Lazos familiares.

1111
Escena familiar.
Fernando Botero – Colombia.
1969.
Colección privada.
211 x 195 cm.

 

No es que en estas fechas tenga una especial fortaleza mi deseo de guerrear, pero quizá la mejor época en que se puede decir algo contra los lazos familiares son las fiestas decembrinas, porque durante ellas no importa cómo los miembros de una familia se llevan durante el año -o se han llevado durante toda su vida-, éstas son las fechas en que se olvidan lo rencores y perdonan las ofensas. En éstas abundan las llamadas telefónicas a parientes que nunca o pocas veces se les habla, los muros de Facebook se llenan de imágenes y buenos deseos (Cfr. Karelia Vázquez. Noche Vieja: el día de los post más largos (y cursis) en Facebook, EL PAÍS.), tuits son escritos en masa, reuniones familiares se vuelven -casi- obligatorias, y al menos en el país que vivo las películas navideñas -o con semejantes sentimientos- se empoderan. El mundo familiar, pues, por decirlo de algún modo, destila amor, concordia y paz.

O al menos eso es lo que aparentan ciertas o muchas familias, porque de una buena cantidad he escuchado que hacen suya la orden de Los pingüinos de Madagascar, cuando deben encubrir lo que verdaderamente hacen: “bonitos y gorditos”. Aunque quizá esto no se hace siempre por malicia, para guardar las debidas apariencias, sino porque la fuerza de los lazos familiares obliga a que, pese a todo, éstos no se rompan.

Así pues, quizá omitiendo los casos extremos, la familia se ve compelida a permanecer unida. Y quien se resiste a esto, y no siente cariño por su familia o por algún miembro de ella, es mal visto por los externos a la misma. De ello he encontrado viejos testimonios, y contemporáneos también. En cuanto a los primeros, hace tiempo hallé uno de 1878, en Marianela de Benito Pérez Galdós:

– ¿Pero tú me tienes por bobo?… ¡Ah!, Nelilla, estoy rabiando. Yo no puedo vivir así, yo me muero en las minas. ¡Córcholis! Paso las noches llorando, y me muerdo las manos, y… no te asustes, Nela, ni me creas malo por lo que voy a decirte: a ti sola te lo digo.

– ¿Qué?

– Que no quiero a mi madre ni a mi padre como los debiera querer.

– Ea, pues, si haces eso, no te vuelvo a dar un real. ¡Celipín, por amor de Dios, piensa bien lo que dices!

– No lo puedo remediar. Ya ves cómo nos tienen aquí. ¡Córcholis! No somos gente, sino animales. A veces se me pone en la cabeza que somos menos que las mulas, y yo me pregunto si me diferencio en algo de un borrico… Coger una cesta llena de mineral y echarla en un vagón; empujar el vagón hasta los hornos; revolver con un palo el mineral que se está lavando. ¡Ay!… (al decir esto los sollozos cortaban la voz del infeliz muchacho). ¡Cór… córcholis!, el que pase muchos años en este trabajo, al fin se ha de volver malo, y sus sesos serán de calamina… No, Celipín no sirve para esto… Les digo a mis padres que me saquen de aquí y me pongan a estudiar, y responden que son pobres y que yo tengo mucha fantasía. Nada, nada, no somos más que bestias que ganamos un jornal… ¿Pero tú no me dices nada?

La Nela no respondió… Quizás comparaba la triste condición de su compañero con la suya propia, hallando ésta infinitamente más aflictiva.

-¿Qué quieres tú que yo te diga? -replicó al fin-. Cómo yo no puedo ser nunca nada, como yo no soy persona, nada te puedo decir… Pero no pienses esas cosas malas, no pienses eso de tus padres.

-Tú lo dices por consolarme; pero bien ves que tengo razón… y me parece que estás llorando.

-Yo no.

-Sí; tú estás llorando.

-Cada uno tiene sus cositas que llorar -repuso María con voz sofocada-. Pero es muy tarde, Celipe, y es preciso dormir.

-Todavía no… ¡córcholis!

-Sí, hijito. Duérmete y no pienses en esas cosas malas. Buenas noches.

(Benito Pérez Galdós. Marianela.  p. 26.)

Según el juicio de Marianela, entonces, no importa todo lo que haga una familia, siempre será una cosa mala no quererla. Incluso Celipín, en el fondo, está convencido de que no querer a su familia es algo indebido; él dice: “no quiero a mi madre ni a mi padre como los debiera querer”, es decir, bien sabe que es una olbigación querer a sus padres, y por ello le da miedo afirmar con total seguridad: “no quiero a mi madre ni a mi padre”.

Y así también encontré un testimonio del siglo II sobre no querer a la familia (¡así de viejo es el asunto!), en el Elogio de la patria de Luciano de Samósata:

Para mí, lo más placentero es honrar el nombre de la patria. Si se trata de comparar ciudades procede considerar su extensión, belleza y la abundancia de su mercados; mas, cuando hay que escoger entre ciudades, nadie elegiría la más esplendida y omitiría su patria, sino que haría votos por que la suya gozase de similar prosperidad, pero la elegiría en cualquier caso.

Lo mismo hacen también los hijos honrados y los padres honestos: ni un joven bien nacido antepondría la honra de otro a la de su padre, ni un padre se despreocuparía de su hijo para querer a otro joven; antes al contrario, les atribuyen tantas perfecciones los padres a los hijos, vencidos por su amor, que les parecen los más bellos, los más esbeltos y adornados con las mejores cualidades en cada caso. Y quien no juzgue de ese modo a su hijo no tiene, a mi entender, ojos de padre.

(Luciano de Samósata. “Elogio de la patria”. 2-3.)

No tiene ojos de padre, entonces, quien no está vencido por el amor y no le atribuye las más esplendidas cualidades a su hijo, o al menos aun reconociendo todas sus carencias lo elegiría en cualquier caso. Y quizá lo mismo valdría para cualquier otro lazo familiar: quien, vencido por el amor, no elige por sobre todos a su padre, hermano, mamá, hermana, etcétera, no tiene ojos de hijo, hija, hermano, hermana, etcétera. Se convertiría, así, en alguien ajeno a la familia, no obstante seguirá perteneciendo a ella porque los demás miembros, vencidos por el amor, omitirán sus faltas, y no lo dejarán de querer y ayudar. Y aún más: como a los vencidos por el amor, Luciano los llama honrados y honestos, entonces tal vez quienes no sienten cariño por su familia o por algún miembro de ella son viles y falsos, mas sólo a los ojos de alguien externo, porque en aquélla todas las faltas son omitidas.

La familia, al parecer, es un grupo extraño: pese a que alguien reniegue de él, y no quiera pertenecer ya más, los demás miembros nunca lo dejarán sin su asilo y amor. Y así, aunque no quiera, tendrá por toda su vida la familia que le tocó. ¿Cómo podría desaparecer este grupo? Sólo, creo, deseando todos los miembros romper sus vínculos. Y así uno podría declararse, por fin, afamiliar. Mas esto parece ser imposible porque, si es que sucede, tan pronto como se rompa una familia se establecerá otra, aunque no necesariamente por un vínculo de consanguinidad o legal. Y esta nueva familia, sin duda, se verá también compelida a permanecer unida. Y así también, serán mal vistos todos los que no sientan cariño por su familia o por algún miembro de ella.

De dónde procede, y por qué tienen las familias este ímpetu por la unidad es un enigma para mí.

Bibliografía.

Pérez Galdós, Benito. “Marianela” en Miau * Marianela. Prólogos: Teresa Silva Tena. 21a edición, México: Editorial Porrúa. 2005. Colección: Sepan Cuantos…/69.

Luciano de Samósata. “Elogio de la patria” en Obras I. Traducción y notas: Andrés Espinoza Alarcón. 1ª edición, Madrid: Editorial Gredos. 1981. Colección: Biblioteca Clásica Gredos/42. pp. 161-165.

Hemerografía.

Vázquez, Karelia. (2014, 3 de enero) Noche Vieja: el día de los post más largos (y cursis) en Facebook, EL PAÍS. Blogs. Recuperado el 4 de enero de 2014, de http://blogs.elpais.com/antiguru/2014/01/a%C3%B1o-nuevo-el-d%C3%ADa-de-los-post-m%C3%A1s-largos-en-facebook.html

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