Lo que puede nuestro cuerpo: ser extensible, multiforme y liberador.

montana de oro
“montana de oro”: fotografía via Flickr por emdot (emdot).

Antes, hace mucho, mi cuerpo me era extraño: apenas lo conocía, y eso era sólo porque estaba obligado a tener trato con él. De lo contrario, estoy seguro de que lo habría arrumbado por ahí, como si de un feo y prescindible traje se tratara. Mi trato con él, puede adivinarse, se reducía a los cuidados mínimos que se le debe dar, así lo bañaba y lo limpiaba, pero en cierto modo con los ojos cerrados porque hacía esas tareas de manera mecánica, sin ver el cuerpo donde las realizaba. Incluso aquellos que casi religiosamente lavan su coche los fines de semana tienen una mayor relación con ese cuerpo -que quizá al final sea una extensión del suyo- que la que yo tenía con el mío, pues ellos lo observan de manera detenida, para ver si ha quedado algún lugar por limpiar, e incluso a veces le dan, lo que se llama, una segunda pasada, por si las dudas y por el simple placer de hacerlo. Yo no hacía nada de eso; es más, las tareas de limpieza corporal las realizaba aunque sin prisa, tampoco con gran detenimiento ni dedicación. Pienso que de haber visto en ese tiempo American Psycho de Mary Harron, sin duda me habría sorprendido el contraste entre lo que yo hacía y la manera en que, cada mañana, Patrick Bateman se relacionaba y trataba su cuerpo.

Pero con el paso del tiempo algo cambió, pues me arriesgué y traté de conocerlo. Hablo de riesgo, porque ello requirió que me armara de valor. Fue ahí cuando me di cuenta de que le tenía miedo a mi cuerpo: miedo de que hubiera algo en él que me desagradara o que no pudiera soportar. Y así, no sé bien cómo, tuve el coraje de conocer mi cuerpo poco a poco: descubrí sus lunares, sus marcas, sus diferentes texturas, sus colores, etcétera. Encontré, a decir verdad, varías cosas que no me gustaron -y que aún no me gustan-, pero nada que fuera tan desagradable que detestara su presencia. Así empece a tener un mayor trato con este cuerpo mío, y me dediqué a su cuidado con un poco más de atención, aunque no como Patrick Bateman, que lo suyo parece ser obsesión.

Poco a poco, pues, me fui relacionando más con él, y descubrí los cambios que había sufrido por mi casi nulo trato y cuidado anterior. Entre éstos estaban algunas cosas que no me gustaron y que aún no me gustan: así encontré cómo, por ejemplo, de tanto jugar fútbol en el sol, de las rodillas para abajo y un poco arriba del tobillo tenía piel como de cocodrilo, con escamas. Efecto del sol, de la tierra, de no usar crema y demás negligencias mías. Hay otro fenómeno que es bien conocido, el cual consiste en que las partes de la piel expuestas al sol se van oscureciendo cada vez más, mientras que aquellas ocultas bajo la ropa son de un tono más claro. Piel de Duvalín, le dicen algunos de mis conocidos.

He aquí, pues, algo que parece ser cierto: aunque no lo sepamos, los cuerpos cambian. Y estos cambios, cosa extraña, hacen que en un cuerpo haya más de uno. De este modo, por ejemplo, hay piel de naranja, piel de cocodrilo, piel de Duvalín, zonas de cráteres debidas al acné, líneas como ríos que son las varices, desiertos de piel seca, espejos de piel grasosa o montañas que tomaron la forma de verrugas. Así uno, aunque no lo sepa, es a la vez desierto, cocodrilo, naranja, espejo, selva, luna y dulce. Pero cuando uno se relaciona más con su cuerpo de lo que se trata es de luchar contra esta variedad: ¡hay que hacer el cuerpo uniforme!, éste es el grito de guerra. Lo que se busca es piel de color invariable, sin “imperfecciones”, según se les llama, toda ella suave al tacto. O bien, de lo que se trata es de controlar la variedad: el vello sólo ha de crecer donde uno quiera; la forma que tendrá el cuerpo es la que uno desee, ya sea que se divida la lengua en dos, se recurra a cirugía plástica o se emprenda una dieta para lucir tal ropa; y tendrá los colores o los cuerpos que yo demande, así el cabello puede ser rosa, azul o verde, o la piel ser roja debida a un corazón sangrante que esté tatuado. Y se puede ser jardín con flores tatuadas, tigre con el maquillaje adecuado e incluso mapa, como Agatha en El gran hotel Budapest de Wes Anderson, al tener una marca con la forma de México en su mejilla.

Hablo de todo esto, porque quisiera decir algunas cosas sobre lo que un cuerpo puede: nuestro cuerpo como espacio extensible, multiforme y liberador. Pero me parece que no debemos olvidar tres asuntos, a saber, que el cuerpo es un espacio o, mejor dicho, pues somos un cuerpo, que somos un espacio; que aunque éste sea nuestro cuerpo ello no significa que tenemos una relación inmediata con él, o sea, que nos puede ser extraño o pasar desapercibido; y que aquello, ser extensibles, multiformes y liberadores, sólo pueden hacerlo los cuerpos sanos.

Ésta debiera ser una verdad tan obvia como el saber que estamos vivos: somos un cuerpo, y somos un espacio porque somos un cuerpo. Pero no es así, me temo. Ya he contado lo extraño que me resultaba el mío, mas no es necesario ir tan lejos para notar cuán fácilmente podemos olvidar que somos un cuerpo. Se sabe desde hace mucho que vivimos la mayoría del tiempo apoltronados. Así Henry David Thoreau, ya en 1862, confesaba en su ensayo Walking que le asombraba cómo sus vecinos se confinaban a las tiendas y oficinas todo el día, sentados, “durante semanas y meses, y a veces años casi consecutivos”. (Henry David Thoreau. “Caminando” en Antología de Henry David Thoreau. p. 154.) Así, apoltronados, es muy fácil olvidar que somos un cuerpo, más aún gracias a la enormidad de sillas y sillones fabricados para nuestra mayor comodidad. Ahora, con el asiento correcto, puedes pasar horas sentado frente al televisor, la computadora o con el iPad en las manos, y todo ello sin ningún dolor ni incomodidad, o sea, olvidando el cuerpo. Tan común es esto y está tan arraigado en nosotros que ahora nos deben recordar, en los manuales de instrucción, que debemos levantarnos de vez en cuando a estirar las piernas y brazos, mover el cuello o cambiar de postura, es decir, mover el cuerpo. Nos dicen, básicamente: ¡no lo olvides, eres un cuerpo que debe moverse!

Michel Serres describe esto es el cine, “dónde los que miran permanecen sentados y pasivos en una cámara negra, reducidos a la mirada, único activo en una carne tan ausente como una caja negra”. (Michel Serres. Variaciones sobre el cuerpo. p. 35.) Carne ausente, es verdad, pues ¿quién nota el hambre, la presión que el sillón (muy cómodo él, por cierto) ejerce en su espalda y nalgas, los pies que estiró antes de que comenzara la película o a los vecinos de asiento? Es como estar solo, siendo pura visión y oídos, agregaría yo. Tanto así que sólo un exabrupto (un grito repentino en la película, su final o el vecino de asiento hablando por celular) que se note a través de ellos es lo que quiebra su concentración y restituye al cuerpo su presencia. Pero ahora ya no sólo los asientos son capaces de hacer que el cuerpo parezca ausente, increíblemente, también al estar de pie se puede olvidar el cuerpo y, más increíble aún, incluso al caminar y no se diga al correr. Todo ello gracias a que el oído puede ahora ser el único activo, mediante los audífonos, en una carne ausente que se mantiene de pie o en movimiento por pura inercia. En verdad, así se explica que, al frenar repentina y de manera leve el transporte colectivo, todos pierdan el equilibrio y estén a punto de caer: su cuerpo estaba dormido, y si no fuera porque él reacciona tan velozmente todos caerían sin remedio. Sobre el caminar y el correr quizá no sea tan necesario hablar, en el primer caso porque en cierto modo ya lo repiten todo el tiempo, que es muy peligroso usar los audífonos al caminar por las calles; y en el segundo, porque es muy obvio, pues los corredores se preocupan más por lo que van a oír (y se lamentan mucho cuando olvidan su aparato reproductor, vaya que los he visto) que por el correr mismo.

Es fácil, sin duda, olvidar que somos un cuerpo. Pero creo que al menos hay dos formas en que ello, si lo queremos entender belicosamente, se puede combatir, o si se prefiere, de manera más mesurada, paliar o sobrellevar: la primera es la enfermedad; la segunda, la atención y el cuidado. Pregúntenle a cualquier enfermo o convaleciente, y cierto estoy de que está bien seguro de que es un cuerpo. La fiebre, el dolor de estómago o de cabeza, el piquete de una abeja e incluso, quizá, la más leve comezón -si es lícito considerar ésta una enfermedad en tanto que malestar-, nos recuerdan a cada momento que somos un cuerpo. Y ni hablar del cáncer o del asma, por ejemplo. Yo no dudo que ni siquiera el más obcecado por los problemas de la mente, al vivir lo que es una infección estomacal, se resista a reconocer que es un cuerpo. Aunque, claro, en cuanto recobre la salud lo hará de nuevo.

Pese a que la enfermedad es constante en la vida, y así más o menos regular el recuerdo de que se es un cuerpo, sin embargo, como dijo Virginia Woolf, ella no ocupa “un sitio entre los temas principales de la literatura, al lado del amor, la guerra y los celos. Uno pensaría que hay novelas dedicadas a la influenza, poemas épicos sobre la tifoidea, odas a la neumonía, poemas líricos al dolor de muelas. Pero no.” (Virginia Woolf. Estar enfermo. p. 16.) Antes bien, igual como apreció ella, “las personas escriben siempre sobre las actividades de la mente; los pensamiento que llegan hasta ella, sus nobles planes, la forma en que la inteligencia ha civilizado al universo. Lo manifiestan ignorando al cuerpo en la torre del filósofo, o pateándolo, como si fuera una vieja pelota de cuero”… (Ibídem. p. 17.) Una difícil pregunta: ¿por qué pasara esto? No lo sé a decir verdad, pero sospecho que todo radica en que se tiene a la enfermedad como algo contra el equilibrio entre el cuerpo y la mente. Como si el estado del cuerpo, el normal, fuera pasar desapercibido, mientras que la mente siempre está viva y en movimiento, y así todo aquello que perturbe su serenidad es algo contrario a él. Y, desde luego, nunca se va a enaltecer ni con novelas, ni poemas ni odas, a esa malvada enfermedad que viene a perturbar el equilibro entre nuestro cuerpo, casi muerto, y nuestra mente siempre viva, haciendo a ésta torpe o durmiéndola, y a aquél feroz y siempre gritando que ahí está. Además de esto, otra dificultad de la enfermedad es que ella es pasajera, y así el recuerdo de que somos un cuerpo también lo es. E incluso cuando ella no lo es, cuando con el paso del tiempo se va haciendo cada vez más manifiesta, al grado en que el cuerpo llega cobrar tanta fuerza que ni la mente puede levantarlo ya; sin embargo, un breve momento de salud o bienestar, por no hablar de los sedantes, es capaz de acallar los largos y potentes gritos que el cuerpo ha dado.

Mas, admitámoslo, a nadie le gusta estar enfermo, porque la enfermedad, sí, recuerda y le da fuerza al cuerpo, pero lo hace mediante la pesadez. Un cuerpo enfermo pesa, es una carga; la enfermedad nos recuerda al cuerpo de manera negativa, haciéndonos ver que debemos cargar con él, aunque no queramos. Nos lo recuerda como villano, fardo, cárcel, ser molesto que es tan poderoso que nos puede tumbar en una cama de por vida. La otra forma, la atención y el cuidado, creo que es más positiva, porque para practicarla hay que afirmarse, a veces, como en mi caso, enfrentando el miedo y aunque no guste todo él: “sí, yo soy este cuerpo”. Y, además, esta relación con el cuerpo se encamina a la salud. Recuérdese, por ejemplo, cómo Thoreau decía que no podía conservar su salud si no salía a caminar cuando menos cuatro horas diarias por bosques, colinas y prados.

Pero, ¡atención! Lo cierto es que nadie puede dejar de olvidar que es un cuerpo. Recuerdo con una sonrisa cómo Hal, en Malcolm el de en medio, tiene la costumbre de revisar una vez a la semana, con un espejo, cada parte de su cuerpo. Y sin embargo, en otro capítulo, un Hal más joven y más atento, le reclama haberse descuidado. En verdad, yo no creo que ni el más atento y preocupado por su cuerpo, en el cine o en el trasporte colectivo, sea capaz de no olvidarlo. Por eso yo prefiero entender estas formas, la enfermedad, la atención y el cuidado, de manera mesurada, o sea, para sobrellevar el olvido de que somos un cuerpo; y no belicosamente, porque no es una guerra en la que alguna postura deba ganar o perder, y porque parece ridículo crear otra guerra más en nosotros, más aún cuando hacerlo sería por pura obstinación. Y qué bueno, digo yo; qué bueno que no podamos dejar de olvidar que somos un cuerpo, porque si lo pudiéramos hacer, sospecho que nos ensimismaríamos, como la mente lo hace, trabajando sobre sí una y otra vez, sin descanso. Quizá un poco como lo hacen aquellos que son adictos al ejercicio o que no pueden salir de los gimnasios. Y además, lo que sería terrible, ya no podríamos ver películas ni sumergirnos en la música.

Pero las prácticas de atención y cuidado del cuerpo son de dos tipos: aquellas que sólo ven el espacio del propio cuerpo y aquellas que hacen el espacio del cuerpo extensible. ¿El cuerpo, un espacio? Sí: somos un cuerpo, y somos un espacio porque somos un cuerpo. Michel Serres lo dice, a mi gusto, de manera muy bella: “extiende tus brazos y tus piernas: en el espacio, tus veinte dedos alcanzan un gran marco rectangular o un círculo, tu asidero máximo de estrella de mar, de pulpo o de gibón, sobre el mundo.” (Michel Serres. Op. cit. p. 31.) Magnífico: el mundo, un espacio; tú, en él, también.

Las prácticas de atención y cuidado del cuerpo que sólo ven el espacio del propio cuerpo son aquellas de las que ya he hablado, muy al comienzo: la limpieza corporal, el tatuaje, los tintes y cortes de cabello, las cirugías plásticas, las dietas, etcétera. Ellas, es muy notorio, se enfocan en el propio cuerpo, ya sea que busquen hacerlo uniforme o controlar sus variedades. Todas ellas se enfocan a la salud, creo yo, aunque, claro, los excesos siempre son malos. Sólo un necio se haría un tatuaje en condiciones insalubres o sólo la obstinación llevaría a alguien a arriesgar la salud en una cirugía plástica, pienso yo. Y si lo hicieran, entonces ya no estarían atendiendo y cuidando su propio cuerpo, sino otro, diferente del que tienen, ideal, en su mente, o en definitiva el de otro. Así, aquel que se transformó a imagen y semejanza de Superman o aquella que lo hizo para ser una Barbie de verdad, ni uno cuidó su propio cuerpo, sino el de otro, el de Barbie y Superman.

Pero las prácticas de atención y cuidado del cuerpo que hacen el espacio de éste extensible son bien distintas. Aunque, para ser sincero, no creo practicar ninguna de ellas, pero las he leído en dos hombres en que confío: Henry David Thoreau y Michel Serres. En el caso del primero es el caminar; en el segundo, el montañismo. Es en estas prácticas de atención y cuidado del cuerpo, de las cuales con seguridad hay más, que yo veo que él puede ser un espacio extensible, multiforme y liberador. Aunque, claro, para mí, por ahora, es sólo algo teórico, aunque ello sea eminentemente vivencial.

Michel Serres describe así la experiencia en la montaña: “cuando las manos aprietan la roca hasta la sangre, y el pecho y el vientre, las piernas y el sexo permanecen paralelos a la pared, y la espalda, los músculos, los sistemas nervioso, digestivo y simpático se comprometen, juntos y sin reservas, en la aproximación material del relieve, en una relación de lucha aparente y de seducción real, de manera que la piedra, al tacto, pierde su dureza para ganar, como amada, una sorprendente suavidad, la vista incluso amplia, pierde la distancia de sobrevuelo e involucra a todo el cuerpo, como si la totalidad del organismo, ahora lúcido, fuera una extensión de la mirada, mientras que los ojos se oscurecen un poco; aquello que, desde arriba, es un espectáculo, se integra entonces al cuerpo cuya estatura, como contrapartida, crece en las gigantescas dimensiones del mundo. […] La vista se recuesta en el tacto. Los tejidos y los huesos se vuelven tan elásticos que creo tocar el valle con mis dedos, a tres mil metros por debajo de mí, y hasta el pico, antes de llegar.” (Ibídem. p. 35.)

Es necesario recobrar el aire tras leer cosas tan bellas…

La vista se recuesta en el tacto: sabemos que la vista es limitada, tanto que para hacer una observación panorámica debemos girar el cuello. Pero el tacto… ¡Oh, el tacto! El órgano más grande es la piel, y vaya que es tan grande que la mente no puede decirnos todo lo que ella está sintiendo. En esto, en lo limitado, la mente y la vista son semejantes. Ya lo vio Godard en Elogio del amor: cuando pienso en una cosa, en realidad pienso en otra, así si veo un lugar nuevo para mí, éste trae a mi mente otro, y después de ver éste regreso al primero y lo comparo, y así sé que ese lugar es nuevo para mí. De este modo, como vio William Hazlitt, “diríase que sólo podemos pensar en un lugar a la vez”. (William Hazlitt. “Dar un paseo” en El arte de caminar. p. 29.) Y así, otra vez como vio él, “la mente no puede formarse del espacio una idea más grande que lo que el ojo puede abarcar en una sola mirada”. (Ibídem. pp. 30-31.) Pero, eso sí, debemos reconocerle a la mirada su lucidez, pues siempre podemos saber lo que estamos viendo. Empero, cuando la vista se recuesta en el tacto, ¡maravilla! ¡Todo el cuerpo se hace lúcido! Así, todo él se compromete y todo lo que siente se hace manifiesto, pero se expande, o más bien se vuelve “ese tacto que cambia la pared de roca en carne, por una maravillosa transustanciación”. (Michel Serres. Op. cit. p. 36.) Esto es muy claro con la vista, cuando ella se cierra a todo y se pasma en la contemplación de algo, como ampliándolo para que no se salga de foco, la pantalla en el cine o el ser amado, por ejemplo; sólo que, al contrario es con el cuerpo, cuando la vista se recuesta en el tacto, pues no se cierra a nada sino que siente todo el mundo por ser espacio y serlo también él; siente todo, pues. Y se transmuta la roca en carne o la carne en roca. Michel Serres, así, toca todo el valle, con sus árboles, pastos, lagos y demás. ¡Espacio extensible y multiforme es el cuerpo!

Thoreau en sus caminatas también vivió esto. Y según creo se alarmaba cuando no lo lograba, así cuenta, en su ensayo Walking, lo que a veces le pasaba: “me siento alarmado cuando me interno una milla en los bosques sin ir ahí en espíritu. En la caminata vespertina me deleito olvidando todas mis ocupaciones y obligaciones matinales con la sociedad. Pero a veces sucede que no puedo desprenderme con facilidad de la villa. El pensamiento de algún trabajo me ronda en la cabeza y no estoy donde está mi cuerpo: estoy fuera de mis sentidos. ¿De qué me sirve hallarme en el bosque si pienso en algo que no es de los bosques? Sospecho de mí mismo, y no puedo menos que estremecerme, cuando me sorprendo tan implicado hasta en lo que se llaman buenas obras, porque esto puede suceder a veces.” (Henry David Thoreau. Op. cit. p. 156.) El cuerpo estaba en el bosque, pero Thoreau se hallaba a veces fuera de su cuerpo, fuera de sus sentidos. Así, el cuerpo era parte del bosque, pero nada más, porque ni sus sentidos lo percibían ni pensaba en él. ¿Pero qué pasaba cuando lo lograba? Sin duda, ahí lograba todo él ser parte del bosque, se volvía parte constitutiva del mismo, pues su cuerpo estaba en el bosque, sus sentidos lo percibían y pensaba en cosas del bosque. Transustanciación: carne en bosque o bosque en carne.

Quizá no lograba la misma amplitud de impresiones que Michel Serres, pues él en la montaña se encuentra a no sé cuántos pies de altura y Thoreau, a fin de cuentas, andaba a ras de piso. Sin embargo, cuando llegaba a una colina sus impresiones se intensificaban: “desde muchas colinas domino la civilización y las moradas del hombre a la distancia. Los agricultores y sus obras son escasamente más notables que las marmotas y sus madrigueras. Del hombre y sus asuntos, la Iglesia y el Estado y la escuela, el intercambio y el comercio, y las manufacturas y la agricultura, aun la política, la más alarmante de todos ellos, me encanta comprobar cuán poco espacio ocupan en el paisaje.” (Ibídem. p. 157.) No se olvide que en estos casos todo él es parte del bosque, pero pasa algo al llegar a la cima de la colina: ve todo el paisaje. Y de repente se ve a sí mismo como ese paisaje, donde los asuntos del hombre son pequeños espacios, y ahora sí logra olvidarse de la villa y sus asuntos, porque son nimios. Aunque, otra vez, las impresiones de Serres parecen ser de más amplitud: ¡el ya ni siquiera menciona los asuntos del hombre! ¡Allá arriba se esfuman completamente! ¡Liberador es, entonces, también el cuerpo! Nos libera de los asuntos de los hombres, de las cosas de la sociedad: del comercio, del Estado, la política… ¡Todo puede esfumarse gracias al cuerpo!

Como dije, yo no he vivido esto, pero confío en lo experimentado por estos hombres: creo así que el cuerpo, nuestro cuerpo, puede ser extensible, multiforme y liberador. Aunque, para ser sincero, las dudas me aquejan: ¿hasta dónde podemos nosotros, humanos de ciudad, sin bosques, ni prados y montañas muy lejanas; hasta dónde podemos conocer esto que pueden nuestros cuerpos? Ni los parques, ni las alamedas, ni las calles remodeladas y supuestamente exclusivas para peatones, ni el montañismo en montañas artificiales, ni nada parecido sirve para ello. ¿Hasta dónde podemos… ¡No¡ Quizá mejor formulado: ¿qué debemos hacer nosotros, humanos de ciudad, para conocer y experimentar esto que pueden nuestros cuerpos?

Nota: una versión de este texto ha sido publicada en el número 56 de la revista Tierra Baldía, editada por la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

Título original: American Psycho.
Título: Psicópata americano.
Directora: Mary Harron.
Guión: Mary Harron y Guinevere Turner, basados en la novela homónima de Bret Easton Ellis.
Producción: Christian Halsey Solomon, Chris Hanley y Edward R. Pressman.
Fotografía: Andrzej Sekula.
Edición: Andrew Marcus.
Música: John Cale.
País: Estados Unidos.
Año: 2000.
Elenco: Christian Bale (Patrick Bateman), Justin Theroux (Timothy Bryce), Josh Lucas (Craig McDermott), Bill Sage (David Van Patten), Chloë Sevigny (Jean), Reese Witherspoon (Evelyn Williams), Samantha Mathis (Courtney Rawlinson).

Título original: The Grand Budapest Hotel.
Título: El gran hotel Budapest.
Director: Wes Anderson.
Guión: Wes Anderson y Hugo Guinness, inspirados por los trabajos de Stefan Zweig.
Producción: Wes Anderson, Jeremy Dawson, Steven M. Rales y Scott Rudin.
Fotografía: Robert D. Yeoman.
Edición: Barney Pilling.
Música: Alexandre Desplat.
País: Estados Unidos y Alemania.
Año: 2014.
Elenco: Ralph Fiennes (M. Gustave), F. Murray Abraham (Mr. Moustafa), Adrien Brody (Dmitri), Willem Dafoe (Jopling), Tilda Swinton (Madame D.), Jude Law (Young Writer), Saoirse Ronan (Agatha), Tony Revolori (Zero).

Título original: Éloge de l’amour.
Título: Elogio del amor.
Director: Jean-Luc Godard.
Guión: Jean-Luc Godard.
Producción: Alain Sarde y Ruth Waldburger.
Fotografía: Julien Hirsch y Christophe Pollock.
Edición: Raphaele Urtin.
País: Francia y Suiza.
Año: 2001.
Elenco: Bruno Putzulu (Edgar), Cécile Camp (Elle), Jean Davy (Abuelo), Françoise Verny (Abuela), Audrey Klebaner (Eglantine), Jérémie Lippmann (Perceval).

Bibliografía.

Hazlitt, William. “Dar un paseo” en El arte de caminar. Traducción: Juan José Utrilla. 1ª edición, México: Universidad Nacional Autónoma de México. 2004. Colección: Pequeños Grandes Ensayos/11. pp. 15-36. [Versión epub de este libro]

Serres, Michel. Variaciones sobre el cuerpo. Traducción: Víctor Goldstein. 1ª edición, Argentina: Fondo de Cultura Económica. 2011. Colección: Colección Filosofía.

Thoreau, Henry David. “Caminando” en Antología de Henry David Thoreau. 1ª edición, México: Ediciones Oasis. 1970. (En ninguna parte del libro se dice quién tradujo el ensayo de Thoreau)

Woolf, Virginia. Estar enfermo. Traducción: Laura Emilia Pacheco. 1ª edición, México: Universidad Nacional Autónoma de México. 2007. Colección: Pequeños Grandes Ensayos/50.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s