Elogio de la patria.

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La Mère Patrie
William-Adolphe Bouguereau   –  Francia.
1883.
Colección privada.
230.51 x 139.7 cm

 

1. Elogio de la patria.

Un tópico, dice Luciano: “nada hay más dulce que la patria de uno”. (Luciano. “Elogio de la patria”. 1.)

En esto cita al Ulises de Homero, pero lo dicho por él es más largo: “nada es más dulce que el propio país y los padres / aunque alguien habite una rica, opulenta morada / en extraña región, sin estar con los suyos”. (Homero. Odisea.  34-36.)

Como si tuviera todo esto en mente, prosigue Luciano: “En realidad, de todo cuanto los hombres consideran sagrado y divino es la patria causa y maestra, al engendrarlos, nutrirlos y educarlos.” (Luciano. Op. cit. 1.) Así la patria es los más sagrado y divino, ya que es causa y maestra de todo lo tenido por sagrado y divino, incluidos los padres, a quienes Ulises había mencionado.

Y es ésta, en verdad, la razón en la que se apoya casi todo lo dicho en el Elogio de la patria: se debe honrar la patria porque ella es causa y maestra. Y es que, sobre todo, hay que honrarla: no importa que otras tengan más riqueza o las tengamos por más esplendidas, atractivas, etcétera, la propia patria se ha de elegir en cualquier caso, y se hará lo posible para que ella alcance la belleza de las otras. Eso dice Luciano: “Si se trata de comparar ciudades, procede considerar su extensión, belleza y la abundancia de sus mercados; mas, cuando hay que escoger entre ciudades nadie elegiría la más esplendida y omitiría a su patria, sino que haría votos porque la suya gozase de similar prosperidad, pero la elegiría en cualquier caso.” (Ibídem. 2.)

Nuestra patria es, pues, causa y maestra:

– en tanto que nuestros padres y demás antepasados -todos ellos honrados- pertenecieron a ella; de este modo nuestra patria, en algún sentido, nos los dio. “Si uno rinde a su padre la honra debida, como la ley y la naturaleza demandan, debería honrar aún más a su patria, pues el padre mismo es algo de ella, así como el padre del padre y todos los antepasados de la familia, y hasta a los dioses patrios llega a remontarse el nombre.” (Ibídem. 4.)

– en tanto que ella nos educó -y la educación también es honrada-, ya que en ella aprendimos el lenguaje y todo lo venido posteriormente. “Y, si a alguien le ha tocado en suerte nacer en una tierra tal que precisara de otra para su educación superior, aun así quede reconocido a su patria por esos rudimentos educativos, pues no habría llegado ni a conocer el significado de la palabra «ciudad» de no haber aprendido, gracias a su patria, que ella era una ciudad.” (Ibídem. 6.)

– en tanto que en ella nacimos; así, en cierto sentido, nos engendró. Ahí vimos, pues, por vez primera la luz. Y así también nos nutrió, no sólo intelectual sino también físicamente, por alimentarnos de lo en ella producido o traído a la misma.

Es de este modo que la patria ha de ser honrada, y se han de hacer esfuerzos para serle útil, y así tributarle algo en agradecimiento a lo que nos dio: crianza y educación, dice Luciano. Ya que “no deben mostrarse ingratos quienes han recibido los mayores beneficios. Al contrario: si se tributa gratitud individualmente, como es justo, cuando se recibe un favor de otro, mucho más procede devolver a la patria cuanto merece, pues incluso frente a la injusticia de los padres hay leyes en las ciudades; mas debemos considerar a la patria madre común de todos y tributarle nuestros dones de gratitud por nuestra crianza y por el conocimiento de las leyes mismas.” (Ibídem. 7.)

En suma, se concluye con Luciano, “lo más placentero es honrar el nombre de mi patria.” (Ibídem. 2.) Y “quienes tienen por madre a la patria aman el suelo en que nacieron y se criaron, por escaso, accidentado y árido que sea.” (Ibídem. 10.) Esto, agrega como anotación, es “Lo mismo [que] hacen también los hijos honrados y los padres honestos: ni un joven bien nacido antepondría la honra de otro a la de su padre, ni un padre se despreocuparía de su hijo para querer a otro joven; antes al contrario, les atribuyen tantas perfecciones los padres a los hijos, vencidos por su amor, que les parecen los más bellos, los más esbeltos y adornados con las mejores cualidades en cada caso. Y quien no juzgue de ese modo a su hijo no tiene, a mi entender, ojos de padre.” (Ibídem. 3.)

1.1

Es curioso que Luciano diga que los padres “vencidos por el amor” eligen, pese a todo, a sus hijos. Así, cabe preguntarnos, si quien pese a todo elige a su patria, ¿está también “vencido por el amor”? El asunto es que hay cosas que pueden resultar inexplicables, y una de ellas es que alguien ame y honre algo carente de esplendor, más aún cuando tiene la posibilidad de alejarse y acercarse a algo más digno de ello.

No lo voy a negar: hasta hoy no le tengo un especial cariño a mi patria. Y siguiendo a Luciano acepto que no tengo ojos de hijo, porque no honro como debiera a quien me engendró, me ha dado crianza y educación. Porque sinceramente acepto lo que dice Luciano, y no creo que carezca de razón: la patria es causa y maestra. Es así que, pienso yo, no me encuentro vencido por el amor.

Estar vencido por el amor es la que me parece la verdadera razón de que se honre la patria, si bien casi todo lo dicho en el Elogio de la patria se fundamenta en que ella es causa y maestra. Esto me parece, más bien, la forma en que quienes ya la honran tratan de decirnos por qué hemos de hacerlo nosotros también.

Honrar la patria es algo que no se hace por convencernos ciertas razones, sino que sale del corazón. Y ya se ha dicho, siguiendo a Bergson, que aquel que ama corre siempre el peligro de no poder dar conocer a otros, cuando así lo desea, su amor. Ello no por carecer de medios y/o habilidad para usarlos, sino, precisamente, por necesitar de manera inevitable de ellos, ya que nos dice siempre: amo porque es así, porque es asá, porque hace esto, porque no hace esto, pero me hace sentir así… Mas la única forma en que podría sernos dado el amor que siente es estando, nosotros mismos, enamorados; es decir: sintiendo el amor en nosotros, y no conociéndolo desde aquél. (Cfr. Henri Bergson. Introducción a la metafísica. p. 9.)

Así pues, seres como yo, hasta que no pase algo, nos vemos privados de sentir amor por la patria, y no la honraremos como se debe, por más razones que nos dé Luciano y compañía.

1.2

Vencidos por el amor, pues, se encuentran quienes honran su patria. Sólo así, a un ser no enamorado como yo, le resultan comprensibles algunas cosas que suceden y menciona Luciano:

– “Y quienes en su tiempo de estancia en el exterior llegaron a ser ilustres por la adquisición de riquezas, el honor del cargo público, el testimonio de su cultura o el elogio de su valentía, es de notar que todos se apresuran a regresar a su patria, como si no pudieran exhibir sus propios éxitos en otro lugar mejor. Y tanto más se apresta cada uno a aferrarse a su patria cuanto mayor aparezca su estimación en el exterior.” (Luciano de Samósata. Op. cit. 8.)

– “Sienten añoranza de su patria hasta los jóvenes, mas los hombres de edad, en cuanto que son más sensatos que aquéllos, añoran más su patria. En efecto, todo anciano anhela y pide a los dioses acabar su vida en la patria, para que -allí donde empezó su vida- quede su cuerpo en la tierra que le alimentó y comparta las sepulturas de sus antepasados.” (Ibídem. 9.)

– “Y uno corre presuroso a su patria aunque sea isleño -Luciano está pensando en Ulises-, y aunque pueda ser feliz en otras tierras; y no aceptará la inmortalidad que le ofrecen, prefiriendo una tumba en su patria, y la visión del humo de su patria le parecerá más brillante que el fuego de otras tierras.” (Ibídem. 11.)

– “El concepto de patria es considerado algo tan honroso en todo país, que por doquier puede observarse cómo los legisladores han prescrito el destierro como el más duro castigo para los mayores delitos.” (Ibídem. 12.)

– “Y el criterio de los legisladores no difiere del de los jefes militares; antes al contrario, en las batallas, la consigna más efectiva para las filas es decirles que luchan por su patria: nadie, al oírlo, se resigna a ser un cobarde, pues «torna aguerrido al medroso el nombre de la patria».” (Ídem.)

Y ahora veo cosas parecidas:

– Algunos que triunfan en el exterior o viven de manera no desdeñable en país extranjero dicen extrañar su tierra, su comida, su gente.

– “Y tanto más se apresta cada uno a aferrarse a su patria cuanto mayor -o cuanto menos- aparezca su estimación en el exterior.” Por ejemplo: hay quienes dicen hacer filosofía mexicana o comida sureña.

– En efecto, todavía anhelamos que nuestros restos sean llevados a nuestra patria, y descansen junto al de nuestros ancestros.

– Todavía nos es dicho que hay que ser ciudadanos útiles a la patria, y trabajar por su futuro. E incluso se recriminan en nombre del país ciertas acciones; por ejemplo, en México se sabe bien esto: “por eso México no prospera”, “México, me dueles…”, etcétera.

-No desconocemos que “la consigna más efectiva para las filas es decirles que luchan por su patria”. Si bien puede ser cierto que uno no la ha escuchado estando en batalla, no obstante no nos faltan referencias de ello. Llegan a mi mente, justo ahora, las películas de Narnia, donde los gritos de guerra son: ¡Por Narnia!, ¡Por Aslan!

En suma, pues, no desconocemos el amor a la patria.

2. La Mère Patrie.

Arriba podemos ver La Mère Patrie de William-Adolphe Bouguereau, y en esa pintura apreciamos dos cosas dichas por Luciano: la patria nos cría y por ello ha de ser honrada. Ella, ciertamente, se descubre sus pechos y casi todos sus hijos la miran con adoración. Pero Bouguereau nos da a entender, además, otras cosas.

No puede pasarse por alto la expresión neutral de su rostro: mirada fija y labios apretados, pero sin un atisbo de dolor, alegría, tristeza o cualquier otra cosa. Y ello pese a que casi todos sus hijos le profesan no poca admiración. Esto parece darnos a entender que la patria, frente a sus hijos, es neutral. Actitud, ésta, que trae consigo consecuencias dignas de mención, pues si la patria es neutral ello significa que dispensa sus bienes a cualquiera: por eso vemos cómo es que se descubre sus pechos pero no mira quién se acerca a beber de ellos. En un primer momento, puede considerarse esto algo admirable, por poder hacernos todos de los bienes de nuestra patria. Mas hay que poner nuestra atención en que ésta no dispensa bienes por doquier ni a todos al mismo tiempo. Así, habrá quienes no reciban ningún bien de su patria, sin importar cuánta admiración le profesen; habrá, pues, -cosa que no representa Bouguereau- algunos hijos que morirán de hambre, pese a que su patria pueda proveerles bienes.

El que la patria sea neutral frente a sus hijos también provoca que no vea lo que sucede en la parte baja del cuadro: allí, dos de éstos se han despreocupado de ella, cosa que se destaca aún más al ver cómo es asediada por los restantes siete. Ellos, o bien están embelesados el uno con el otro o bien se encuentran en el preámbulo de una batalla. En el primer caso, es preciso destacar que no les ha pasado nada, por ser su representación semejante a la de los demás hijos, y la madre patria no ha resultado menoscabada. Así, el que uno no la honre, por más que se diga, no trae consigo ningún mal. En cuanto al segundo caso, quizá lo que se puede decir es que a la patria y a los demás que viven en ella, poco les importa que algunos cuantos se causen daño mutuamente. A la primera porque es neutral; o por decirlo con Luciano: porque la patria es un concepto, y ellos no se preocupan por la vida de quienes los han construido. A los demás habitantes de la misma patria, porque sacrifican a unos cuantos es pos de salvar la patria admirada, y a ellos junto a ésta.

Además, si es que es licito decirlo, Bouguereau nos da a entender que si honramos nuestra patria de ella no recibimos ni una sonrisa, es decir, ni más ni menos bienes de los que ofrece a los demás. El honrar la patria es, pues, una acción unilateral, porque ella es neutral, hagamos lo que hagamos.

Bibliografía.

Bergson, Henri. Introducción a la metafísica. Traducción: Rafael Moreno. 1ª edición, México: Universidad Nacional Autónoma de México – Centro de Estudios Filosóficos. 1960. Colección: Cuadernos/8.

Homero. Odisea. Traducción: José Manuel Pabón. 2ª edición, Madrid: RBA Libros – Editorial Gredos. 2008. Colección: Biblioteca Clásica Gredos.

Luciano de Samósata. “Elogio de la patria” en Obras I. Traducción y notas: Andrés Espinoza Alarcón. 1ª edición, Madrid: Editorial Gredos. 1981. Colección: Biblioteca Clásica Gredos/42. pp. 161-165.

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