Amor eterno.

film_un_long_dimanche

1.

Como en Amélie, la que quizá sea la película más renombrada de Jean-Pierre Jeunet, así también en Amor eterno todo gira en torno a una búsqueda, la de Manech. Claro, para que ella comenzara en aquélla fue necesario que se diera primero un encuentro: el descubrimiento del tesoro que cuarenta años atrás un niño había escondido. Y sólo tras haberlo hallado es que Amélie emprende la búsqueda de Dominique Bretodeau; así como también sólo después de que Nino y Amélie se encuentran por vez primera, ella lo busca a él y después él a ella. Pero también en Amor eterno hubo un encuentro, salvo que éste no es el comienzo de la película ni lo vemos como punto de partida sino que se encuentra insertado por ahí: aquella ocasión en que el pequeño Manech ve a Mathilde irse a su casa, la intercepta, le pregunta si tiene amigos y al descubrir que no, él se ofrece a serlo. Es más, según parece, en ambas películas los encuentros son una especie de salvavidas: el encontrar a Nino y de manera previa el tesoro de Bretodeau, si escuchamos lo que Monsieur Dufayel dijo, salvó a Amélie de que su corazón se hiciera seco y frágil como el esqueleto de él. En Amor eterno, Mathilde soñó, el mismo día que vio por vez primera a Manech, que él la salvaba de caer desde el faro. Y según creo, quizá por esto es que el corazón de Amélie fulgura la segunda vez que ve a Nino, al igual que lo hacen Mathilde y Manech abrazados, después de que éste la salvó: se destaca de forma luminosa aquello que se salva o se salvará con ese encuentro, el corazón de la señorita Poulain y la vida de ambos, como agradeciendo felizmente.

Algo unió desde el comienzo a Mathilde y Manech, inexplicable y sólo propio de locos o seres que deliran, según piensan varios. Así nadie comprende que ella se aferre a la idea de que Manech sigue con vida: “pon los pies sobre la tierra”, le dijo Bénédicte; “estás desperdiciando tu dinero en una cruzada grotesca”, afirmó Pierre-Marie; “tus sueños no tienen bases”, dijo Sylvain. En cuanto a Manech, quien dice sentir en su mano cómo late el corazón de Mathilde, todos están de acuerdo en que esto se debe a que perdió la razón o se encuentra delirando por la fiebre; menos Mathilde, claro está, que sonríe ligeramente para sí cada vez que escucha esto. Así pues, la búsqueda que ella emprende no pudo tener bases menos sólidas: sabe que Manech está con vida pero nada se lo asegura; todos creen que ha muerto y así piensan que tal búsqueda es una locura; y quien da las primeras pistas, también igual que en Amélie, habla más de su propio pasado que de lo que se quiere saber, pues tanto Esperanza como Madame Wallace viven atormentados por ese suceso que los lleva a pensar en lo-que-pudo-ser si éste no hubiera sucedido, la guerra y la partida de su esposo con otra, respectivamente, y así mejor se resguardan en lo que pasó antes de él. Tan poco sólidas son las bases de la búsqueda que incluso Mathilde, en al menos dos ocasiones, llegó a creer que en verdad Manech estaba muerto.

Entonces la búsqueda que vemos en Amor eterno es, quizá, muestra de las más terribles que se pueden realizar: no promete nada, no tiene pistas claras, todos creen que es una locura, la mayoría de quienes pueden ayudar se encuentran muertos, alguno que otro oculta pistas a propósito… y todo ello siendo coja, además. ¡Ni siquiera aquellos que se aventuran a la búsqueda de tesoros enterrados enfrentan tales dificultades! Pero Mathilde no es idiota, como ella misma dijo, y así también, igual que Germain Pire, es obstinada.

Al parecer, sólo seres como ellos son capaces de llevar a cabo tales búsquedas; astucia y obstinación es lo que requieren. Así vemos las estratagemas de ambos: Mathilde ablandando a Pierre-Marie usando una silla de ruedas; o Germain Pire haciéndose pasar por tío, conocido o encargado de entregarle un dinero que heredó a Tina Lombardi. Y ciertamente ambos son perseverantes, tal vez hasta el exceso, pues basta con ver que Mathilde va en busca de todos aquellos que puedan decirle algo que esté relacionado con lo que pasó en Bingo Crepuscule o, mejor aún, observar las investigaciones que realiza Germain Pire, visitando incansablemente burdel tras burdel.

Pero este tipo de búsquedas requieren tales características e incluso el llegar a los extremos, porque el peligro que conllevan es el máximo: la muerte. Así la voz en off nos dice al comienzo que si Manech estuviera muerto, Mathilde lo sabría y que “se ha aferrado a su intuición como a un cable endeble”, y “si ese cable no la lleva a su amante, no importa: lo puede usar para ahorcarse”. De este modo, si es que es cierto que el encuentro con Manech salvó su vida, juntó con la de él, entonces la búsqueda que emprende Mathilde en el fondo no es para hallarlo sino para salvar la vida de ambos. Y si no lo encuentra, aquello que pudo salvarla junto a él, es lo que la mataría. Como si Hölderlin hubiera visto Amor eterno: “Pero donde hay peligro / crece lo que nos salva.” (Friedrich Hölderlin. “Patmos”. p. 395.) Ahí en la búsqueda emprendida por Mathilde, movida por su intuición de que Manech sigue con vida, está lo que puede salvarla, pero también lo que podría matarla.

Pese a lo que pueda parecer, hablando propiamente, Mathilde no encontró a Manech. Él murió en Bingo Crepuscule, junto a Ange Bassignano, Six-Soux, Bastoche y Benoît Notre-Dame. Ella halló a Jean Desrochelles en un cuerpo que perteneció a Manech Langonnet, es decir, hubo un final a medio camino, así este reencuentro no salvó a nadie, pero tampoco provocó la muerte de Mathilde. Porque no fue un reencuentro lo que se dio, sino un nuevo encuentro; fue como si se hubieran visto por vez primera. Así, como lo hizo el pequeño Manech tiempo atrás, las primeras palabras que Jean le dijo a Mathilde fueron para preguntarle si le dolia al caminar. Es por esto que Mathilde no se lanzó abrazarlo, porque era el primer encuentro y no el reencuentro de dos amantes, de este modo aún había una separación entre ellos y así se apoyó contra su silla, enlazó las manos sobre su regazo y lo miro. “Con la dulzura del aire, con la luz del jardín, Mathilde lo mira, y lo mira, y lo mira…” En no pocos primeros encuentros existe esta separación: aún no nos entregamos al otro, ya sea corporal o confidencialmente, y sin embargo ya establecimos la relación con el primer “hola”, la primera pregunta o con la primera mirada.

El final a medio camino ya le había sido anunciado a Mathilde en cierta forma: cada vez que estableció correlaciones entre la vida o muerte de Manech y otras cosas, los resultados fueron ambiguos. Excepto una vez, donde no hubo lugar a dudas: “si rompo la cáscara -dijo ella-, Gordes logró salvar a Bastoche y Manech.” Gordes no lo logró y Mathilde rompió la cáscara. Pero todas las otras veces fueron ambiguas: “si Garbanzo entra antes de que me llamen a cenar, Manech está vivo”, mas Sylvain tenía ya un pie dentro de la habitación de Mathilde, e incluso ella tuvo que retrasar todo diciendo que no tenía hambre y Garbanzo apenas logró entrar a empellones; “si llego a la curva antes que el coche, Manech volverá vivo”, y ella logró llegar antes que el coche pero no de aquel en el que iba Manech; “si, antes de contar 7, el tren no ha entrado al túnel o no ha venido el inspector de boletos, Manech está muerto”, y al llegar a seis alguien vino a pedir el boleto pero como una broma. Las ambigüedades en todas éstas parecen mostrar que Manech estaba vivo y muerto a la vez, o que no estaba ni vivo ni muerto, cosa que parece ser cierta pues Mathilde halló a alguien con el mismo cuerpo que él, pero Manech perdió la memoria al grado en que tuvo que aprender otra vez a leer y escribir, y ahora se tiene por Jean Desrochelles. Regresó, pues, vivo y muerto a la vez. Lo que quizá fue lo mejor, porque así Mathilde y él puedieron empezar de nuevo, olvidando, al menos él, lo que la guerra trajo consigo: el terror.

2.

La ejecución de Tina Lombardi fue filmada por Jean-Pierre Jeunet de manera semejante a la de Eugen Weidmann en 1939, la cual fue la última ejecución pública en Francia: en formato 4:3, con colores más o menos rojizos y muda. No parece ser arbitraria esta elección, y menos aún cuando vemos cómo contrasta esa secuencia con las texturas, los colores, las sobreimpresiones, etcétera, que gusta usar Jeunet. Ni siquiera son silenciosas las secuencias donde vemos a los padres de Mathilde y el accidente que sufrieron, sino que la voz en off está presente.

La imagen misma de la ejecución es tan poderosa que, incluso siendo filmada con los recursos más simples, es capaz de provocar estupor. Tanto que para recuperarnos y pasar a la siguiente secuencia, la transición se da lentamente con el oscurecimiento de la pantalla.

3.

Así se repite Mathilde, desde que sus padres murieron, una y otra vez: ¡Polvo eres y en polvo te convertirás!

1
Fotograma de Amor eterno.

Lo hace frente a un espejo en el que ve dos veces su reflejo, una vez tras otra, en voz alta y de forma casi violenta. Se repite con tanta fuerza aquello que le fue necesario cerrar los ojos por un momento y al final se quedo sin aire. Sólo así, pienso yo, es que puede interiorizarse tal convicción. Es menester toda esta violencia y repetición para luchar contra nuestro sentimiento de inmortalidad, que consiste en que, como decía John Hazlitt, “ningún hombre joven piensa que ha de morir algún día.” (John Hazlitt apud William Hazlitt. Sobre el sentimiento de inmortalidad en la juventud. p. 13.) Pero como casi todos nos tenemos siempre por jóvenes, o sea, con vida por delante, más correcto sería decir que casi nadie piensa que ha de morir algún día.

Toda esa violencia debemos ejercer contra nosotros si, como Mathilde, queremos interiorizar aquella convicción: ¡polvo eres y en polvo te convertirás!

4.

Voz en off: “El número 7328 fue reclutado en Córcega: Ange Bassignano. Según todos lo que lo conocían, no era ningún ángel. Era un mentiroso, un estafador, un exhibicionista, un taimado y un alborotador.”

Tina Lombardi a Mathilde: “Buscando sobrevivientes de Bingo, localicé a un enfermero que trató a Ange y a los demás. El tal Phillipot estaba seguro de haber visto a uno de ellos: un hombre grande con una herida en la cabeza. Traía botas alemanas y estaba cargando a un soldado delgado. Su superior le dijo que se callara la boca. Imaginate lo abrumada que estaba yo de esperanza, hasta que un hombre despedazo mis sueños: el primer sargento Favart me dijo que el puerco de Thouvenel mató a mi Ange, así nada más, con toda facilidad. ¡También lo despaché a él! Era una obsesión -con lágrimas en los ojos: matar a todos los que lastimaron a mi hombre.”

El Dr. Watson en El sabueso de los Baskerville, como si Arthur Conan Doyle hubiera visto llorar a Tina Lombardi por la muerte Ange Bassignano: “Pero antes me correspondió la desagradable tarea de comunicar a Barrymore y a su esposa la noticia de la muerte de Selden. Para el mayordomo quizá fuera un verdadero alivio, pero su mujer lloró amargamente, cubriéndose el rostro con el delantal. Para el resto del mundo Selden era el símbolo de la violencia, mitad animal, mitad demonio; pero para su hermana mayor seguía siendo el niñito caprichoso de su adolescencia, el pequeño que se aferraba a su mano. Muy perverso ha de ser sin duda el hombre que no tenga una mujer que llore su muerte.” (Arthur Conan Doyle. “El sabueso de los Baskerville”. p. 361.)

Título original: Un long dimanche de fiançailles.
Título: Amor eterno.
Director: Jean-Pierre Jeunet.
Guión: Jean-Pierre Jeunet y Guillaume Laurant, basados en el novela de Sébastien Japrisot, Un long dimanche de fiançailles.
Producción: Jean-Pierre Jeunet, Jean-Louis Monthieux, Bill Gerber y Francis Boespflug.
Fotografía: Bruno Delbonnel.
Edición: Hervé Schneid.
Música: Angelo Badalamenti.
País: Francia.
Año: 2004.
Elenco: Audrey Tautou (Mathilde), Gaspard Ulliel (Manech), Dominique Pinon (Sylvain), Chantal Neuwirth (Bénédicte), André Dussollier (Pierre-Marie Rouvières), Ticky Holgado (Germain Pire), Marion Cotillard (Tina Lombardi).

Título original: Le Fabuleux Destin d’Amélie Poulain.
Título: Amélie.
Director: Jean-Pierre Jeunet.
Guión: Guillaume Laurant y Jean-Pierre Jeunet.
Productores: Jean-Marc Deschamps, Claudie Ossard y Arne Meerkamp van Embden.
Fotografía: Bruno Delbonnel.
Edición: Hervé Schneid.
Música: Yann Tiersen.
País: Francia.
Año: 2001.
Elenco: Audrey Tautou (Amélie Poulain), Mathieu Kassovitz (Nino Quincampoix), Serge Merlin (Raymond Dufayel), Clotilde Mollet (Gina), Claire Maurier (Madame Suzanne), Isabelle Nanty (Georgette), Dominique Pinon (Joseph), Artus de Penguern (Hipolito), Urbain Cancelier (Collignon)

Bibliografía.

Conan Doyle, Arthur. “El sabueso de los Baskerville” en Sherlock Holmes: El signo de los cuatro; El sabueso de los Baskerville. Las novelas (2). Traducción y notas: Juan Manuel Ibeas Delgado y José Luis López Muñoz. 1ª edición , Madrid: Alianza Editorial. 2007. Colección: 13/20. pp. 171-404.

Hazlitt, William. Sobre el sentimiento de inmortalidad en la juventud. Traducción y presentación: Manuel Arroyo Stephens. 1ª edición, México: Universidad Nacional Autónoma de México. 2003. Colección: Pequeños Grandes Ensayos/3.

Hölderlin, Friedrich. “Patmos” en Poesia completa (edición bilingüe: alemán-español). Traducción: Federico Gorbea. 5ª edición, Barcelona: Ediciones 29. 1995. Colección: Libros Río Nuevo. pp. 395 – 409.

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