La influencia a contracorriente del filósofo en la política.

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“Il filosofo”: fotografía vía Flickr por Federico Pelloni (Federico Pelloni).

 

Como todos ustedes recordaran, en el Sofista, se dice que no es pequeña ni sencilla tarea el distinguir al sofista, al político y al filósofo. La cuestión sin duda es difícil. Pero si me lo permiten, no quiero poner nuestra atención en el diálogo que tuvo el Extranjero con Teeteto y después, en el Político, con el joven Sócrates. Quiero que observemos algo curioso, que es el comienzo del diálogo y que sin duda habrán notado alguna vez: como también recordaran, Teodoro es quien presenta ante todos al Extranjero originario de Elea, y en su presentación dice que éste “es todo un filósofo”. (Platón. “Sofista”. 216a.) Y más adelante lo repite agregando que tiene al Extranjero por un ser divino, ya que “éste es el calificativo que yo otorgo a todos lo filósofos” (Ibídem. 216c.), dijo nuestro querido Teodoro. Después de tan halagadora presentación, por decir lo menos de ella, es planteada la pregunta por Sócrates sobre si el sofista, el político y el filósofo son uno, o dos o tres, y tras todo esto es el mismísimo Extranjero quien dice que el “distinguir con claridad qué es cada uno, no es una tarea fácil ni pequeña.” (Ibídem. 217b.)

Me parece oportuno detenernos en el comienzo del Sofista para pensar lo que hoy nos ocupa, las formas y medios de la filosofía para influir en la política. Pues bien, yo aprecio tres momentos en el comienzo del diálogo, que son muy claros con lo que ya les he dicho: la presentación, el planteamiento de la pregunta y la reacción ante ella.

Así pues, primero debemos detenernos en la presentación. No me dejaran mentir si les digo que ésta es excelsa: el Extranjero es todo un filósofo, y por ello un ser divino. No creo estar muy equivocado al decir que casi ninguno de nosotros ha sido presentado de manera tan bella y magnifica; no estamos habituados, pues, a presentaciones como las de Teodoro. Y si acaso alguien es objeto de una parecida, como las que se suelen hacer en coloquios y congresos importantes, podemos notar que el presentado rápidamente se declara no merecedor de tantas cortesías o dice que el presentador se ha mostrado benévolo o bien lleva la atención hacia otro lado. Pero observemos cuán diferente fue la reacción del Extranjero: tal como está el asunto, al parecer, permaneció sereno. Nada de lo dicho le causó escozor alguno o hizo enrojecer sus mejillas. Permaneció en silencio y no dijo nada como: “¡Por Zeus, querido Teodoro, me aplicas calificativos que no estoy seguro de merecer!”

Creo que podemos interpretar la serenidad del Extranjero como la aceptación de todo lo que dijo Teodoro. Él, pues, se tenía a sí mismo como un filósofo. Y así nada de lo que dijo aquél le pareció inapropiado, como a nadie se lo parece el ser presentado mediante su nombre o características que se tienen por propias. Así, la primera conclusión que tenemos es: hay una aceptación del ser filósofo.

Viene ahora el planteamiento de la pregunta, empero, éste no consiste sólo en la enunciación de ella. Hay toda una preparación antes llegar a expresarla, para saber si es oportuno decirla o no. Tras la presentación hecha por Teodoro y la reacción serena del Extranjero, Sócrates se muestra desconfiado. De este modo, le dice un poco irónicamente a su amigo que quizá está acompañado, más bien, por uno de esos que, “como un dios refutador, nos observará y nos contradirá ante la debilidad de nuestros argumentos.” (Ibídem. 216b.) Mas Teodoro está seguro de lo que dice: el Extranjero no es de tal índole, sino que “es más mesurado que los expertos en discusiones.” (Ídem.)

Así terminan las suspicacias de Sócrates: encontró que el extranjero que recién acaba de conocer no sólo se tiene por filósofo, sino que también es mesurado. Sólo tras este descubrimiento, se decide a plantear la cuestión: ¿el sofista, el político y el filósofo son uno, o dos o tres, puesto que hay tres nombres? Entonces, la segunda conclusión que tenemos es: sólo a aquel que se tiene por filósofo y además es mesurado le es planteada la cuestión concerniente a la diferencia de aquellas tres actividades.

Por último, la reacción ante la pregunta: “distinguir con claridad qué es cada uno –dijo el Extranjero–, no es una tarea fácil ni pequeña.” (Platón. Op cit. 217b.) Podemos observar con ella que Teodoro estaba en lo cierto, pues aunque el Extranjero “afirma haber aprendido lo suficiente sobre el tema, y no haberse olvidado” (Ídem.); sin embargo sostiene que es muy difícil el asunto, incluso antes de conocer a Sócrates, pues la misma observación ya se la había hecho a Teodoro y otros más. Entonces, ciertamente, era un hombre mesurado el Extranjero: pese a haber estudiado mucho el tema, empero, se guarda de lanzar juicios a la menor provocación, y más bien advierte a los demás y a sí mismo que la dificultad no es pequeña.

Así pues, la tercera conclusión que podemos obtener y que retoma las anteriores, me parece, es la siguiente: Platón dispuso que una pregunta tan importante como lo es la concerniente a la diferencia entre el sofista, el político y el filósofo, fuera hecha sólo a alguien que se tiene a sí mismo por filósofo y además es mesurado. Más aún, se cuidó de remarcar tales cualidades sometiendo al Extranjero a las dudas socráticas e incluso al final vemos corroborada la mesura mencionada por su actuar.

A nosotros, que estamos pensando las formas y medios de la filosofía para influir en la política, ¿qué nos dice todo esto? Es, creo, una llamada de atención: “esperen –oigo que nos dice Platón–, antes de pensar cómo puede la filosofía influir en la política, deben verse a sí mismos.” Si no me equivoco, en esto todos alcanzamos a percibir nuestro muy caro y repetido “conócete a ti mismo”. Entonces, en consideración a la admiración que todos le tenemos a Platón, detengámonos un momento a observarnos. Pero no hagamos esta tarea en la inmensidad de toda ella, sino sólo busquemos en nosotros aquellas dos cosas que el Maestro puso en el Extranjero: la aceptación del ser filósofo y la mesura. Mas es justo que antes nos preguntemos por qué debemos buscar esto, o dicho de otra forma: ¿por qué Platón dispuso en el Extranjero tales características?

Según veo, él sabía que algunos aparecen como filósofos, pero sólo lo son, precisamente, en apariencia. (Cfr. Platón. Op cit. 216d.) A partir de aquí, permítanme seguir a Schopenhauer para intentar aclarar nuestro asunto: ¿quiénes son estos filósofos aparentes? En El mundo como voluntad y representación leemos que “entre los griegos se les llamaba sofistas, entre los modernos, profesores de filosofía.” (Arthur Schopenhauer. El mundo como voluntad y representación II. 178.) Estos seres son filósofos aparentes, pues viven de la filosofía; no, para ella. Schopenhauer afirma esto teniendo en mente que aquéllos cobran por su filosofía, pero en una lectura más atenta podemos observar que vivir de la filosofía no sólo se hace recibiendo remuneración monetaria, sino también mediante renombre, premios, aplausos, distinciones, seguidores, becas, proyectos y currículos extensos. Estos seres, pues, viven de la filosofía, es decir, no se consagran a ella sino a algo más: su supervivencia. Así, sólo es para ellos su medio de vida.

Hay algunos, claro, que se saben vividores de la filosofía, y así nunca se atreven a usar para sí el nombre de filósofos, sino que gustan más de ser llamados licenciados, maestros o doctores en filosofía; o bien estudiantes permanentes de la misma. Éstos, al menos en el comienzo del Sofista, a Platón le tienen sin cuidado. Él más bien estaba preocupado por aquellos que, aunque filósofos aparentes, sin embargo se consideran filósofos. He aquí lo que suscitó las dudas de Sócrates con respecto al Extranjero: a sí mismo se tiene por filósofo, pero ¿lo es en verdad o sólo en apariencia?

La cuestión ha resolver es, entonces, cuando alguien se tiene a sí mismo por filósofo, ¿cómo descubrir que lo es en verdad, que es todo un filósofo, como dice Teodoro, y no sólo uno aparente? La respuesta parece hallarse en el actuar, en especial en una característica: la mesura. Quien es todo un filósofo es mesurado. ¿Pero por qué? Recordemos que los filósofos aparentes se encuentran consagrados a su supervivencia; a la suya, “junto con sus mujeres e hijos” (Ídem.), dice burlona y machistamente Schopenhauer. Y la filosofía es el medio por el cual todos ellos se mantienen con vida orgánica y académica. Así, fácil es adivinar que cuando ambas o una de éstas se ve amenazada, se vuelven hostiles.

Esta hostilidad se muestra en prácticas que no nos son desconocidas, bien enunciadas en El mundo como voluntad y representación: ante todo logro filosófico auténtico o propósito que no se adecue a los del gremio, escribió Schopenhauer, aquéllos “se esfuerzan continuamente en no tolerarlo, para lo cual, y dependiendo de la época y las circunstancias, los medios acostumbrados son: o bien disimular, encubrir, acallar, ignorar, mantener en secreto, o bien negar, empequeñecer, censurar, maldecir, tergiversar, o bien denunciar y perseguir.” (Ídem.) Podemos ver en todas ellas, creo yo, virulencia, arrogancia, severidad implacable; en suma, desmesura. Y al ver ésta, caemos en la cuenta de que estos filósofos aparentes, que se hacen llamar filósofos, son más terribles que los semejantes a aquel dios refutador del que hablaba Sócrates, pues al menos ellos refutan ante la debilidad de los argumentos y no sólo por salvaguardar su vida orgánica y/o académica; y aun son más terribles que aquellos que se saben vividores de la filosofía, pues al menos éstos dicen lo que son, y no se ocultan usando para sí un nombre que no les es adecuado.

Así pues, la conclusión que tenemos hasta ahora es ésta: quien es todo un filósofo, uno verdadero, es mesurado. Y esta característica suya lo distingue radicalmente de muchos otros: de los filósofos aparentes, de los expertos en discusiones, de los habladores, de los charlatanes, de los adoctrinadores, porque todos ellos, tan pronto se les provoca, comienzan a hablar, ya sea para refutar, censurar, maldecir, tergiversar; en fin, Schopenhauer ya nos mencionó varias de sus prácticas.

Entonces, filosofía y mesura van de la mano, según pensaba nuestro ilustre Platón. Y ahora podemos ver con más claridad que el Extranjero era todo un filósofo, pues la mesura formaba parte de él. Con todo esto, regresemos a nuestra pregunta, aunque ya mejor formulada y enfocada a lo que hoy nos ocupa: ¿por qué Platón se preocupó tanto por desatacar la mesura del filósofo en alguien que va a proceder a hablar del político? Creo que todos podemos vislumbrar la respuesta: porque hablar de la política en general y, en nuestro caso, preguntarse por las formas y medios que tiene la filosofía para influir en la política es ya una posición política, pues al menos se presupone que el filósofo puede decir algo sobre ella, y así que de la política no pueden hablar sólo los políticos sino muchos más. Pero lo que diga el filósofo, si quiere tener cierta valía que la diferencie de lo que pueden decir otros, y así debamos detenernos en ello al menos un poco más de tiempo, ha de ser dicho desde la mesura. Porque con sólo hacer esto el filósofo va a contracorriente, y no sólo de unos cuantos, pues si Robert Louis Stevenson tenía razón al decir que el juzgar con una severidad pronta e implacable es algo propio de todos aquellos que no son filósofos, y filósofos siempre hay muy pocos, entonces ciertamente estos seres son muy extraños y valiosos, tanto como un ser divino. (Cfr. Una anotación sobre los filósofos de Robert Louis Stevenson.)

Así pues, Platón, que siempre sabía lo que estaba en juego, se cuidó de decirnos desde el comienzo del Sofista que lo que iba a decir el Extranjero era de gran valía. No le dio la palabra a un vulgar filósofo, a un esclavo, a un sofista pendenciero, ni siquiera a los preclaros y siempre respetados Protágoras, Parménides o Sócrates; se la dio a todo un filósofo, que en su nombre lleva la situación de aquellos como él: extranjero, un extraño entre nosotros.

Entonces, ahora sí, busquemos en nosotros aquellas dos cosas que el Maestro puso en el Extranjero: la aceptación del ser filósofo y la mesura. Pero esto es algo que yo no puedo hacer, claro está, sino que cada uno de nosotros debe buscarlas en sí mismo. Sin embargo quiero permitirme dar ciertas impresiones sobre esto. En cuanto a la aceptación del ser filósofo, yo he observado cierto fenómeno de resistencia a hacerlo: algunos se llaman “dizque filósofos”; otros, eternos estudiantes de filosofía; otros más, pensadores; etcétera, como si el nombre filósofo les pesara o le tuvieran terror. Quizá esto confirma que en verdad hay muy pocos filósofos, y ahora no pocos de nosotros somos tan honestos que nos declaramos sólo vividores de la filosofía.

Pero es claro también que algunos osan llamarse filósofos, y sin embargo no lo son, porque la mesura es algo desconocido para ellos. Por ejemplo, conocemos la facilidad con que los filósofos dicen poder influir en la política, y se arrogan tareas mastodónticas. Déjenme leerles un poco de esto, en la Declaración que hizo el Observatorio Filosófico de México en el 2013, leída por el Dr. José Alfredo Torres en el Senado de la República:

El OFM considera que, en una sociedad en crisis como la mexicana, la filosofía debe salir del enclaustramiento en que se le ha tenido para recuperar su función en la plaza pública, como lo hizo Sócrates, como lo hicieron los sofistas, como lo han hecho un conjunto de filósofos a lo largo de la historia. No se trata de que la filosofía abandone la vida académica […], sino que cumpla, dentro de la Universidad y más allá, su función de esclarecer los grandes problemas que aquejan a la sociedad contemporánea, global y nacional, formulando interrogantes pero también ofreciendo soluciones. La conflictividad en que se encuentra hoy el mundo, requiere y exige que nuestra disciplina ponga en acción sus potencialidades y contribuya […] al análisis de los profundos conflictos en que nos encontramos para buscar y encontrar soluciones justas.

[…]

La filosofía también debe formar parte de la esfera política pues la política no puede basarse sólo en puro y duro pragmatismo, sino estar en correlación con la ética y con una idea clara del país que queremos. […] La introducción de la filosofía en la plaza pública deberá estar dirigida a la conformación de una conciencia ciudadana lúcida, desalienante y crítica.

“Declaración del Observatorio Filosófico de México en el Senado de la República (2013)” en Victórico Muñoz Rosales (coordinador). Filosofía mexicana de la educación (selección antológica). pp. 243-248.

Como lo leo, se quedaron a unos pasos de decir que la filosofía es lo que puede salvar el mundo, porque ella diagnostica, esclarece y ofrece soluciones a los profundos problemas y conflictos que aquejan no sólo a nuestro país sino al globo. Y, de paso, es capaz de formar ciudadanos lúcidos, conscientes y críticos. Todo esto lo puede la filosofía, dicen ellos. ¡Cuánta desmesura!, pienso yo. Y creo que todos podemos observar cuán constrastante es todo lo anterior frente al proceder del Extranjero: “no es una tarea fácil ni pequeña”, así que debemos avanzar despacio.

Fácil resulta para casi cualquiera, al pensar las formas y medios que tiene la filosofía para influir en la política, comenzar a hablar de las manidas cosas que ya nos dijo la Declaración que hizo el Observatorio Filosófico de México: la filosofía pone en crisis, crítica, distingue, analiza, etcétera. Todos hemos escuchado esto. Y cuando lo decimos o nos suscribimos a ello tomamos una postura de la filosofía en la política. Pero me parece oportuno atender a lo que Platón nos dijo con el comienzo del Sofista: el filósofo es mesurado. No demos el juicio a la menor provocación, antes digámonos que el asunto es difícil, para prevenirnos y prevenir al otro de que, pese a todo lo que sabemos, no tenemos la solución a los problemas del mundo, pero sobre todo para cuidarnos de hablar desde nuestros prejuicios y pre-juicios. Así, lo que diga el filosofo se cuidará de no ser, desde su nacimiento, de derecha, de izquierda, de centro, ni siquiera desde abajo y a la izquierda, ni pro X ni contra Y. Será algo de valía, y tendrá una posición política del mismo estilo por el simple hecho de ir a contracorriente de todos aquellos que hablan a la menor provocación.

Bibliografía.

Platón. “Sofista” en Diálogos V. Parménides, Teeteto, Sofista, Político. Traducciones, introducciones y notas: Ma. Isabel Santa Cruz, Álvaro Vallejo Campos, Néstor Luis Cordero. 1ª edición, Madrid: Editorial Gredos. 1988. Colección: Biblioteca Clásica Gredos/117. pp. 319-482.

Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación II. Traducción, introducción y notas: Pilar López de Santa María. 2ª edición, Madrid: Editorial Trotta. 2005. Colección: Clásicos de la Cultura.

“Declaración del Observatorio Filosófico de México en el Senado de la República (2013)” en Victórico Muñoz Rosales (coordinador). Filosofía mexicana de la educación (selección antológica). 1ª edición, México: Editorial Torres Asociados. 2014. pp. 243-249. También puede consultarse en la página de Internet del Observatorio Filosófico Mexicano, en http://www.ofmx.com.mx/inicio/wp-content/uploads/2013/07/Declaraci%C3%B3n-final-1.pdf

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