Vida diaria: libertad limitada creadora (paralizada).

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Liberty.
Robert Silvers – Estados Unidos.

Aquello que en la vida pasa inadvertido y, sin embargo, está siempre presente, como el conocer o la vida libre, es quizá lo más difícil de investigar, ya que su investigación se realiza mediante o a partir de lo investigado –el cómo conocemos mediante y desde el conocer mismo. De otra parte, porque hallar un punto de partida o una base libre de toda sospecha y reparo desde la cual comenzar es tremendamente problemático. Siendo así, una de las opciones es postular una situación lo más sencilla posible para poder complejizar poco a poco y no partir desde lo complejo mismo. Comencemos, pues, con una situación imaginaría: imagine, buena lectora, que al despertar, al abrir los ojos, descubre que no se encuentra en su recamara ni recostada sobre su cama sino en un lugar blanco en su totalidad y, peor aún, sin ninguna ropa puesta. Naturalmente, queda aterrada y se pregunta qué ha pasado.

Imagínese en esta situación: empieza a desolarse; para no perder la razón, se sienta a pensar. Se repite que es un buen momento para hacerlo pues no hay ninguna distracción, salvo las que usted misma puede crear con su cuerpo: silbar, rascarse, examinarse, etcétera. Entre otras tantas cosas, se pregunta: “¿estando así como estoy, en tan terrible situación, aún puedo decir que soy libre, aún tengo libertad?”

Considera primero su cuerpo: se responde que aún es libre de desplazarse de un lado a otro, tal y como lo hacía otrora; sin embargo, inmediatamente, objeta que en realidad no está segura de desplazarse ya que no puede atestiguar, vía algún sentido, que cambia de lugar. Ni la vista, ni el oído, ni el olfato ni el tacto le indican que se ha desplazado del lugar A al B, tal y como lo hacían antes de encontrarse en ese lugar. Dicho esto, acepta con tristeza que bien podría ser que esté en un mismo sitio, aunque parezca estar desplazándose, como cuando se utiliza una caminadora eléctrica.

Investiga más su cuerpo, pero ahora en conjunción con su mente, su alma, o como sea que pueda llamarse a aquello que es capaz de ponerlo en movimiento. Se enfoca más en esto último y se dice que es capaz de mover sus dedos, de rascarse, de pellizcarse, de estirarse, de hablar, etcétera. Se alegra: ¡ha encontrado libertad aun en esta situación! Empero, su alegría desaparece tan pronto como llega: nota que aquello de lo que se alegró no es libertad sino voluntariedad y cayó en la cuenta, además, de que ésta más bien introduce limitación.

Llegó a esto pues consideró que todo ser humano nace con un cuerpo que puede realizar unas y otras acciones. Éstas pueden ser voluntarias, involuntarias o involuntarias pausables: respirar y parpadear son ejemplos de estas últimas; la digestión o el latir del corazón, ejemplos de las penúltimas; estirar un brazo, rascarse o hablar, ejemplos de las primeras. Las involuntarias son acciones necesarias, es decir, se realizarán, quiérase o no, porque deben realizarse. El corazón, en la vida, nunca dejará de latir; es necesario que sea así, y no puede ser de otra forma. Las involuntarias pausables son de la misma naturaleza que las involuntarias, a saber, son acciones necesarias. Su diferencia radica en que pueden pausarse, o sea, pueden detenerse en un momento de la acción. En el parpadeo, por ejemplo, que consiste en el cierre y apertura de los parpados, uno puede detener la acción ya sea en éste o en aquél: dejar los parpados abiertos o cerrados. Sin embargo, en la vida, al final ineluctablemente se tendrá que continuar con la acción. Si se dejan los parpados abiertos, se terminarán cerrando y, así, se parpadeará. Lo mismo podemos decir del respirar: si se pausa la acción en el inhalar, al final se tendrá que exhalar o viceversa. Las acciones involuntarias pausables ponen de manifiesto que las acciones necesarias pueden detenerse por un instante y, no obstante, siguen siendo necesarias: deberán realizarse y esto no puede ser de otra forma.

Usted, desde luego, al creer haber encontrado libertad, no tuvo en mente estas acciones sino más bien las voluntarias. En un primer momento, se dijo que era libre porque realizar o no realizar estas acciones, rascarse o no rascarse, mover sus dedos o no moverlos, etcétera, está bajo su voluntad: bajo su poder y deseo. El principio de movimiento, pues, está en uno mismo y por ello se puede hacer o no hacer. (Cfr. Aristóteles. Ética nicomáquea. 1110a 15 y 1111a 20.) Hasta aquí, creyó haber encontrado libertad pues pensó que ella es voluntariedad, como si el ser libre fuera poder hacer o no hacer, pero inmediatamente notó que la voluntariedad hace más bien que el ser humano se limite, ya que o bien hace esto o aquello o bien no hace, y es imposible hacer al mismo tiempo que no hacer, pero como sólo se puede limitar cuando hay algo precedente que es más amplio, advirtió que había que presuponer la libertad y cierta libertad del ser humano para que haya voluntariedad.

Caviló, entonces, sobre la libertad, para ver si ella no sólo es un presupuesto sino que puede tenerse por algo cierto: partió, así, del suponer que el ser humano posee libertad, pues éste o es libre o está bajo el domino de algo; sin embargo, si estuviera en la segunda condición, en ningún modo podría cuestionarse si posee libertad ya que para hacer tal cuestionamiento se necesita tener cierta libertad. Puesto esto, inmediatamente después –efectivamente, la investigación por la naturaleza de la libertad sólo puede hacerse presuponiendo que ella existe y que el ser humano posee libertad porque de otro modo no podría investigarla- investigó qué es ella.

Buscó su definición, pero al instante se percató de que encontrarla es imposible puesto que la naturaleza de la definición es, precisamente, definir, cercar, enmarcar, delimitar. La naturaleza de la definición es aprehensiva y apresadora; una definición aprehende y apresa su objeto de tal modo que la definición de un algo hace imposible que ese algo sea otro, y si ese algo se transformase no sería ese algo transformado sino otro. Tal naturaleza de la definición es perfectamente compatible con naturalezas delimitadas: un teléfono, algo que permite la transmisión de sonidos a distancia, no presenta mayor problema. Ella empieza a quedar corta con naturalezas más complejas: el ser humano, ¿qué es?, ¿un ser racional?, ¿la conjunción de cuerpo y alma?, ¿un cúmulo de razones, pasiones y afectos?, y aún sentimos que algo falta. Cuando parece ya no alcanzar es con naturalezas más simples o mucho más complejas: el Ser, Dios, lo real, por ejemplo. A éstas pertenece la libertad, y por ello es imposible dar una definición de ella. A ésta sólo es posible concebirla mediante imagen: la libertad es campo, aquello donde acaece todo, todo el tiempo. Los habitantes de la ciudad entienden mejor esto: el campo lo piensan como libertad, y a veces van a él en sus vacaciones para escapar de la estrechez en que viven. El campo, frente a las cajas que son los departamentos y aun algunas casas, se presenta como amplísimo, pletórico, rico, lleno de posibilidades, vivo. (Cfr. Gastón Bachelard. La poética del espacio. pp. 37-46.) La libertad, pues, se presenta de forma ilimitada. ¿Pero cómo es la libertad que posee el ser humano? ¿Posee libertad ilimitada?

La libertad ilimitada no puede decirse que la posea algún ser humano pues ella es acto puro: acaece todo, todo el tiempo, y el ser humano, por su parte, está afectado de potencialidad: “tiene la capacidad de cambiar de cualquier modo que sea.” (Aristóteles. Metafísica. 1019b.) Al ser capaz de ello, tanto puede llegar como no llegar a ser o a hacer una cosa y, por ende, no puede llegar a ser y a hacerlo todo. En consecuencia, libertad ilimitada no la tiene ningún ser humano pues para ello necesitaría ser y hacerlo todo, todo el tiempo, y vemos que esto no es así. La libertad, no obstante, puede presentarse de otra forma: de forma limitada. La libertad ilimitada, entonces, sólo puede ser tenida como precedente. Precedente necesario para pensar y vivir la libertad de forma limitada, ya que sólo se puede limitar cuando hay algo precedente que es más amplio, ¿y qué es más amplio que lo ilimitado? Así, si la libertad se presenta de forma ilimitada o limitada, entonces el ser humano, que no posee libertad ilimitada, posee, por tanto, libertad limitada. Ahora bien, ella es limitada por él mismo y por algo externo: la situación.

Ésta puede concebirse de dos modos, abstracta o concretamente (Cfr. Karl Marx. “Introducción general a la crítica de la economía política [1857]”. pp. 50-59.): en el primer caso se observa lo que es común a todas las situaciones y, por ello, gracias a eso común, ellas se vuelven equiparables, semejantes; mientras que, por el contrario, en el segundo caso ninguna puede ser reducida o equiparada a otra ya que cada una es única. Esto, hay que advertirlo, no nos conduce a terminar con dos tipos de situaciones: una situación abstracta y una situación concreta. La situación se concibe tanto abstracta como concretamente y, sin embargo, ella siempre es una; sólo se concibe de doble modo, nada más.

Pues bien, esta doble concepción nos permite ver las dos formas en que la situación limita la libertad del ser humano.

La situación, concebida abstractamente, se revela, siguiendo libremente a Aristóteles, como categorías simples espacio-temporales: estar en un lugar, en tal posición, con otros seres, haciendo tal o cual cosa, con cierto clima, a cierta hora, en cierta fecha, con cierta edad, etcétera. Éstas son simples pues ellas les son comunes a todas las situaciones, por ejemplo, no importa si el lugar en que uno se encuentre es un parque, una recamara, un salón de clases, un sótano o un cementerio, todos ellos son un lugar; uno está siempre, sin importar qué lugar sea, en un lugar. Igualmente, no importa si uno se encuentra acostado, sentado, parado de manos, de pie o arrodillado, uno se encuentra siempre en una posición. Y lo mismo puede decirse de todas las demás. La situación, concebida de este modo, nos muestra la forma simple de limitación de la libertad del ser humano. Ésta consiste en que él siempre se encuentra en una situación. Esta forma de limitación es, además, esencial: el ser humano sólo puede vivir y existir en una situación. En efecto, no podemos pensar en alguno que se encuentre fuera o escape de las categorías simples espacio-temporales.

Ahora bien, en la situación concebida concretamente, éstas cobran realidad o adquieren contenido. Es aquí cuando importa cuál es el lugar, cuál la posición, qué hora es, qué fecha es, qué otros seres hay ahí, etcétera. Más aún, al hablar ya del “ser humano” no se piensa en el género humano o en todo ser humano posible sino en uno particular, digámoslo así, de carne y hueso. La situación, concebida concretamente, muestra la forma compleja de limitación de la libertad del ser humano. Compleja, porque está compuesta de una multitud de elementos diversos, los cuales son los contenidos que adquieren las categorías simples espacio-temporales, o la realidad que éstas cobran, y los que hacen que cada situación sea única e irrepetible. Por ejemplo: resulta imposible decir que alguien en el cuarto de una casa en los suburbios, sentado en un sillón, viendo la televisión aún en blanco y negro, a las diez de la noche en 1960, se encuentra no ya en la misma situación sino en una siquiera equiparable a la de alguien que está en la sala de su departamento, sentado en su sillón, viendo la televisión, a las diez de la noche en el año 2012. Ambas situaciones, aunque en apariencia semejantes, son terriblemente diferentes. Ni siquiera dos en una misma habitación están en una situación semejante: el simple hecho de ocupar un espacio diferente en ella lo cambia todo. Siendo esto así, cada situación pone su propia limitación; limitación compleja, pues entran en juego todos los contenidos adquiridos por las categorías simples espacio-temporales. Por ejemplo: estando en una carrera de 100 metros planos, se debe correr, no invadir los carriles de al lado, usar determinada vestimenta, atenerse a la señal de salida, etcétera. La limitación que pone esta situación consiste en todo esto e incluso más, y no es en absoluto semejante a la que pone, por mencionar algo, el encontrarse conduciendo un automóvil en pleno embotellamiento. Sin embargo, la limitación puesta por cada situación no significaría nada si el ser humano no se limitara él mismo según ellas o, dicho de otra forma, la situación limita porque el ser humano admite esa limitación; se limita a hacer lo que ellas dictan, aunque bien podría hacer otra cosa.

La libertad del ser humano es, pues, limitada por él mismo y por algo externo que es la situación. Llegado aquí, encontró la voluntariedad: el tener el principio de movimiento en uno mismo y por ello ser capaz de hacer esto o aquello o de no hacer; de hacer o no hacer lo que establece la situación. Mediante aquélla no se afirma la libertad del ser humano sino que más bien se limita ya que al hacer esto o aquello, desaparecemos la opción de no hacer; y al no hacer, la opción de hacer. No se puede hacer y no hacer al mismo tiempo. La voluntariedad tiene lugar pues el ser humano es un poco del campo de posibilidades de la libertad y lo que hace es sólo quedarse con una de ellas.

Dicho todo esto, y al haber descartado que la libertad del ser humano sea voluntariedad o el no encontrarse en condición de siervo o preso ya que esta idea se descarta junto con la anterior porque en ella el ser humano se autoafirma como señor y, por ende, como no sujeto a algo, comprendió que aquello que había supuesto, que el ser humano posee libertad -libertad limitada, lo descubrió-, debe ser, según lo que pensó, aceptado como cierto. Y ahora, después de todo, con total certeza, se alegró pues descubrió que incluso en tal situación sigue teniendo libertad; la voluntariedad por la que se alegró, de hecho, fue una muestra indirecta de la libertad que posee: si hay voluntariedad, como precedente hay libertad. Empero, no se conformó con ello y se cuestionó qué imagen nos ayuda a concebir la libertad limitada que posee el ser humano.

La libertad ilimitada es campo, aquello donde acaece todo, todo el tiempo. Ahora bien, si mediante alguna imagen es posible concebir la libertad del ser humano, libertad limitada, es imaginándolo en ese campo. (Cfr. José Luis Pardo. Las formas de la exterioridad. pp. 15-23.) O sea, abarcando sólo una parte de ella, como una nube en el cielo: sin límites claros y cambiantes. De aquí el que esté afectado de potencialidad: puede cambiar de cualquier modo que sea ya que está en algo donde acaece todo el tiempo todo: hay potencialidad porque hay acto puro. Puesto así, hablando propiamente, el ser humano no posee o tiene libertad, sino que más bien al encontrase en ella, él es libertad limitada. Es un poco del campo de la libertad. Así como la nube no posee un cacho de cielo, sino que es un poco de él. Con esto, coligió que es imposible la existencia de un ser humano no libre. Todo ser humano, por el simple hecho de existir, es libre limitadamente.

Pues bien, osada lectora, salga ya de aquella situación en la que amablemente se dispuso. Su esfuerzo no fue en vano, pues ahora tenemos por cierto que el ser humano, sin importar la situación en que se encuentre, es libre limitadamente. Además de que no puede perder tal libertad al menos mientras exista. El esfuerzo y resultado de su investigación puede ser resumido a lo siguiente: ser humano = libertad limitada.

Hay, no obstante, algo más que se debe agregar: si bien el ser humano es como una nube, es un poco del campo de la libertad así como ella es un poco de cielo. Y si bien sus límites, al igual que los de la nube, no son claros y son cambiantes; sin embargo, en su vida diaria sucede algo que la nube no vive: la estabilidad y la parálisis.

El ser humano o la libertad que es el ser humano es una libertad creadora. Esto es, el ser humano se crea a sí mismo y al mismo tiempo crea el mundo o, dicho de otra forma, creándose a sí mismo crea el mundo. En su vida, el ser humano se crea a sí mismo, pues cada día de vida piensa algo que no pensó el día de ayer, construye algo que no hizo ayer, ve algo que no imaginó ver ayer, descubre algo que era desconocido el día de ayer, aprende algo que no sabía el día de ayer… Todo esto, en ningún modo pasa inadvertido. Si pasara inadvertido, en principio, usted no estaría leyendo esto ya que habría olvidado todo lo leído hasta aquí. Todo lo que pasa el día de hoy no sería posible sin el día de ayer. Esta creación de sí mismo es aquello que llamamos experiencia: aquello que debe ser vivido, y que por ello es experiencia, se experimenta; y que es guardado, “pensado” y re-vivido: la experiencia se guarda de alguna forma en la memoria, se “piensa” –se analiza, se reflexiona, se rememora, se “perfecciona”, etcétera- aquello que vivimos, y se re-vive, o sea, se experimenta otra vez.

Al mismo tiempo que hace esto, crea el mundo. No es necesario pensar en las grandes hazañas de algunos o en los grandes descubrimientos de otros, o en aquello que hagan aquellos a los que llamamos grandes. La de vida de cualquiera, de todo ser humano, es una libertad creadora. El simple hecho de vivir un día crea el mundo. Quizá no es algo que se vea, quizá se piense que la vida de uno mismo pasa inadvertida o no vale nada en el gran teatro del mundo; sin embargo, en este mundo todo está conectado, a veces de forma cercana y por ello se percibe más claramente, pero también hay conexiones distantes y por esto se perciben oscurecidas. Piénsese sencillamente en todas las personas que se ven en un día y en todas las que nos ven en un día, quizá a usted le pareció encantadora alguna o alguien quedo deslumbrado por usted. Y quizá ese alguien hable de usted con otros. Éstos quizá también queden, según lo que les dijeron, deslumbrados por usted. Y, quién sabe, tal vez su figura deslumbrante se expanda tanto que se vuelva tremendamente difícil seguirle la pista. Piense que tal vez alguna conversación suya, escuchada por error, dio solución al problema de alguien. Éste, a su vez, recomendará lo que alguna vez le escuchó a usted… También se puede pensar en todo lo que se hace en un día: sin importar qué haga, uno está creando el mundo. El empresario, hace lo suyo; el profesor, lo que le corresponde; el albañil, construye lo que debe; el carpintero, vuelve la madera en muebles; el niño, juega… Incluso la pieza más pequeña de una maquinaria (si es que la hay) es vital en el funcionamiento.

Al igual que los de la nube, los límites del ser humano no son claros y son cambiantes. Por ello es una libertad creadora, por ello el ser humano se crea a sí mismo y al mismo tiempo crea el mundo, porque siempre puede ir más allá de lo que hasta hoy ha ido. Ésta es la importancia de la vida diaria, vida de todo ser humano: al paso de ella, se crea a sí mismo y crea el mundo, su mundo.

Empero, en la vida diaria, como habíamos dicho, se da la estabilidad y la parálisis. Es innegable que en este mundo la vida diaria, vida de todo ser humano, se vuelve estable, esto es, vivir-como-si-siempre-fuera-lo-mismo, pues vivir siempre lo mismo es imposible ya que cada situación es única e irrepetible. Este vivir-como-si-siempre-fuera-lo-mismo, la estabilidad, es aquello que muchas veces su busca: tener de forma estable un trabajo o una vida amorosa, por decir algo. Hasta aquellos permanentes buscadores de aventuras, contrario a lo que se puede creer, quieren estabilidad: mantenerse en la aventura. Todas estas bondades que la vida puede dar, dan seguridad y a veces, quizá, alegría. Nadie negará lo deseable de una vida estable, sea cual sea. No obstante, la estabilidad llega a permear a tal grado la vida que el ir-más-allá del cual es capaz el ser humano se vuelva unidireccional, por ejemplo, aprender más sólo en lo respectivo a un área especifica del saber, ver sólo cierto tipo de películas, escuchar sólo cierto tipo de música, etcétera, y ante lo diferente se bloquea, quiérase o no, totalmente. No importa que se conviva, forzosamente, con aquello diferente de lo que se quiere; que se escuchen, por ejemplo, de manera forzosa otros tipos de música o que uno sea obligado a estudiar matemáticas. Aun así, permanece bloqueado, pues no permite que eso diferente, que al final forma parte de su mundo, sea parte de él en el sentido de que lo experimenta y, así, viva toda su riqueza –y todo tiene alguna riqueza, lo que hace imposible desdeñar algo-, antes de juzgarlo y de que el gusto dé su sentencia arbitraria.

En este estado, aunque el ser humano sigue siendo una libertad creadora, sin embargo, deja de ser todo lo creadora que podría. Se vuelve una libertad creadora paralizada pues pierde el poder moverse en múltiples direcciones para volverse unidireccional. El carpintero es carpintero y nada más; el investigador de serpientes vive sólo para ellas, y estos seres humanos pueden llegar incluso a ser los mejores en ello, pero el niño es la libertad más creadora de todas, porque afirma todo como parte de él: en este momento es bombero; al siguiente, policía. Ahora es dulce; después, puede ya no querer compartir nada. Una libertad creadora paralizada, más allá de lo que prefiere, no puede nada; es una flecha que avanza y crea en una dirección. Una libertad creadora es una flor que se abre cada día un poco más. Ambas tienen su belleza, y cada ser humano puede decidir ser una u otra en su vida.

Bibliografía.

Aristóteles. Ética nicomáquea * Ética Eudemia. Traducción: Julio Pallí Bonet. 1ª edición, Madrid: Editorial Gredos. 1985. Colección: Biblioteca Clásica Gredos/89.

_______. Metafísica. Traducción: Tomás Calvo Martínez. 1ª edición, Madrid: Editorial Gredos. 1994. Colección: Biblioteca Clásica Gredos/200.

Bachelard, Gastón. La poética del espacio. Traducción: Ernestina de Champourcin. 1ª edición, Argentina: Fondo de Cultura Económica. 2000.

Marx, Karl. “Introducción general a la crítica de la economía política [1857]” en Introducción general a la crítica de la economía política/1857. Traducción: José Aricó y Jorge Tula. 3ª edición, México: Siglo XXI editores. 1982. Colección: Biblioteca del Pensamiento Socialista.

Pardo, José Luis. Las formas de la exterioridad. 1ª edición, Valencia: PRE-TEXTOS. 1992.

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