los créditos, con Tom llegando a la ciudad al ritmo de Going to a town de Rufus Wainwright. Pero Xavier Dolan es brillante, y no termina la película; la deja abierta, con el último plano, donde el semáforo da la luz verde para seguir avanzando.

Título original: Tom à la ferme.
Título: Tom en el granero.
Director: Xavier Dolan.
Guión: Xavier Dolan y Michel Marc Bouchard, basados en la obra homónima de Michel Marc Bouchard.
Producción: Xavier Dolan, Charles Gillibert, Nathanaël Karmitz, Nancy Grant.
Fotografía: André Turpin.
Edición: Xavier Dolan.
Música: Gabriel Yared.
País: Canadá y Francia.
Año: 2013.
Elenco: Xavier Dolan (Tom), Pierre-Yves Cardinal (Francis), Lise Roy (Agathe), Evelyne Brochu (Sarah).

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