El extraño caso de nuestros barrenderos.

“Barriendo el tiempo”: fotografía vía Flickr por JM Yuste (JMYuste).

 

Es cosa no desconocida por nadie el deshacerse de la basura. Y, en general, podría decirse que a casi nadie le es desconocida la batalla por la limpieza, ni ha estado exento de participar en ella. Es así que casi todos han tenido en sus manos una de las más importantes armas en esta guerra: una escoba. Y han realizado la penosa tarea que consiste en recoger los cadáveres de Suciedad y depositarlos en su lugar correspondiente. Pero si bien es cierto esto, ha de admitirse que casi todos nosotros no somos soldados de tiempo completo, e incluso a veces algunos traicioneros nos vamos al bando de aquélla.

Mas hay un grupo de personas que nunca abandonan esta guerra, y me atrevo a decir que casi nunca traicionan a Higiene con Suciedad: nuestros barrenderos. ¡Grupo loable es éste! Sin embargo, debemos admitir que la realidad no parece ser así, porque éste es uno de los oficios que se tiene por menos envidiable. Nuestros niños no crecen diciendo que de grandes quieren ser barrenderos. Algunas veces es planteado el escenario, claro está, pero siempre como broma. Y en cuanto a los demás, por decirlo prontamente, apenas les ponen atención.

Así pasa: ¿alguien conoce por su nombre a los barrenderos de su zona o se ha acercado a ellos por más tiempo del que le toma el depositar su basura en el bote que traen consigo? Y cuando sale de ella, ¿se ha detenido a ver a los barrenderos de otras zonas? ¿O acaso los ve pero con celeridad abandona su visión? No cabe duda alguna: habrá quienes tienen en mucha estima a este gremio, y se acercan a sus miembros no sólo en calidad de soldados permanentes en la guerra por la limpieza. Pero así también es indudable la poca estima general que se le tiene a las personas con ese oficio.

Desde luego, hay otros gremios cuyo trabajo consiste en nunca abandonar la guerra por la limpieza, como los basureros o los limpiadores de alcantarillas, y éstos por su puesto de igual modo son loables, y así también les es prestada poca atención. Empero, los barrenderos fueron puestos en mi camino y me vi llevado a pensar en ellos. Aunque debo admitir que hasta hace poco, como a muchos otros, me pasaban casi desapercibidos. Fue así hasta que un buen día, caminando junto a una avenida de la populosa ciudad en que vivo, de repente me vi rodeado por no poca cantidad de ellos. Cuando reparé en su presencia, caí también en la cuenta de que tal avenida estaba muy sucia, y de que el tramo que había dejado atrás, por el contrario, se encontraba ya limpio. De igual manera noté cómo los demás que caminaban por ahí apenas les dirigían su mirada. Y me atrevo a jurar por lo más sagrado que pocos notaron que Higiene había vencido, al menos por un tiempo, allí por donde los barrenderos ya habían pasado.

Entonces, en ese momento, me dije: “¡qué extraño es todo esto!” Y en verdad, si uno se detiene por poco tiempo a pensarlo, notará que el caso de los barrenderos es extraño: no les prestamos mucha atención, por no decir que nada, pese a que ellos se hacen notar con su estridente uniforme naranja -o verde, o amarillo, o rojo, etcétera, por todas partes en el mundo. Cosa sumamente extraña -ya lo he dicho antes: no vemos aquello que se hace ver, pero muchas veces -y hasta nos enorgullecemos de hacerlo- con denuedo nos lanzamos a la búsqueda de lo oculto, lo velado, lo misterioso, y más… Dicho de manera breve: nos preciamos de ser como Linceo, cuando ni siquiera nuestra nariz podemos ver.

Ésta, para mí, es una de las características más sorprendentes de los barrenderos: se hacen ver, pero no mucha atención les ponemos. Mientras que, por el contrario, el basurero también se hace notar sonando su campana, pero hacia él todos vamos corriendo, no vaya a ser que no lo alcancemos. Más extraño aún es su caso cuando consideramos, como ya hemos dicho, que casi nadie está exento de haber realizado al menos una de las actividades concernientes a su oficio. Cuando nosotros mismos hemos sido, pues, al menos por breve tiempo barrenderos.

Visto esto, podemos apreciar lo que llamo el extraño caso de nuestros barrenderos: es un grupo loable que se hace notar, y sin embargo poca, por no decir que nada, atención le es prestada. Yo creo desde hace tiempo que es menester escribir un Elogio de nuestros barrenderos, porque un elogio es una llamada de atención a los poco observadores: así Gorgias nos hace ver con su Encomio de Helena que ella quizá no era como pensamos, y Luciano de Samósata con su Elogio de la mosca nos hace pensar que este insecto no es tan despreciable como creemos. Desde luego, escribirlo sería un intento de hacer notar aún más a nuestros barrenderos, y poco probable es que debido a él volteemos a verlos, cuando ni siquiera sus estridentes uniformes lo logran.

Así también, escribirlo no traería para ellos los beneficios de un mejor sueldo, o que al menos les den nuevo equipo, porque no pocos de los barrenderos que he visto, por cierto, no sólo traen escobas muy gastadas sino también un bote oxidado y agujerado. Un Elogio de nuestros barrenderos, siendo sinceros, traería muy poco para ellos…

– Nota agregada el 30 de diciembre de 2014.

Ayer comencé a leer Tormento, de Benito Pérez Galdós, y llamó mi atención un párrafo donde él tuvo la misma idea que yo, al pensar la limpieza como una guerra. Galdós no personifica al enemigo, a Suciedad; sin embargo, parece que en el fondo pensamos lo mismo.

Éste es el comienzo del capítulo tres de esa novela:

Rosalía, por su parte, rivalizó aquel día en fecunda actividad con su sin par marido [que estuvo ocupado acomodando todo en la nueva casa, tras su mudanza]. Con un pañuelo liado a la cabeza, cubierto el cuerpo de ajadísima bata, trabajaba sin descanso ayudada de una amiga y de la criada de la casa. Perseguían las tres el polvo con implacable saña, y mientras una la emprendía a escobazos con el suelo, la otra azotaba los trastos con el zorro. La nube las envolvía y cegaba como el humo de la polvora envuelve a los héroes de una batalla; mas ellas, con indomable bravura, despreciando al enemigo que se les introducía en los pulmones, se proponían no desmayar hasta expulsarlo de la casa. Funcionaba después lo que un aficionado a las frases podría llamar la artillería del aseo, el agua, y contra esto no tenía defensa el sofocador enemigo. (Tormento. p. 19)

Bibliografía.

Pérez Galdós, Benito. Tormento. 1ª edición, Madrid: Editorial LIBSA. 2000. Colección: Biblioteca Conmemorativa.

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