Dos clases de mentiras en Las aventuras de Pinocho.

ΟΙ_ΠΕΡΙΠΕΤΕΙΕΣ_ΤΟΥ_ΠΙΝΟΚΙΟ
Ilustración de Enrico Mazzanti (1883)

Esto sí, creo, es por todos conocido: la nariz de Pinocho crece cada vez que miente. Pero ligado a ello hay algo no tan conocido: además de las mentiras que hacen crecer la nariz, hay algunas otras que acortan las piernas. En la historia original, escrita por Carlo Collodi, se encuentra esto, que la Hada le dice a Pinocho después de que miente:

– Las mentiras, hijo mío, se reconocen en seguida porque suelen ser de dos clases: hay mentiras que tienen las piernas cortas, y mentiras que tienen la nariz larga. La tuya, por lo que veo, es de las que tienen la nariz larga.

(Carlo Collodi. Las aventuras de Pinocho. p. 76)

El error que hemos cometido y extendido es identificar todas las mentiras con el crecimiento de la nariz. Pero el asunto no es así: sólo algunas de ellas son de esa clase. Clase usual, desde luego, pero no las únicas que existen. Ahora bien, puede tomarse la relación de ciertas mentiras con una manifestación física como cosa divertida, nada más. O bien, puede pensarse que Collodi lo hizo para hacernos claro lo malo que es mentir. Pero creo que la unión creada entre una clase de mentiras y una manifestación física no es arbitraria, pues los resultados de la transformación física parecen semejantes a los de las mentiras dichas.

El caso más asequible de analizar es el de las mentiras que tienen la nariz larga, ya que son las de Pinocho, y Collodi mismo da el ejemplo. Me permito citar un pasaje largo de Las aventuras de Pinocho debido a su importancia. Como contexto, vale decir que a Pinocho le regalaron cinco monedas de oro, pero tras una serie de desventuras terminó con cuatro. A estas alturas la Hada, que lo rescató de la muerte, le dice:

– ¿Y ahora dónde has puesto las cuatro monedas? -le preguntó el Hada.
– ¡Las he perdido! -respondió Pinocho; pero dijo una mentira porque, por el contrario, las tenía en el bolsillo.
Apenas dijo la mentira, su nariz, que ya era larga, le creció de pronto dos dedos más.
– ¿Y dónde las has perdido?
– Aquí, en el bosque de al lado.
Ante esta segunda mentira la nariz continuo creciendo.
– Si las has perdido en el bosque de al lado -le dijo el Hada-, las buscaremos y las encontraremos, porque todo lo que se pierde en el bosque de al lado siempre se vuelve a encontrar.
– ¡Ah!, ahora que me acuerdo -dijo el muñeco aturrullándose-, las cuatro monedas no las he perdido, pero sin darme cuenta me las he tragado mientras bebía vuestra medicina.
Ante esta tercera mentira, la nariz se le alargó aún más, de forma tan extraordinaria que el pobre Pinocho ya no podía darse la vuelta hacia ningún lado. Si se volvía de un lado, la nariz le chocaba contra la cama o en los cristales de la ventana; si se daba la vuelta hacia el otro lado, su nariz golpeaba las paredes y la puerta de la habitación; si alzaba un poco la cabeza corría el peligro de clavársela en un ojo al Hada.
Y el Hada lo miraba y reía.
– ¿Por qué reís? -le preguntó el muñeco, completamente confuso y preocupado al ver que su nariz crecía a simple vista.
– Me rio de la mentira que has dicho.
– ¿Cómo sabeís que he dicho una mentira?
– Las mentiras, hijo mío, se reconocen en seguida porque suelen ser de dos clases: hay mentiras que tienen las piernas cortas, y mentiras que tienen la nariz larga. La tuya, por lo que veo, es de las que tienen la nariz larga.
Pinocho, no sabiendo ya dónde esconderse, lleno de vergüenza, intentó huir de la habitación, pero no lo logró.
Su nariz había crecido tanto que ya no pasaba por la puerta.

(Ibídem. pp. 75-76.)

La pregunta que, pienso, abre el camino a la interpretación del pasaje anterior es: ¿qué consecuencias tienen las mentiras que dice Pinocho? Es claro que las mentiras que dijo lo fueron encerrando cada vez más. Así, primero contó que perdió las monedas, y entonces tuvo que decir cómo las perdió. Segunda mentira: dijo que las perdió “en el bosque de al lado”. Pero como la princesa contestó que ahí eran fáciles de encontrar, entonces Pinocho perdió ese espacio de escape. De este modo tuvo que hallar otro: tercera mentira. Dijo entonces que se las tragó al beberse la medicina. Pero a estas alturas su nariz ya era tan larga que “el pobre Pinocho ya no podía darse la vuelta hacia ningún lado.”

Estas mentiras nos resultan bien conocidas: aquellas que nos llevan a decir una tras otra para cubrir los huecos que van dejando las anteriores. Uno dice, por ejemplo, que fue a X lugar cuando en realidad fue a Y, pero así se debe inventar cómo era X, qué se hizo ahí, por qué no se trajo algo, etcétera, y además de se deben cubrir los rastros que dejó la visita a Y. Son las mentiras que se identifican con las bolas de nieve que crecen y crecen hasta que nos aplastan; o con las telarañas, como en Sabrina la bruja adolescente, que se van haciendo cada vez más grandes, hasta que terminamos atrapados en ellas.

Pues bien, estas mentiras, tal parece, conforme se van diciendo, siempre que el otro tenga alguna ligera objeción o pregunta, nos van encerrando cada vez más. Si alguien dice que fue a X lugar, por ejemplo, ya no podrá decir que fue a Z, ni que hizo cosas diferentes a las que se pueden realizar ahí. Y mientras más mentiras se digan, más cosas se deben recordar, cuidando siempre de no contradecirse o cambiar detalles. Estas mentiras son de tal clase, pues, que nos van limitando el movimiento. Y si se dicen una tras otra, llega un momento en el que ya no hay para dónde moverse: se crea una historia lineal que crece con cada pregunta o sospecha. Pero con cualquier leve descuido se cae todo. Collodi identifica estas mentiras con la nariz larga, y ello no puede ser más acertado. Lo que provoca el tener una nariz larga es, precisamente, limitación del movimiento: Pinocho, al final, no podía salir de la habitación en la que estaba.

Basta imaginar cómo sería tener una nariz muy, muy larga: si movemos la cabeza, nuestra nariz terminaría chocando con algo. Salir de una habitación no sería posible; y si lo logramos, llegaríamos a otra donde enfrentaríamos nuevas dificultades. Como sea, el asunto es que nuestros movimientos siempre se verían limitados.

Por su parte, las otras mentiras, las de “piernas cortas”, no tienen algún ejemplo de Collodi, que yo sepa. Así que requieren más de nuestra capacidad interpretativa. Mi propuesta es la misma que con las mentiras de nariz larga pero a la inversa, es decir, observar las consecuencias, pero esta vez las de la transformación física. Hay que imaginar qué pasaría si nuestras piernas se acortaran poco a poco. Contrario a las mentiras de nariz larga, las de piernas cortas no imposibilitarían el movimiento, sino sólo lo harían más lento, ya que siempre quedan las manos y así la oportunidad de, cuando menos, arrastrase. Si bien esto es así, empero, la consecuencia de esta transformación es más cruel, pues se pierden partes del cuerpo; contrario a lo que pasa con la extensión de la nariz, donde se gana. Y resulta mucho más sencillo regresar a nuestra primera condición, cortando lo sobrante ─es decir, dejar de mentir y ofrecer disculpas─, tal como hacen Geppetto y la Hada con Pinocho. Pero en el caso de las piernas, ¿cómo recobrarlas? Imagino que para ello hace falta mucho esfuerzo y magia poderosa.

Se entreve, así, que las mentiras de piernas cortas son más terribles o graves, ya que conllevan una transformación tan cruel. Su resultado son seres deformes, pues mientras la parte baja del cuerpo disminuye su tamaño, sin embargo, la parte superior continuaría igual. Pues bien, a mi juicio, las mentiras de piernas cortas son aquellas que traicionan la confianza que alguien tiene en nosotros, porque con ellas siempre se pierde algo, ya sea la confianza o toda la persona, por ejemplo, cuando ésta nos deja de hablar. Además, en alguna forma, como los otros nos ayudan a movernos con sus estímulos, ánimos, amor, etcétera, es plausible interpretar que, al perder a alguien o su confianza, ciertos motores desaparezcan. Y es muy conocido, por lo demás, que recuperar la confianza de alguien es muy difícil.

Así pues, según parece, las mentiras de nariz larga son aquellas que se dicen una tras otra, inventando una historia; y las mentiras de piernas cortas, aquellas que traicionan la confianza depositada en nosotros. Collodi pensaba, creo, que ambas son malas, pero las primeras, para dejar de decirlas, requieren un leve escarmiento que siempre se puede dejar de padecer. En cambio, las segundas son castigadas fuertemente, tanto, que no muestra un ejemplo de recuperación, como si no se pudiera ello. Y así, entonces, uno se puede preguntar si por el mundo andamos algunos con piernas cortas; o ya sin ellas y, de este modo, más bien, nos arrastramos.

Bibliografía.

Collodi, Carlo. Las aventuras de Pinocho. Traducción y prólogo: Antonio Colinas. 1ª edición, Madrid: Ediciones Siruela. 2011. Colección: Tiempo de Clásicos/9.

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