Visita al Museo Memoria y Tolerancia.

La visita al Museo Memoria y Tolerancia pretender ser edificante, o al menos una que deje onda huella en nosotros, pues recibe a sus visitantes con la intención de abrirles el corazón, según reza el cartel afuera del Museo. Además, cuenta con una excepcional ubicación, frente al Hemiciclo a Juárez, cuya famosa frase resuena a la entrada, y más tarde volvemos a encontrar dentro de las instalaciones: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. Así, al entrar, somos recibidos por una fachada de cristal, de tal modo que la primera experiencia nos hace ver que este Museo aspira a la libertad. No obstante, cosa que al parecer no puede faltar, inmediatamente pasas por un detector de metales, y tus cosas se someten a las revisiones de regla.

Pero antes, al momento de comprar tu boleto de entrada, quienes te reciben ofrecen tres formas de realizar tu visita: con un guía experto en las exposiciones, con una audioguía, o bien, en solitario. La que recomiendan como la mejor es entrar con el guía experto pero, claro está, a un precio más elevado. Por mi parte, decidí recorrerlo en solitario (la opción más barata de las tres), pero sospecho que no importa cuál opción se escoja: con cualquiera de ellas la visita no agotará lo que ofrece el Museo. Por ejemplo, al recorrerlo sin guía ni audioguía, quizá nos privamos de valiosos comentarios o apuntes sobre lo que vemos y no vemos; y al recorrerlo en alguna de las formas anteriores, inevitablemente, dejamos de controlar nuestro ritmo, y con ello la capacidad de detenernos más o menos tiempo en algún video, imagen o información, para sopesar, sentir y vivir de manera más intensa lo que vemos. Así, creo, el Memoria y Tolerancia está hecho para que se visite de las tres formas posibles, ya que sólo de este modo podemos pretender agotar lo que ofrece.

Ya en el vestíbulo, nos encontramos con un espacio amplio y de colores claros, y al mirar hacia arriba podemos observar los pisos que componen el edificio. Otra vez, la experiencia nos dice que estamos en un lugar de libertad, además de placentero, sin obstáculos que se interpongan en el camino y colores que en ningún modo significan opresión u oscurantismo.

Propiamente, la exposición comienza tras subir el ascensor, con dirección al quinto piso, pues en el recorrido se va desde arriba hacia abajo, hasta el tercer piso. Lo que nos da la bienvenida es un video donde se habla, grosso modo, sobre lo luminoso que tiene la humanidad y cómo ha creado maravillas, pero también menciona una parte oscura que, entre otras cosas, ha desembocado en genocidios.

De este modo, se nos abre el paso a la exposición, y nos encontramos con el suceso que inmediatamente asociamos a lo terrible: el Holocausto o la Shoah. A estas alturas, aunque no lo percibamos al momento, ocurre un cambio en el espacio y colores: tras el límpido vestíbulo y la encantadora vista que ofrece nuestra llegada al quinto piso, al entrar a la exposición los espacios se reducen y los colores dominantes son el negro, el rojo y el café; además, somos envueltos, en ocasiones, por una iluminación opresiva.

Se recorre desde los comienzos, con Hitler estableciéndose en el poder, la propaganda antisemita, las teorías para sustentar la superioridad de la “raza aria”, etcétera; pasando por la vida en los campos de concentración, hasta los Juicios de Núremberg. Sin lugar a dudas, me parece que ésta es la mejor sección en todo el recorrido. Es poderosa, con una ambientación siempre adecuada, enfrentando al visitante a cada momento con la crudeza del asunto. Además, en ella se maneja el tempo de manera brillante, al colocar las cosas en los momentos justos, por ejemplo: la exposición del vagón original proveniente de Polonia justo antes de la maqueta de las cámaras de gas y crematorios de Auschwitz. ¡Brillante!

Por desgracia, la fuerza y el impacto que tiene esta primera sección se diluye al seguir caminando. La secciones de Los armenios y Yugoslavia apenas cuentan con un pequeño espacio. Después, la sección dedicada a Ruanda, 1994, si bien cuenta con una ambientación notable, imágenes e información valiosa, empero, se percibe como un exabrupto, pues las posteriores (Guatemala, Camboya y Darfur) incluso llegan a carecer de información si se comparan con las dedicadas a la Shoah y Ruanda. Queda la sensación de que se nos pudo haber dicho y mostrado más… y los visitantes parecen saberlo, porque atraviesan estas secciones apenas dando un vistazo, en ningún modo comparables a los grupos que se detienen a ver y sopesar todo lo que observan sobre el Holocausto.

Terminamos con Darfur el primer circuito: Memoria. En general, pienso, logra su cometido: dejar la huella de los excesos, lo terrible y la crueldad de la que se puede ser capaz. Aunque, en su mayoría, gracias a la primera sección. Tras ver todo esto, como si de una consecuencia se tratara, pasamos al circuito Tolerancia, recibidos por una cita de Lévinas que busca hilar ambos circuitos: “El pasado de los demás y, en cierto modo, la historia de la humanidad en la que nunca he participado, en la que nunca he estado presente, es mi pasado…”

En Tolerancia, los espacios se amplían y la iluminación es más alegre. En esta parte del recorrido, pienso, es donde se encuentra la pretensión edificante que tiene el Museo: muestra la variedad, la diversidad, los derechos que tenemos, actos que inspiran y demás. Cada cual, según su constitución, apreciará este circuito. Para algunos, tal vez, en verdad resulte edificante, sin embargo, otros bien pueden creer que es molesto, como si el Museo ofreciera las reglas que todos debiéramos seguir, antes que buscar problematizar el asunto y a nosotros mismos.

El circuito Tolerancia es mucho más corto que el de Memoria, no obstante, cuenta con una considerable cantidad de material audiovisual, así que cada cual puede salir tan rápido como quiera. Al llegar al final del recorrido, en el tercer piso, queda el camino por las escaleras que nos lleva hacia el vestíbulo. Al bajar, uno se encuentra con un restaurante. Desde un punto de vista, la planeación es fantástica: nos ofrecen consumir algo tras acabar el largo recorrido; desde otro, puede resultar chocante que al finalizar añorando la libertad y tolerancia, inmediatamente nos encontremos con locales que buscan vendernos algo.

Y así, otra vez, llegamos al vestíbulo: espacio que aspira a la libertad. Se completa el circulo: libertad sin conocimiento (al llegar), conocimiento del pasado (Memoria), reacción ante lo terrible (Tolerancia), libertad con conocimiento (al salir). No obstante, al final la experiencia es una paradoja: libres, pero sometidos al consumo, ya que para salir se debe pasar por la tienda de recuerdos.

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