Vicio del citar.

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“Der moderne Buchdruck”, escultura ubicada en la plaza Bebelplatz de Alemania. Fotografía vía Flickr por Venana.

 

Ya he dicho antes que toda práctica puede llegar a convertirse en un vicio, en tanto que se lleve a cabo en exceso o de manera muy frecuente. Ver, sin embargo, que alguna se ha vuelto vicio nuestro no es, muchas veces, una tarea sencilla, más aún si se trata de una no considerada en general viciosa. Por lo regular, se necesita del otro para saberlo, así al bebedor regular de alcohol o al derrochador alguien le dirá que se está excediendo. Mas éstas son prácticas donde el vicioso es observado rápidamente, porque de ellas es sabido que en potencia son un vicio. Pero hay otros tantos viciosos no vistos por todos, o no al menos de forma tan rápida, porque sus prácticas no son consideradas un vicio, ni siquiera en potencia; al contrario, su persistencia y el ahínco al realizarlas se tiene por una costumbre sanísima, donde ningún riesgo ni estancamiento está presente. Así ha sido visto ya que pasa con el estudio…

En estos casos, empero, también por lo regular es necesario del otro para saber que alguna práctica se ha vuelto vicio nuestro. Aquí sin embargo, el otro quizá sea más observador. Y creo que sin duda el denunciado debe tenerle cierta estima, para llegar a considerar que una práctica realizada con denuedo, tenida por la mayoría e incluso por este mismo como sana en sumo grado, es quizá un vicio. Pues de lo contrario, si el denunciador carece de estima, su afirmación parecerá ridícula. ¿Cómo algo tan bien visto por la inmensa mayoría puede ser un vicio?

He descubierto un vicio mío, o al menos una práctica que está presente de manera muy peligrosa: el escribir a partir de las palabras de otro, mi muy preciada cita comentada. Esta práctica, como todo buen vicio, puede traer consigo dependencia, lo que para el pensamiento sería terrible porque no podría darse a sí mismo movimiento: siempre tendría que venir antes algún pensamiento exterior para poder moverse y comenzar a crear. Desde luego, esto es algo extremo, y dudo mucho que exista un caso parecido. Mas un síntoma de que hay cierta dependencia es que muchas cosas aquí puestas han sido dichas a partir de una cita.

Claro está, no hay que dejar de hacer citas comentadas, o sea, no se debe dejar de escuchar lo que otros han dicho -sea por el medio que haya sido-, y agregarlo a lo que hay en nosotros. Ni mucho menos, en otras cuestiones, dejar de hacer las debidas referencias cuando así sea preciso, en consideración a quién nos dio cierta idea o intuición, y sobre todo en consideración a quien lee. El asunto radica en la moderación: no siempre esperar a que alguien con sus palabras nos dé una base, sino también arriesgarnos a pensar algo en caída.

Con seguridad se me preguntará cómo he descubierto esto es mí. Pues bien, en honor a la verdad, no escapé de lo que sucede con regularidad: otro debió hacérmelo notar. ¿Quién? Miguel de Cervantes fue. Es irónico el asunto: fue una cita la que me hizo ver que el escribir a partir de citas se ha vuelto vicio mío, o al menos es una práctica presente de manera peligrosa.

Esto fue lo que leí en Don Quijote de la Mancha:

De todo esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo qué acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé qué autores sigo en él, para ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras del abecé, comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoílo o Zeuxis, aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro. También ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos; aunque si yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos, yo sé que me los darían, ya tales, que no les igualasen los de aquellos que tienen más nombre en nuestra España. En fin, señor y amigo mío -proseguí- yo determino que el señor don Quijote se quede sepultado en sus archivos en la Mancha, hasta que el cielo depare quien le adorne de tantas cosas como le faltan, porque yo me hallo incapaz de remediarlas, por mi insuficiencia y pocas letras, y porque naturalmente soy poltrón y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos. (Miguel de Cervantes. Don Quijote de la Mancha. I, Prólogo; p. 9.)

Y, por si se pudiera hacer aún más irónico, algo escrito por Wittgenstein en el Prólogo del Tractatus logico-philosophicus llegó a mí mente:

No quiero juzgar hasta qué punto mis esfuerzos coinciden con los de otros filósofos. De hecho, lo que he escrito aquí no tiene aspiración alguna de novedad en sus detalles; y la razón por la que no indico fuente alguna se debe a que me resulta indiferente si lo que he pensado ya había sido pensado con anterioridad por algún otro.

Sólo quiero mencionar que debo a las grandiosas obras de Frege y los trabajos de mi amigo el señor Bertrand Rusell una gran parte del estímulo que ha alimentado mis pensamientos. (Ludwig Wittgenstein. Tractatus logico-philosophicus. pp. 103-104.)

Bibliografía.

Cervantes, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Edición y notas de Francisco Rico. 1a edición, Perú: Real Academia Española – Asociación de Academias de la Lengua Española – Santillana Ediciones Generales/Alfaguara. 2004. Serie: Ediciones Conmemorativas de la Asociación de Academias de la Lengua Española/Edición del IV centenario.

Wittgenstein, Ludwig. Tractatus logico-philosophicus. Traducción, introducción y notas: Luis M. Valdés Villanueva. 3a edición, Madrid: Editorial Tecnos. 2007. Colección: Los esenciales de la filosofía.

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