Mi escritura.

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The Difficult Reply
Guy Rose – Estados Unidos.
1910.
Colección privada.
73.66 x 60.96 cm.

 

En mis primeros tiempos de estudiante universitario, una profesora nos dijo cierta vez que debíamos escribir al menos diez hojas a la semana. No recuerdo si nos lo dijo como simple recomendación, o como reacción ante la terrible forma que tenían los textos que le habíamos entregado semanas atrás; como sea, lo importante de esto fue la impresión que tuvimos casi todos: ¡escribir diez hojas a la semana era algo impensable! Sí, así es, pocos de nosotros no se asombraron al imaginarse lo descomunal de hacer eso. Ahora que ha pasado el tiempo, creo entender la equivocación que cometimos todos: imaginamos que esas diez hojas debían ser un artículo académico. Pero no: me parece que la profesora estaba pensando en al menos diez cuartillas tomando en consideración todos los modos en los que podamos escribir. O sea, ella estaba pensando en anotaciones, breves ensayos, citas comentadas, glosas, etcétera. O al menos eso creo que pensaba…

Por largo tiempo no escribí más que aquello que me dejaban en mis clases, y así no me extraña que me pareciera tan descomunal hacer lo que esa profesora dijo. Ahora, sin embargo, me consagro a cuatro lugares de escritura: un Diario, un blog, un cuaderno de citas y un cuaderno de sueños. A veces escribo diez hojas a la semana o incluso más; otras, no. Pero ya no importa tanto esto, o sea, la cantidad. Cada uno de esos lugares nació por diferentes razones y en diferentes momentos, mas de esto no cabe hablar aquí. Pues quiero mencionar cómo es mi escritura en cada uno de ellos. Para hablar de éstos según su nacimiento, debo decir algo entonces de mi cuaderno de citas.

Mucho esfuerzo me costó elegir un cuaderno adecuado, pues pensé que éste debía ser a la vez resistente y sencillo. Y por su puesto debía agradarme su apariencia. No tuve, sin embargo, muchas opciones entre las cuales escoger… Como sea, al final, elegí un cuaderno cosido, azul y de pasta gruesa. No es uno muy especial, pues lo fabrica la empresa Norma y puede hallarse en cualquier papelería. Empero, me gusta y con eso basta. En él, es claro por su nombre, anoto las citas que me gustan: cuando leo y de repente aparece alguna frase que me llama, por bella, por brillante, por chistosa o por cualquier otra razón, detengo mi lectura y procedo a escribirla. Primero anoto el nombre del libro y del autor, el mes y el año en que me encuentre, subrayo con marcatextos aquéllos datos y nada más. Así paso a escribir la cita un reglón adelante, y tras terminarla pongo el número de la página en que se encuentra. Al acabar esto, continúo mi lectura.

Puede verse que no hay un momento especial para escribir en ese cuaderno. Es, diría yo, hasta cierto punto violento el momento en que lo abro para escribir en él. Suspendo de golpe la lectura, no importa cuán involucrado me encuentre en ella, y escribo. Y casi siempre es más violento el asunto, porque no lo tengo a la mano y debo sacarlo de donde está. Así, no espero la llegada de una cita con mi cuaderno en la mano; ella me asalta.

Hubo un tiempo en que quise aprenderme de memoria las citas que escribía en ese cuaderno; sin embargo, sólo por breve tiempo las recordaba. Ahora ya no lo intento. Y desde hace poco pienso en no sólo escribir citas de textos, sino también de películas, series, etcétera. Tengo ya algunas en mente, pero aún no las escribo. De manera reciente, pese a todo lo anterior, mi cuaderno de citas se vio en peligro de desaparecer, porque descubrí una app llamada OneNote que me permite anotar y ordenar todas mis citas de manera muy bella. ¡Gran peligro enfrentó mi cuaderno! Pero no desapareció, en parte porque me gusta tenerlo y hojearlo de vez en cuando, y además temo perderlas si sólo las anoto en OneNote, si bien están respaldadas en OneDrive. Mas no deseché esa app, sino que ahora escribo las citas en ambos lugares, ya que así las tengo también a la mano cuando necesito ponerlas en un texto con un simple “copiar y pegar”.

Después del cuaderno de citas, tuvo lugar el nacimiento de este blog. En él escribo, aunque no siempre, una vez a la semana, sobre todo lo que pueda y como pueda. Los textos que hay en él siempre los escribo directo en la computadora, excepto los diálogos, que primero desarrollo en papel y después paso al procesador de textos.

Escribir mi blog es, en cierto sentido, la experiencia más total de todas: debo cuidar la edición; escoger una imagen, ya que todo texto en mi blog lleva una pues creo que éste debe ser también visual; añadir los links necesarios de los textos, blogs, videos en Youtube, páginas de Internet, etcétera, que haya mencionado; anotar la bibliografía, filmografía y hemerografía; en caso de que la imagen elegida sea una pintura, poner su información; si utilizo una fotografía, siempre sacada de Flickr y que no tenga “todos los derechos reservados”, poner de dónde la tome; etiquetar y categorizar la entrada; insertar lo tuits, en caso de que haya mencionado alguno; etcétera. Por esto es que casi todos los textos los escribo directo en la computadora: para revisar constantemente aquello que menciono, o sea, veo una vez más el video, releo el blog, analizo otra vez la pintura. Todo lo pongo a mi disposición cuando escribo un texto para mi blog. Y no sólo en este sentido, sino que también tengo abierta la página de la Real Academia Española, para revisar en cualquier momento el significado de una palabra. O si estoy escribiendo sobre una película, tengo el DVD puesto. Y no se diga de los libros o revistas abiertas, casi sobre el teclado.

No obstante, pese a que pueda parecerlo, no es que siempre me disponga de antemano a escribir un texto para mi blog; me sobrevienen muchas veces. Así por ejemplo, tras revisar mi correo, un impulso me urge a escribir la idea que me ha estado dando vueltas o a terminar el texto que tengo ya comenzado. De este modo, todo lo voy poniendo a mi disposición poco a poco: abro pestaña tras pestaña en el navegador; me levanto del asiento y voy por la película, en caso de que no la tenga junto a la computadora; me vuelvo a levantar para ir por un libro; me paro a rebuscar en mi cuaderno de citas, en caso de que lo que busque no esté aún OneNote. Como lo decía, es la experiencia más total de todas: no sólo estoy sentado, también me paro; reviso libros, revistas, películas, series, blogs; paso hojas y resultados de Google; escribo, me detengo, escucho música ‒pues tengo el reproductor o Youtube siempre abierto‒, voy por un vaso de agua o a rellenarlo. Me gusta mucho escribir mi blog: hay veces en que yo soy mi escritor favorito, y nunca deja de sorprenderme todo lo que he podido decir.

Tras el blog, vino mi Diario. Cuando lo comencé escribía más en él; actualmente, mis anotaciones se han vuelto esporádicas. Sin embargo lo tengo siempre presente: es el único cuaderno que llevo conmigo casi a todos lados. Ya no me costó tanto esfuerzo elegir éste, por cierto, pues es igual a mi cuaderno de citas. En él escribo por lo regular en las noches, a punto de dormir o frente a la computadora escuchando música, a veces sobre lo que pasó en ese día, así por ejemplo lo que vi, lo que pensé, cómo me sentí; otras, sobre lo que pasó hace días o lo que espero de los siguientes. También anoto ideas que me llegan, primeras impresiones, bocetos de frases o textos para mi blog. Pero como lo llevo a todos lados, escribo en él aquí, allá o acullá. Según pienso, el lugar en el que se escribe influye en lo que se asienta y cómo se hace, por eso cuando no lo olvido anoto el lugar en el que me encuentro. Mas quizá no sea tan necesario, porque se percibe que lo que escribo en mi habitación es más personal en comparación a otras cosas, como la descripción de la pelea que tuvo una pareja que vi frente a Rectoría.

A diferencia de todos los lugares de escritura a los que me consagro, el Diario me provoca cierto temor. En él escribo a mano alzada, y así creo que no oculto nada reformulando la expresión, eligiendo la palabra adecuada o corrigiendo el error ortográfico. Quizá pueda decir que en él está le presentación más bruta de mí. Según lo pienso, en mi Diario, a la vez que vierto anotaciones, hablo conmigo mismo. Y a veces me da miedo verme ahí, en especial porque con él me impido olvidar ciertas cosas. Ésta es la primera impresión que tuve tras un mes de escribirlo: las cosas ya no sólo pasaban, y si las olvidaba las recordaba al leerlas ahí.

En este hablar conmigo mismo inscribí la interpretación de mis sueños, y así comencé a escribirlos en mi Diario, pero poco después me di cuenta de que no estaba funcionando, ya que los anotaba pero no los interpretaba. Así decidí dedicarle un cuaderno especial a mis sueños. Me vi otra vez en la dificultad de elegir uno adecuado. Elegí tras una largo proceso de selección uno pequeño, tamaño francés, cosido, de pasta dura y color morado. ¡Me gusta cómo se ve! Aunque tampoco es muy especial, ya que es hecho por la empresa Scribe. En él, como es claro, anoto mis sueños y los interpreto, o eso intento.

Por ahora estoy escribiendo en él de manera aún más esporádica, ya que últimamente me ha costado mucho trabajo recordar mis sueños. Pero cuando lo hago, si puedo los escribo al levantarme; y si no, me recuerdo todo el día que debo hacerlo al llegar en la noche.

Y así, esto es un poco de lo que puedo decir sobre cómo es mi escritura en los cuatro lugares a los que me consagro. Desde luego, escribo otras cosas, correos por ejemplo, o en menor medida mensajes en Facebook o aún en menor medida tuits, pero a ellas no me dedico.

Título original: Her.
Título: Ella.
Director: Spike Jonze.
Guión: Spike Jonze.
Producción: Megan Ellison, Spike Jonze, Vincent Landay, Chelsea Barnard, Natalie Farrey y Daniel Lupi.
Fotografía: Hoyte Van Hoytema.
Edición: Jeff Buchanan y Eric Zumbrunnen.
Música: Arcade Fire.
País: Estados Unidos.
Año: 2013.
Elenco: Joaquin Phoenix (Theodore), Amy Adams (Amy), Olivia Wilde (Blind Date), Rooney Mara (Catherine), Scarlett Johansson (Samantha -voice-).

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